El pueblo pone las causas; las cúpulas administran el poder y, demasiadas veces, las mayorías pagan la factura.
Toda gran causa nace de una injusticia y una promesa, conquistar derechos, combatir privilegios, ampliar libertades. Millones de personas entregan tiempo, esfuerzo y esperanza para sostenerla. Sin embargo, algunas terminan convertidas en patrimonio de quienes llegaron al poder en su nombre.
Erich Fromm distinguió entre ser y tener. En política, esa tensión adquiere un sentido perverso, dejamos de querer pertenecer a una causa para pretender poseerla. Sus dirigentes se proclaman intérpretes exclusivos, confunden la crítica con traición y presentan la rendición de cuentas como una amenaza.
Una causa legítima admite preguntas. Un negocio necesita obediencia.
La polarización facilita esa captura. Izquierda o derecha, liberales o conservadores, buenos o malos, basta elegir un bando para creer que tenemos razón. Entonces condenamos la corrupción ajena mientras disculpamos la propia; justificamos en los nuestros aquello que jamás perdonaríamos al adversario.
Jonathan Haidt advirtió que la moralidad puede unirnos y cegarnos. Cuando pertenecer importa más que pensar, la lealtad sustituye a la conciencia. Y mientras las mayorías se enfrentan, quienes administran el poder encuentran margen para conservar privilegios sin rendir cuentas.
Así, los que denunciaban abusos pueden terminar justificándolos; los que exigían transparencia, administrando silencios. Cambian los discursos, los personajes y las banderas, pero no necesariamente las prácticas. Ninguna victoria electoral concede inmunidad moral permanente. La causa deja de medir al dirigente; el dirigente decide qué debe entenderse por la causa.
No se trata de renunciar a las convicciones, ni de equiparar proyectos distintos. Se trata de impedir que el ideal sirva como coartada para el abuso propio.
El costo rebasa la política. Aprendemos a minimizar el sufrimiento del otro por pertenecer al bando equivocado. Después llega el desencanto, desconfiamos de instituciones, promesas e ideales. Pero perder la fe en todo no garantiza pensamiento crítico; puede hacernos vulnerables a quienes ofrecen culpables sencillos y certezas absolutas. Hasta la desconfianza termina siendo rentable.
Olvidamos lo esencial, las causas no pertenecen a quienes ocupan los cargos, sino a quienes han padecido las injusticias que les dieron origen. Una causa digna de defensa debe sobrevivir a sus líderes, aceptar el escrutinio y corregir sus errores.
Por eso, antes de defender otra bandera, conviene preguntarnos, ¿cuántas causas siguen siendo causas y cuántas se han convertido en negocios que necesitan de nuestra fe para sobrevivir?
La pregunta no es para los otros. Es para nosotros, ¿somos capaces de exigirle a quienes comparten nuestras convicciones lo mismo que reclamamos a sus adversarios?
Mientras confundamos principios con obediencia, cambiarán los dueños, no el negocio. Porque cuando defender una causa exige dejar de pensar, ya no defendemos una causa. Defendemos el negocio de alguien más.


