Los políticos de la autoproclamada 4T suelen utilizar, a conveniencia, algunos elementos discursivos surgidos a partir de análisis reales. Lo hacen, como no podría ser de otra forma, para justificar sus fracasos, pifias o errores. La presidenta Claudia Sheinbaum lo ha hecho de nuevo.
Es verdad que los análisis económicos contemporáneos han concluido que el crecimiento económico por sí mismo no es suficiente para alcanzar mejores niveles de desarrollo. En contraste, economistas de la talla de Piketty, Atkinson y Stiglitz han puesto el acento en la necesidad del combate contra la desiguldad y la pobreza mediante un aumento de la inversión pública en sectores estratégicos, una tasa fiscal progresiva, y en general, en la intervención del Estado para paliar la irregularidades del mercado.
Sí, los especialistas han señalado que, a diferencia de lo que se afirmaba en los años ochenta, con aquellos postulados que se encontraban inscritos en los principios del consenso de Washington, y que sostenían que el crecimiento en solitario bastaba bajo el principio del “trickle down economics”, hoy en día el indicador en términos del PIB resulta insuficiente para generar un mejoramiento general de la vida de las naciones.
Ahora bien, dicho lo anterior, los economistas no han despreciado ni menospreciado la importancia capital del crecimiento económico. Este es esencial pues es el determinante de la recaudación fiscal, y sigue siendo, como en los ochenta, un indicador fundamental. Lo que han evidenciado, empero, es que no es el único que debe ser considerado.
La presidenta Sheinbaum y su antecesor, ante la ausencia de crecimiento económico sostenido, y pese a haber prometido superar el promedio del 2% de la “era neoliberal” han fracasado estrepitosamente.
Para explicarlo existen razones de carácter externo, como la desaceleración de la economía de Estados Unidos, pero también fallidas políticas públicas a nivel interno, tales como la incertidumbre jurídica implantada tras la reforma al Poder Judicial de 2025, entre otras. El asunto es complejo.
En suma, a diferencia de lo que pregonan Sheinbaum y sus voceros, el crecimiento no es un “indicador neoliberal” sino una imagen fidedigna del estado de la economía de un país. Si bien es verdad que otros, como el coeficiente de Gini, también deben ser considerados en el amplio espectro del análisis, el aumento anual del PIB en relación con el año anterior sigue siendo esencial. Sin crecimiento, no hay recaudación, y sin recaudación, no hay programas sociales, ni educación, ni salud, y sin estos últimos, no hay futuro. A menos que recurran, como lo han hecho hasta ahora, a la deuda pública. Y tampoco es una buena noticia.



