Cada 21 de marzo, se conmemora el Día Internacional del Síndrome de Down. Pero más allá de las efemérides, la inclusión se construye en los encuentros cotidianos y en las historias que nos transforman. Mi paso por el DIF del Estado de México y mi formación en la Maestría en Responsabilidad Social me enseñaron que la inclusión no es un concepto académico, es un acto de justicia y amor.

Hoy, quiero honrar estas historias que han marcado que han movido mi corazón:

Rosita: La amistad como promesa

Conocí a Rosita durante un recorrido en campaña, curiosamente tenemos la misma edad. En un gesto de una nobleza purísima, me regaló una pulsera que ella misma hizo y me lanzó una propuesta que me desarmó: “¿Podemos ser amigas para toda la vida?”. Ese lazo, sellado con una pulsera, es el recordatorio de que la amistad no entiende de diagnósticos, solo de almas que se reconocen.

Yatziri: La fuerza del voluntariado

A Yatziri la conocí mientras ambas éramos voluntarias en una fundación. Ella no estaba ahí para recibir ayuda, estaba ahí para darla. Ver su entrega me confirmó que la inclusión real ocurre cuando dejamos de ver a las personas con discapacidad solo como beneficiarias y las empezamos a ver como agentes de cambio activos y generosos.

Lolita: Una vida de nobleza y ocurrencias

En redes sociales también hemos descubierto a una hermosa mujer de más de 60 años que nos hace vibrar de emoción. Sus ocurrencias, sus regaños, sus outfit coordinados, su café sin “achuca”, su nieve de limón y sus bailes son un bálsamo. Ver el amor incondicional que tiene por sus hermanos y cómo ellos la hacen sentir única y especial, es el retrato más fiel de una familia sólida. La forma en que recuerda a sus padres, que ya no están, el cuidado y cariño que recibe día a día de su hermana Rosita, nos enseña que el amor es el hilo conductor de una vida plena. Para esto deben servir las redes: para conectar y sensibilizar.

Las columnas más leídas de hoy

Jessica: La naturalidad que trasciende pantallas

A Jessica no la conozco en persona, pero junto a su mamá, Alicia, me alegra los días y las siento como mis amigas. Ver cómo Alicia la involucra en el trabajo y le asigna responsabilidades, sumado a la emoción de Jessica por los viajes, su pasión por el café, su carácter único y su ternura infinita por los gatos, es una ventana a lo que es posible cuando existe el apoyo correcto. Ellas son el ejemplo vivo de que, con una familia preparada y una sociedad abierta, no existen techos de cristal.

Un llamado a la acción

Dedico esta columna a ellas, a cada persona con Síndrome de Down, a sus familias. Es fundamental que el gobierno responda con servicios públicos de calidad en salud y educación inclusiva. Pero, sobre todo, debemos preparar a las familias; ellas son el motor que impulsa estos sueños.

Recordemos que la diversidad nos enriquece. Construyamos un mundo donde cada persona sea valorada y respetada.

Juntas y juntos impulsemos el valor de la inclusión. Porque, como me enseñó mi amiga Rosita, todas y todos merecemos un lazo para toda la vida.

Jennifer Islas. Política y conferencista.