El golpe de los anuncios del gobierno de Estados Unidos en torno al caso Rubén Rocha Moya, traicionero y ladino, porque está administración federal ha combatido al narco como quizás ningún gobierno anterior, es de naturaleza mediática y política, no así jurídica; de ahí las inconsistencias como la de no haber anexado evidencias en la solicitud del gobierno gringo al mexicano.
Hay varios factores que explican la reacción intempestiva y visceral de la administración Trump: la reciente exhibida al gobierno estadounidense de agentes de la CIA operando en México de manera irregular, el próximo proceso de negociación final de renovación del T-MEC, las cada vez menos lejanas elecciones intermedias en aquel país, incluso el absurdo viaje de la presidenta a Barcelona a saludar a Pedro Sánchez (enemigo de Estados Unidos, a los ojos de Trump).
Vamos, que en resumidas cuentas este asunto no se diferencia mucho, dado el estilo personal de gobernar de Donald Trump, de “mañana borraré a Irán de la faz de la tierra”.
Estamos ante un berrinche y una bravuconada con el sello Trump, un golpe mediático y político que, a lo mucho, le servirá para tener una mejor posición al momento de negociar con México todos los temas pendientes, el T-MEC, en primerísima línea. De ahí que, prácticamente lo podría asegurar, no habrá un sólo extraditado de todos los de la lista que envió el gobierno de Estados Unidos al de México.
Un tema no menor será lo que se le viene a la gobernadora panista de Chihuahua, Maru Campos, a quien le esperan días muy difíciles, dado que el segundo gobierno de la 4T entró en modo “no busco quien me la hizo, sino quien me la pague”, siendo esta señora la que pagará, pues no pocos platos rotos y a precio mayor que el de lista.
En fin, que a todas luces, se entiende que las peticiones de detención vengan viciados de origen, ya que por fallas al debido proceso estas solicitudes serán improcedentes (no olvidar caso Cienfuegos), incluidas la de los elementos policíacos de rango local inmersos en este problema.
Y a los atarantados que sueñan con que los Estados Unidos invadan militarmente a México, como sucedió en Venezuela, no entienden nada: México no es un Venezuela ni una Cuba, ni siquiera un Panamá. Estados Unidos tienen demasiado que perder en un escenario de distanciamiento con México, dado su condición de relación simbiótica por ser socios comerciales.
No hay que dejar de lado, también, que el gobierno mexicano seguro posee información delicada de actores políticos, empresariales y financieros en Estados Unidos, metidos hasta el cuello en el negocio del narco, del cuál ellos tienen la fase más redituable: la distribución y venta al consumidor final.


