¿En la red social X, Héctor Aguilar Camín, con vulgaridad y misoginia, insultó a la ministra María Estela Ríos González. El columnista de Milenio, para golpear a la integrante de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, utilizó la expresión borborigmos.
Supuse que él se refería al contenido de su artículo de ayer viernes publicado en el diario propiedad de Francisco Pancho González, “Sobre la duración de la estupidez institucional”. No me equivoqué. Comprobé que Aguilar Camín sintetizaba su texto con la palabra borborigmos después de preguntar a alguien que sí puede leer ese periódico.
Me resulta imposible entrar a Milenio porque no pago una suscripción; como ahora estoy muy gastado ya veré el próximo mes si entrego a su tesorería mil 390 pesos por el derecho de acceder a sus materiales.
Decir que alguien se expresa con borborigmos significa que habla con el desagradable sonido —una especie de gorgoteo— producido por el movimiento de gases y líquidos en el intestino. Si ya es bastante pinche decir eso acerca de la forma en que articula sus ideas cualquier persona, resulta perverso lo que hizo Aguilar Camín: dedicar tal comparación intestinal a una mujer respetable.
En los últimos meses, años inclusive, algo he aprendido de gastroenterología —y no periodística, sino aquella que se trata en hospitales—.
En gastroenterología periodística me volví experto desde 2018, cuando con la 4T se acabaron los privilegios para la comentocracia. Ello llevó a que se pusieran ruidosos los intestinos de tanta gente dedicada al columnismo y a la administración de medios; ruidos que van desde los borborigmos internos en sus panzas hasta las flatulencias que nos recetan cada día como materiales supuestamente informativos.
Interesantes borborigmos. Aparecen cuando el tracto digestivo se pone ruidoso durante el procesamiento de alimentos. La mezcla de jugos gástricos, aire y gases genera ese murmullo, un sonido que la gente prefiere no escuchar porque, aunque no sea nauseabundo por sí mismo, remite inevitablemente a las heces que, por naturales que sean, en realidad son lo más sucio que nuestros cuerpos producen.
Si a rugidos intestinales vamos, la palabra borborigmos aplica más a la comentocracia enemiga de la 4T —liderada por Aguilar Camín— que a una ministra de la corte suprema que, por descuido, no fue del todo clara en dos frases sobre el derecho de propiedad.
He aprendido en decenas de pláticas con especialistas en gastroenterología que el silencio intestinal puede ser mucho más preocupante que cualquier ruido. La ausencia de sonidos significa que el sistema se está paralizando, lo cual es un gravísimo problema.
Así que, en la gran mayoría de los casos, los borborigmos son una señal positiva. Cuando alguien especialista en gastroenterología escucha tales ruidos se tranquiliza: entiende que el motor digestivo está encendido y es funcional. Lo contrario, el silencio total —sea por un íleo paralítico o una gastroparesia severa— es altamente preocupante: significa que el tránsito se ha detenido, y esto es una emergencia médica.
Escuchar con claridad la orquesta de gases y líquidos es buena noticia porque evidencia que la persona auscultada está procesando lo que ingiere. Un sistema que habla es un sistema que trabaja. Un abdomen mudo es mal síntoma. Una barriga que ronca suele ser una buena barriga.
Los borborigmos, como se dijo, tienen que ver con las heces. Son parte del mismo esquema, pero se encuentran en etapas distintas del proceso de producción de desechos, ese ciclo tan necesario para la vida. Gran parte del ruido es gas producido por la fermentación de los alimentos antes de que el resto se convierta en residuo sólido.
Los borborigmos son, pues, la banda sonora del sistema digestivo. En la relación entre la política y la prensa, los borborigmos serían los ruidos de la comentocracia en los cafés y restaurantes donde intrigan funcionarios y periodistas —casi siempre, en estos tiempos, contra la 4T—. Son ruidos que anuncian el producto final: pura mierda particularmente maloliente en forma de columnas sin fundamento objetivo, comentarios llenos de insultos en redes sociales y análisis superficiales en radio y TV.
Nuestra prensa se caracteriza —como los textos de Aguilar Camín— por las mentiras y las ofensas contra la presidenta Claudia Sheinbaum y contra el expresidente Andrés Manuel López Obrador. Por cierto, el borborigmo más repetido cuando los comentócratas se ponen generosos es aquel de que apoyarán a Sheinbaum solo si ella pelea a muerte con AMLO.
El sistema digestivo del poder se diagnostica en su relación con la prensa. Los borborigmos mediáticos son las versiones, generalmente falsas, acerca de terribles crisis políticas y económicas que solo existen en las mesas de los restaurantes de Polanco o Las Lomas, donde la intriga es el jugo gástrico con el que la clase política conservadora intenta deshacer la realidad de izquierda que detesta.
Pero tales versiones periodísticas son solo fétido residuo intestinal y gases de plano irrespirables que producen un ruido lo suficientemente asqueroso como para que la gente común opte por no escucharlo, y no lo escucha.
El pueblo desde hace años sabe que, para no dejarse engañar, tiene que acudir a las mañaneras. Es que, ni hablar, buena parte de lo publicado en los medios de ninguna manera es pensamiento estructurado. Es otra cosa… y apesta: la reacción visceral de quienes sienten que perdieron la influencia que tenían en los gobiernos del PRI y del PAN.
Las columnas sin sentido, las mesas de debate nada útiles de la radio y la TV, y las falsedades en redes son el resultado de una digestión pesada, casi imposible. El proyecto de la 4T, que no se subordina a los medios, ha indigestado a una comentocracia acostumbrada a los alimentos de la corrupción que están desapareciendo del mercado político.
Al no poder procesar la política de comunicación de la izquierda que renunció al sabor del privilegio, el sistema mediático genera una irritación constante que termina en la peor de las excreciones: textos cargados de bilis que buscan provocar conflictos en la 4T como única medicina para su malestar. Supone la comentocracia, ingenuamente, que si divide al movimiento volverán sus prerrogativas.
Cuando la crítica carece de rigor y se convierte en insulto, deja de ser alimento intelectual para transformarse en desecho que el organismo social debe expulsar. Pero mientras la comentocracia emite sus borborigmos, el proyecto de izquierda sigue su marcha exhibiendo cabal salud. Tales ruidos, al final, solo confirman que la 4T está viva y avanzando, como en los ladridos aquellos del Quijote que, no por ausentes en la obra de Cervantes, dejan de ser aleccionadores.


