El primer presidente de México fue Guadalupe Victoria, en 1824. A partir de ahí, la lista de personajes que ocuparon el cargo, durante el siglo XIX, es un tanto complicada de seguir. Hubo un año, por ejemplo, en que México tuvo cuatro presidentes; en otro, tres. Existe el caso del individuo que “presidió” la nación durante cuarenta y cinco minutos. Tenemos también el caso del sujeto que ocupó la presidencia, si las cuentas no me fallan, ocho veces.
Dice la leyenda que nadie atina a explicar por qué Antonio López de Santa Anna, –el mismo que firmara el Tratado de Guadalupe Hidalgo, donde México cedió el 55% de su territorio a Estados Unidos–, resultaba tan indispensable para la clase política de la época. Se dice que “no había nadie como él”. Por supuesto, ni los contemporáneos de Santa Anna ni las generaciones de historiadores que han venido después, buscaron jamás entre las mujeres.
Se menciona muy poco que una de las razones de la constante turbulencia que vivió México durante los inicios de su vida como nación independiente fue que el pool para ocupar los cargos de toma de decisiones era minúsculo y excluía a la inmensa mayoría de la población. Es interesante esa narrativa, que da por válidas y comprensibles decenas de razones para justificar un desgarriate decimonónico que costó vidas y más de la mitad del territorio, y que nunca repara en el hecho de que la mayoría de la población de aquel entonces estaba excluida de la toma de decisiones. La exclusión es una forma infalible de garantizar el caos.
¿Es tiempo de que una mujer ocupe la presidencia de México? ¿Habrá una pregunta más machista que esa? ¿Qué mágico reloj patriarcal señala la hora de la plenitud de derechos para las mujeres y, de paso, los niños y las niñas, las personas que pertenecen a la comunidad LGBTTIQ+ y todo ser vivo que no cabe en el término “hombre heterosexual”? ¿Será algún artilugio creado por el Padre Tiempo?
En realidad, el momento siempre fue, siempre ha sido. México se construyó, se sigue construyendo, en buena medida, gracias a la explotación de las mujeres, a quienes históricamente se les negaron los más básicos derechos económicos, políticos, educativos, de salud, seguridad, justicia y libertad. El momento ES y el mundo entero lo sabe. A regañadientes, los partidos políticos mexicanos parecen haber recibido el mensaje.
Entran en escena Claudia Sheinbaum y Xóchitl Gálvez, anfitrionas de la casa (rosa) de los espejos, que los partidos políticos han construido y constantemente adecuan para competir por el botín del voto de las mujeres. ¿Eres de clase media, de ciudad grande, familia universitaria, valoras la educación popular como principal mecanismo de movilidad social? Refléjate aquí. ¿Estudiaste a contrapelo de los mandatos machistas familiares, que dictaban que tu vida debía circunscribirse al “petate y el metate”? Refléjate acá. ¿Tienes ascendencia europea? Puedes mirarte aquí. ¿Tienes ascendencia indígena? Aunque la imagen se vea un tanto distorsionada, no temas, asómate por acá. Eso sí, si consideras que las luchas de las mujeres persiguen la transformación radical del ejercicio del poder en todas direcciones, perdón, pero la casa (rosa) de los espejos, diseñada por los partidos políticos, aún no construye un espacio para ti. Y no parece tener ese potencial.
La inclusión y la representación reales son factores indispensables para construir procesos de toma de decisiones que ofrezcan soluciones verdaderas a los problemas colectivos. Procesos semejantes implican un grado considerable de horizontalidad. Pintarlo todo de rosa es, dijera mi madre, harina de otro costal.
La representación política partidista con fines electorales es un juego de espejos que persigue provocar una reacción emocional en los y las votantes. Se ha comprobado que la frustración, el miedo, la ira y la desesperanza, son las emociones más movilizadoras, en términos políticos. “Feminista”, “indígena”, “empresaria”, “luchona”, “católica”, “judía”, “atea”, “casada”, “divorciada” son palabras que buscan provocar una reacción emocional, así sea de odio. De hecho, tensar las cuerdas del odio ha funcionado bastante bien para ganar elecciones. La estrategia conlleva una intensificación de la violencia social. A quienes compiten por el poder apuntalando el sistema heteronormativo y patriarcal no parece molestarles.
¿Qué hacemos las mujeres mexicanas, entonces? ¿Escupimos el umbral de la casa (rosa), a donde pretenden llevarnos? ¿Desaprovechamos la oportunidad de que nuestro voto, en teoría, sirva para que una mujer finalmente ocupe la presidencia? ¿Retiramos nuestra participación y corremos el riesgo de que eso incline la balanza a favor de un machismo reloaded, como ha sucedido ya en varios países?
Yo no tengo la respuesta y me niego a tenerla para ninguna otra mujer. En lugar de eso, resisto. Me niego a descalificar la lucha y la historia de una mujer por encima de otra. Me niego a entrarle al juego binario de definir quién sí y quién no: quién es feminista y quién no, quién blanca, quién indígena, quién creyente, quién atea, quién simpática, quién antipática, quién delgada, quién gorda, quién culta, quién ignorante... No me interesa sumarme a la provocación de la violencia hacia ninguna.
¿Qué entraña la representación política de las mujeres en México? Un proceso complejo, paradójico, insuficiente, de una pluralidad incontenible, cuya vitalidad y legitimidad desearía cualquier movimiento social. Es por eso que, sin importar en qué punto del espectro ideológico se sitúen, hoy todos los partidos políticos mexicanos comparten un objetivo: vienen por nosotras.



