Alexandria Ocasio-Cortez tiene 36 años y publicó un video donde se inyecta hormonas en el abdomen minutos antes de una entrevista de televisión. Es una de las mujeres jóvenes más brillantes en la política norteamericana por su agenda ambientalista y activista. La escena dura poco pero significa bastante pues su perfil es natural para la sucesión presidencial. La frase que la acompaña pesa más que la imagen pues encima, sugiere que este proceso implica postergar sus aspiraciones.

Decidió congelar sus óvulos para sentir que tiene más control sobre su vida pues en política, las mujeres necesitan sacrificar el doble. La congresista sabe que exponer algo tan íntimo, en plena especulación sobre una candidatura presidencial en 2028, tiene un costo. Lo hizo de todos modos. Una lectura relacionada a la maternidad como tendencia ultra conservadora que vuelve está presente, aunque en realidad, los verdaderos conservadores se oponen a todo tipo de procedimiento que implique alterar las formas “naturales” para la vida.

El procedimiento no es nuevo y de hecho, hay otro gran debate sobre el alto costo y el enorme privilegio que implica poder postergar la maternidad. Nuevo es quién lo muestra y para qué lo cuenta, pues de hecho, el costo político de una decisión así continúa siendo un misterio pues no hay una mujer presidenciable joven que haya decidido someterse a tratamientos similares. Durante años la criopreservación de ovocitos se reservó a mujeres en quimioterapia, un recurso médico frente a una amenaza concreta a la fertilidad. Hoy la cifra cambió de naturaleza. En Estados Unidos los ciclos pasaron de unos seis mil en 2014 a cerca de cuarenta y siete mil en 2024. Existe un mercado completo de mujeres que sigue debatiéndose si ser o no ser madre.

La maternidad y la carrera profesional responden a dos relojes que rara vez coinciden, eso es parte del machismo también pues los hombres no se han incorporado a los cuidados en la misma medida que las mujeres lo han hecho a las labores y a la política, provocando que irremediablemente, sea una decisión compleja. Uno de esos relojes se mide en ascensos, campañas, periodos legislativos. El otro no negocia con promociones ni con encuestas. La biología impone una ventana que la vida pública ignora cuando reparte oportunidades. AOC lo dijo desde el feminismo también. A un hombre que se postula nadie le pregunta qué edad tiene ni si querrá formar una familia.

En 2014 una portada de Bloomberg Businessweek resumió la promesa con una frase de manual. Congela tus óvulos, libera tu carrera. La tecnología aparecía disfrazada de emancipación y de hecho, vale la pena decir que congelar óvulos es la base de otra cadena de procedimientos como inseminación artificial y técnicas de reproducción asistida para el momento en que los óvulos se utilizarán. Esa portada nunca formuló la pregunta de fondo, sobre por qué la libertad de una mujer depende de poner su cuerpo en pausa y cómo es que llenarnos de hormonas puede ser una respuesta capitalista a un sistema económico que nos obliga, curiosamente, a tomar esa decisión. La trabajadora ideal es la que aplaza. La que ajusta su fertilidad al organigrama.

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La política amplifica ese debate porque encima, una buena parte de votantes sigue desconfiando de las mujeres que no tienen hijos pues en administración de un hogar, dicen, son mejores las madres y sí pensamos la analogía de un país como un gran hogar, el argumento pareciera sostenerse, aunque se trate de estereotipos. Una mujer que aspira al poder responde por su vida amorosa, por su útero, por un hijo que existe o que falta. El escrutinio no cae sobre sus votaciones ni sobre sus leyes. Cae sobre su biografía privada. El hombre que gobierna a los sesenta con nietos en brazos proyecta experiencia. La mujer que gobierna a los cuarenta sin hijos despierta sospecha. Misma edad, veredicto distinto.

No celebremos demasiado rápido. Congelar óvulos resuelve un dilema personal sin tocar la estructura que lo produce. Ella paga, se inyecta, aplaza, y el mercado laboral sigue diseñado para un cuerpo que no gesta. La salida individual traslada a la mujer el costo de una desigualdad colectiva. El país que aplaude su autonomía reproductiva es el mismo que anuló Roe contra Wade y que convierte cada tratamiento de fertilidad en trinchera. La técnica que promete control puede volverse coartada para no cambiar nada.

Ocasio-Cortez dijo que hacía público el proceso para normalizarlo, me parece extraordinario que abra el debate y que ella misma pueda señalar lo inaccesible que es, pues encima, AOC lo paga con su propio dinero. Ahí está lo que vale la pena mirar. No pidió compasión ni consejo. Convirtió su cuerpo en argumento y el debate está abierto. Mostró la aguja, la dosis, la hora previa a la cámara, y dejó la interpretación al espectador. Un gesto político en el sentido más literal y auténtico, un momento de vulnerabilidad que es parte de la arena política porque justamente las mujeres que aspiran transforman la conversación. Exhibir lo que suele ocultarse para discutir quién decide sobre ello.

En el fondo, hay que replantearse todo el sistema. Si una mujer necesita congelar el tiempo para competir en condiciones de igualdad, esa igualdad, ¿la ganó, o la dejó guardada junto con sus óvulos?