Los detractores de la autoproclamada 4T han señalado, no privados de razón, el sinnúmero de acusaciones, diatribas, denuestos y descalificaciones a su persona por parte del ex presidente AMLO, y ahora, aunque con menor virulencia, de la presidenta Claudia Sheinbaum. Ha sido escandaloso igualmente lo que hizo hace unos dias Luisa María Alcalde cuando expuso, en una conferencia financiada con recursos públicos, los nombres y cuentas de periodistas y políticos críticos.
De igual manera, ha resultado lamentable la decisión de la FGR de Ernestina Godoy, de desechar cualquier posibilidad de una investigación contra Andrés López Beltrán, a pesar de la evidencia presentada por trabajos de investigación de medios nacionales, así como de organizaciones y periodistas como Mexicanos contra la Corrupción, Peniley Ramírez y diarios como El País, entre otros.
México vive, aunque los propagandistas del obradorismo se mueran en la raya para refutarlo mediante cualquier manipulación discursiva, un gravísimo deterioro democrático, lo que involucra una impunidad sistemática, como lo retratan los casos de Rubén Rocha, su mafia sinaloense, y desde luego, el bochornoso episodio del hijo del ex presidente tabasqueño.
Ante esta inminente captura del Estado, y frente al intento de apropiación de la narrativa por medios ilegítimos, no queda más que la prensa libre. Sí, aquellas organizaciones y hombres y mujeres que han tenido el coraje y el profesionalismo de presentar ante la opinión pública lo que los medios estatales se han rehusado a siquiera señalar.
La historia reciente ha demostrado que la existencia de periodistas libres ha permitido conocer la verdad sobre hechos del pasado. Destaco, por nombrar solo uno dentro del contexto nacional, el reportaje sobre la Casa Blanca de Enrique Peña Nieto y el escándalo de la Estafa Maestra; trabajos que no habrían visto la luz si organizaciones como MCCI, y con el concurso del difunto INAI, no se hubiesen dado a la tarea de escudriñar el desvío de recursos, las ilegalidades cometidas, los conflictos de interés, el tráfico de influencias y el interminable listado de fraudes cometidos por políticos y funcionarios.
Se recordará que fue derivado de esos mismos escándalos que AMLO fue capaz de ganarse legítimamente la voluntad de millones de mexicanos. Lo hizo, en su momento, a la buena. Sin embargo, a la luz de los hechos, el obradorismo ha demostrado su otra cara, una más perversa y claramente más antidemocrática.
Los periodistas mexicanos no deben ceder ni un centímetro de libertad ante cualquier listado, intento de censura, o voluntad de “atenuación” de sus comentarios expresados en redes sociales, televisión, prensa escrita o electrónica. Por el contrario, deben presentarse como lo que son: un baluarte de la languideciente democracia mexicana.



