Hoy se celebra San Valentín. Y lejos del debate circular sobre si se trata de una festividad cargada de frivolidades y expectativas materialistas impulsadas por el capitalismo, pensar en el amor, cultivarlo y reflexionarlo parece, en estos días, una forma de oxígeno puro en medio de la tendencia individualista que nos rodea. Algo relevante y poderoso del show del Conejo Malo en el Super Tazón fue la capacidad creativa de mostrar el abanico de afectos que le dan sentido a la humanidad y que nos hace iguales. Fue poderoso porque tras los discursos sobre superioridad de nacionalidades, hasta los que no son latinoamericanos pudieron sentir, y sentir es lo que nos iguala, lo que trasciende razas, idiomas, colores de piel. La emotividad de lo humano también es lo único que nos salva de las nuevas tecnologías autogenerativas. Tal vez, la IA puede producir mediante la combinación cuántica perfecta de datos pero al no poder sentir, le es imposible interpretar humanamente la vida.
El amor se debate en momentos cardíacos entre ser un lujo o un mito o una etapa.
Amar, sospecho, se nos ha vuelto un contrato.
Un convenio tácito donde dos personas intentan equilibrar transacciones y compañía, como si el afecto pudiera administrarse en una hoja de cálculo invisible. Mediado por las tendencias de consumo digital, el amor parece medirse por la capacidad del otro para satisfacer nuestras necesidades a veces legítimas, a veces ferozmente egoístas. Hemos aprendido a puntuar a las personas como si fueran productos: si son un diez o un seis, si entran en la categoría del “peor es nada” o si merecen la etiqueta solemne de “el amor de tu vida”. Aceptamos ser calificados y clasificados.
Nombramos “golden retriever” a esos hombres que son buena persona, amables, leales y amorosos... Uno que todas queremos tener y su clasificación es la del perro grande que tiene una estética dorada junto con emociones desbordadas cuando miran a sus humanas.
Bajo métricas igual de superficiales, el afecto se filtra por la altura, el peso, la fotogenia. Las mujeres lo hemos aceptado y hasta alimentado en esa industria de la juventud y la estética. Si mides más de 1.60 eres un ocho; si además pesas menos de 55 kilos, asciendes a nueve. Como si el amor pudiera someterse a la aritmética de la apariencia sin perder algo esencial en el camino.
La autenticidad tiene un espacio único pues también hay un culto a lo hippie, al trap, al hiphop, a lo urbano o a lo que justamente desafía al canon.
Pero hasta en esa rebeldía hay etiquetas. Esta obsesión por medir el afecto y lo mucho o poco que alguien puede ser amado no es eterna. Hubo otros tiempos y otras geografías donde el amor se pensó de formas menos cuantificables.
Los griegos antiguos, por ejemplo, no hablaban de un único amor, sino de varios: eros, el deseo que arde; philia, la amistad que sostiene; ágape, la entrega generosa que no pide devolución. Existían en una constelación de vínculos y los mandatos no eran tan rígidos como ahora, inclusive podían existir fiestas de amores desbordados poco celosos. Amar implicaba reconocer matices.
Siglos después, en la tradición medieval del amor cortés, los trovadores cantaban a un amor muchas veces imposible, lleno de distancia y de espera. Aquellos versos exagerados, sí, intuían algo que hoy se nos escapa y es que el amor también se alimenta de la lentitud, de la imaginación, del tiempo que no se optimiza. Tal vez el amor aquí comenzó a deformarse con ideas posesivas y extremas en las que se definía amar o morir.
En el Japón del periodo Heian, las cartas perfumadas y los poemas breves del “waka” eran formas de cortejo. Allí, el amor se insinuaba en la delicadeza de un papel elegido con cuidado o en la caligrafía que dejaba entrever el temblor de la mano. Nada de deslizamientos instantáneos hacia la derecha o hacia la izquierda. El afecto requería paciencia estética.
Incluso en muchas cosmovisiones indígenas de América, el amor no se pensaba como un asunto exclusivamente privado, sino como una forma de equilibrio con la comunidad y con la tierra. Amar era también cuidar el entorno, sostener la vida común, practicar la reciprocidad.
Algo se ha ido adelgazando en el camino.
Hoy, el amor se ha condensado en aplicaciones. Allí, donde un gesto del dedo decide destinos sentimentales, parece menos relevante amar a profundidad que tener una buena cita, instagrammeable, por supuesto. Puede ser una comida especial o una salida al bosque: importa más la fotografía del recuerdo que el recuerdo en sí mismo. La imagen precede a la experiencia. La vitrifica.
Sin embargo, este mismo día también se llena de otros discursos: el amor propio, el amor entre amigas, el amor sin la urgencia de demostrarse, el amor viendo Netflix, el amor donde sea, el que se demuestra diario, el de los lenguajes del amor de la psicología que intenta convencernos también de que es culpa de nuestra infancia cargar con las deficiencias que tenemos. Hay, en esa proliferación de formas, una intuición valiosa relativa a que el amor busca sobrevivir incluso en tiempos que lo empujan hacia la superficie. Reivindicar el amor hoy es un acto político.
Definirlo también y excluir del ideario colectivo algunas piezas arcaicas de misoginia pues el amor sobretodo ha sido históricamente sostenido por mujeres desde todos los lugares posibles. Hace unos días, un terrible crimen sucedió en Brasil cuando un señor inundado de celos decidió ponerle fin a la vida de sus dos hijos y después con la suya. Meses antes quien fuera su esposa le pidió el divorcio y se fue, tuvieron una separación física aunque tal vez no se había concretado legalmente. El amor también muta y cambia de estado pero eso no debería ser pretexto para que la vida se acabe. El tipo escribió una carta después de matar a los hijos en común y después de contratar a un investigador privado que pudo documentar sin consentimiento de su exesposa que ella ya había comenzado otra vida pero aún frente a la atrocidades de un padre que mata a sus propios hijos en venganza contra la madre, con todo y lo extremo de un insano sujeto que se hizo daño a sí mismo y a niños inocentes para “darle una lección”... las redes sociales están llenas de justificaciones e incluso de mensajes sugiriendo qué debió matar más bien a la mujer.
La carta decía que había tomado la decisión de hacer lo que hizo por una supuesta infidelidad aunque ya no fueran pareja cuando ella decidió apartarse y elegir su vida.
Miles romantizan la historia creyendo que por amor se vale matar a quien sea hasta a la persona amada. La señora tuvo que retirarse del funeral de sus hijos porque recibió ataques frente a una sociedad completamente convencida de que ella provocó lo que pasó y repudiando más su decisión de salvar su propia vida que el crimen atroz del señor.
Entonces el paso de los años no implica sensatez ni aumento de consciencia.
Esas falsas ideas del amor es lo que debe erradicarse pues el amor no puede ser letal y en nombre del amor no puede justificarse todo lo que este episodio exhibe de las sociedades occidentales que parecen tan retrógradas como las islámicas que matan a las mujeres cuyas ofensas son inaceptable en nombre el amor aunque las “ofensas” sean violaciones. El amor es también el yugo con el que se ha dominado a todas, un espejismo que provoca justificadas precauciones de las más jóvenes. Miles han muerto en nombre del amor por eso es que hoy solo invito a amar a otras mujeres, a identificar el germen de la competencia entre mujeres por el amor de hombres y erradicarlo así como a identificar la raíz de la misoginia de mujeres a otras mujeres para dejar de pensar que episodios como el de Brasil pudieran ser aceptables. A dejar de juzgar a otras y entender al amor como un principio para aferrarnos a la vida y a lo indecible, algo mucho más grande que el mito de la familia y del silencio y de soportar y de entrar en relaciones con promesas de chocolates y flores un día que puede ser tormento los otros 364. A volver a nombrar al amor y llenarlo con un contenido menos violento de lo que ahora mismo contiene.



