Sin hacer alarde ni buscar reflectores, recuerdo que Claudia Sheinbaum esperó el instante preciso en que la autoridad electoral confirmara los primeros resultados de la contienda presidencial. Cabe señalar que, en esa ocasión, la publicación de los datos se demoró más de lo habitual. Ese retraso, por supuesto, fue aprovechado por sectores de la prensa conservadora para lanzar especulaciones sin sustento sobre un supuesto cierre entre Sheinbaum y Xóchitl Gálvez.
Mientras tanto, desde su centro de operaciones, Claudia permaneció tranquila, afinando el discurso de la victoria que —vale decirlo— tenía claro que se había logrado, aunque no con la contundencia que después revelaron las cifras. Esa actitud, marcada por la mesura de una mujer que sabe actuar en el momento justo, terminó siendo un gesto de respeto hacia el proceso y hacia la ciudadanía.
Mientras la oposición salió a escena a esbozar resultados sin pies ni cabeza, la estructura de avanzada de Claudia se mostraba paciente. Reflejaba una enorme confianza por la campaña ganadora y contundente que se había hecho a lo largo del tramo de proselitismo. Una de sus primeras declaraciones, lo recuerdo a la perfección, fue haber dicho que su confianza y el espíritu de triunfo estaban muy presentes. En ese sentido, dejó que Xóchilt se autoproclamara triunfadora mientras ella, calculadora y sin sobresaltos, se preparaba para ser recibida con vehemencia en la plancha del zócalo capitalino.
Al filo de la medianoche, de aquel histórico 2 de junio, supimos con alegría que el proyecto de transformación había triunfado de una forma aplastante sobre la oposición. La misma Xóchitl, desdibujada ante las cámaras, no tuvo más remedio que aceptar los resultados y, al mismo tiempo, felicitar a Claudia Sheinbaum. Podemos decir, de cierta forma, que la sociedad votó a conciencia ante el acumulado de avances significativos que ha tenido el país, principalmente en la etapa histórica de Andrés Manuel López Obrador. En sí, el grueso de la población se inclinó por la mejor propuesta y, en grandes cantidades, se dijo dispuesta a salir a las urnas a ratificar el respaldo irrestricto a la imagen de una mujer que, por el porcentaje, rompió récord y un promedio de participación que no había sucedido antes. Fue, sin ir más lejos, una victoria abrumadora que no dejó margen de duda luego de que se informó la cifra oficial.
No es algo cotidiano que veamos. Lo de Claudia Sheinbaum, en retrospectiva, significó un triunfo monumental. La humillante derrota que le propició a la derecha fue, además de merecida, un síntoma de que las cosas se han estado haciendo bien. De hecho, la disputa siempre estuvo marcada por dos proyectos ampliamente distintos. El de Sheinbaum, estructurado y organizado, se presentó como la mejor alternativa al garantizar la continuidad, mayormente de los programas sociales que, hasta el día de hoy, ha profundizado con un esquema de iniciativas para modificar el marco constitucional. Eso, como tal, no es una situación que se haya dado de la noche a la mañana: la jefa de Estado estaba más que lista para enfrentar el reto más importante de su exitosa carrera. Supimos que eso sucedería, máxime cuando un electorado sabe el rumbo que está tomando el país.
Del otro lado de la moneda, con una oposición que sigue desfondada, las caras largas y los rostros de la derrota fueron la mejor postal de lo que hoy significa una oposición que ha caído en un profundo laberinto sin salida. Esa crisis de la que hablamos, ahora que entraremos en un proceso de definiciones, por supuesto que influirá, pues Morena, en sí, ganará la mayoría de las entidades que estarán en disputa, incluyendo las que gobierna el PAN y Movimiento Ciudadano. Todo eso, por su parte, se vio reflejado este fin de semana, cuando grandes multitudes se concentraron en espacios públicos para celebrar dos años de la construcción del segundo piso de la transformación.
Ante una organización meticulosa, militantes, simpatizantes y también amplios sectores de la ciudadanía acudieron para escuchar el informe de la presidenta de México, Claudia Sheinbaum. La escena permitió revivir lo ocurrido meses atrás: la magnitud del respaldo que la población le otorgó en las urnas y que, en términos políticos, constituye un mandato popular contundente. Lo que se observó no fue solo una concentración masiva, sino la confirmación de una legitimidad que se expresa en la capacidad de convocatoria extendida a prácticamente todos los rincones del país.
Durante el fin de semana, además de presentar cuentas claras y reafirmar la defensa de la democracia y la soberanía, se congregó una multitud significativa. La ciudadanía, atendiendo al llamado de la presidenta, ofreció una muestra contundente de respaldo, de capacidad de movilización y de ese vínculo profundo que existe entre el pueblo de México y su proyecto de nación.
Ese despliegue no fue casual. Detrás de la respuesta social también se reflejó el trabajo de los liderazgos locales, particularmente de los gobernadores que, desde sus entidades, demostraron fuerza política y organización. En esa línea, resulta evidente el papel determinante de Alejandro Armenta, Eduardo Ramírez, Alfredo Ramírez Bedolla, Joaquín Díaz, Alfonso Durazo, Víctor Castro, Javier May, Ricardo Gallardo, Julio Menchaca, Clara Brugada, Rocío Nahle, Margarita González Saravia, Evelyn Salgado y Delfina Gómez.
Todos ellos, el domingo pasado, ofrecieron una muestra clara de coordinación y planeación al lograr que miles de ciudadanos acudieran a las plazas públicas. Esa movilización, lejos de ser un acto improvisado, evidenció estructura y un entendimiento preciso del momento político que atraviesa el país de unidad y solidaridad con nuestra jefa de Estado.



