El 11 de septiembre de 2001 el mundo se quedó estupefacto ante las dramáticas escenas de aquellos aviones de American Airlines y United Airlines estrellándose contra las dos torres del Wall Trade Center de Nueva York y el Pentágono. Otro más, aparentemente dirigido a Washington D.C, fue derribado por los pasajeros, o quizás, por un caza de la fuerza aérea. Murieron más de 3 mil personas.

No han faltado algunos conspiranoicos que, como sucedió con Pearl Harbor en 1941 y con el asesinatio de John Kennedy en 1963, han dado circulación y credibilidad a la idea que fue el propio gobierno de Estados Unidos el que auspició tras bambalinas el brutal ataque. Son hoy, como lo fueron en el pasado, y como serán siempre, dichos. No hay más.

El presidente George W. Bush, apenas a un año de haber tomado posesión tras la polémica decisión de la Suprema Corte que le otorgó la victoria sobre Al Gore, se encontraba de visita en una escuela primaria en Sarasota, Florida. El mandatario, sentado en un aula con unos niños, escuchaba atentamente mientras su jefe de gabinete, Andrew Card, le informaba, según trascendió más tarde, que un segundo avión había golpeado la otra torre.

Este suceso representa un hito de la historia contemporánea. Por un lado, dio origen a una fase de la politica exterior de Estados Unidos marcada por la lucha contra el terrorismo, y por el otro, demostró la fragilidad del imperio estadounidense frente al fundamentalismo islámico dentro y fuera del territorio.

El atentado terrorista hizo posible en un inicio un consenso internacional en torno al imperativo de derrotar a los regímenes financiadores del terrorismo internacional, como los talibanes en Afganistán. Sin embargo, la invasión de Irak de 2003, apenas dos años después del 9/11, no contó con el apoyo del concierto de las naciones, y marcó el inicio de las iniciativas de Washington dirigidas a contravenir el derecho internacional. La operación militar que condujo al derrocamiento de Saddam Hussein no contó, en contraste con 2001, con el apoyo de Naciones Unidas.

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La abierta violación a la Carta de las Naciones Unidas y a otras convenciones internacionales se volvio cosa común en la política exterior estadounidense. En tiempos recientes, la captura de Nicolás Maduro y la guerra de Irán son muestras ostensibles del desdén del presidente Donald Trump hacia el orden legal; derivado, en buena medida, del peligroso precedente sentado hace 25 años.

El giro de las pritoidades de Washington hacia el combate contra el terrorismo sepultó otras iniciativas. Se colocó a la seguridad en la cima de la agenda, echando para abajo cualquier esfuerzo de reformas en otras materias como la migratoria, y en concreto, hizo descarrilar las negociaciones en curso con el gobierno de Vicente Fox y su secretario Jorge Castañeda, entre otros temas que se archivaron indefinidamente.

Hoy se recuerda el 11 de septiembre como un trágico evento histórico que no sólo conmocionó a una generación entera, sino que determinó un viraje radical en la forma de los Estados Unidos de concebirse como la incontestada potencia mundial. Se vino abajo el sueño pasajero del triunfo sobre el socialismo soviético, para dar paso a una nueva era global marcada por la rivalidad con China y por el ascenso del fundamentalismo islámico que hoy, 25 años después, continúa amenazando al mundo.