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Nacional

La Muñeca Tetona. Gabo y Salinas

Diego Osorno / SDPnoticias.com dom 29 oct 2017 17:13
Ricardo Salinas
Ricardo Salinas
Foto propiedad de: Especial

Hace tiempo apareció en Twitter una vieja fotografía que muestra a diversos personajes notables del México de finales del siglo XX. Entre los periodistas, escritores, académicos y artistas se encontraba un polémico presidente. Una misteriosa dama de peluche se coló también a esta imagen histórica. Esta es la sexta entrega de una serie periodística de SDPnoticias.com sobre la historia detrás de esta fotografía.

-De los escritores que aparecen con usted en la fotografía, ¿a cuál ha leído más?-, pregunto a bocajarro al expresidente Carlos Salinas de Gortari en la biblioteca de su casa en la Ciudad de México.

- El Gabo García Márquez es un titán colombiano por nacimiento y mexicano por adopción, universal. Curiosamente tengo una primera edición de Cien años de soledad, autografiada por el Gabo, pero antes del Premio Nobel de Literatura. Y me encantaría mostrarte la dedicatoria, porque es simpatiquísima. Años después la comentábamos el Gabo y yo, porque decía: “Para Carlos Salinas de Gortari, de un escritor todavía desconocido”. Y ese escritor desconocido es el titán de la literatura universal, Gabriel García Márquez.

- ¿Cómo se dio la relación tan cercana con Gabriel García Márquez?

- Con el Gabo García Márquez había una relación muy estrecha con él y con su esposa Mercedes, desde antes de que llegara yo a la Presidencia. Siendo secretario de Programación y Presupuesto, habíamos establecido una cordial amistad. Pero ya en la Presidencia, además de disfrutar esas conversaciones con el Gabo, que a lo que uno se dedicaba era a escuchar, porque quería uno absorber no sólo el caudal de conocimientos que él tenía, sino la sensibilidad para expresarlos -cualquiera que haya leído sus libros, podrá explicar mejor que yo a lo que me refiero.

- ¿García Márquez le dio algunos consejos en particular cuando usted era presidente?

- Con el Gabo ocurrió una cosa adicional. A fines de 1994, pasada la elección presidencial y unos pocos meses antes de terminar mi responsabilidad, recibí una llamada del presidente (William) Clinton de los Estados Unidos, quien me llamaba para expresarme su reconocimiento a la transparencia y el desarrollo de la elección presidencial, pero sobre todo agregó que tenía una gran preocupación por la cantidad de balseros que estaban saliendo de Cuba. Y el presidente Clinton, siendo gobernador de Arkansas, había padecido una presencia masiva de refugiados o balseros cubanos que le habían creado un problema tal que había perdido su reelección como gobernador. Después volvió a ganar. No quería perder su reelección como presidente de los EEUU. Entonces me dijo: “Ayúdame por favor para ver qué está sucediendo en Cuba y cómo podemos ordenar estas salidas masivas”. Decidí hablar con Fidel Castro, pero primero le llamé al mejor interlocutor con Fidel. Tomé el teléfono, le marqué a Gabriel García Márquez a su casa al Pedregal de San Ángel, y lo único que le dije: “Gabriel, me gustaría hablar contigo. ¿Podrías venir a Los Pinos?”. Eran como las nueve de la noche, era una respetuosa invitación, pero habiendo tan buena relación pues no es común que el Presidente de la República llame: “¿Puedes venir ahorita para acá?”. Decía el Gabo después: “Nunca había circulado tan rápido en la ciudad y nunca había entrado tan rápido a Los Pinos”. Cuando llegó le expresé lo que había sucedido, y el Gabo me dijo: “Creo que es mejor que usted le llame directamente al presidente Castro. Pero -me dijo el Gabo- les voy a avisar en La Habana de esta llamada”. Así lo hizo. Tuve la conversación con el comandante Fidel Castro y le expresé que le iba a pedir a Gabriel García Márquez que se trasladara a La Habana para que le explicara personalmente cuál era la esencia del problema. Así lo hizo el Gabo y se inició un diálogo entre el presidente de EEUU y el comandante Fidel Castro, terciado por el presidente de México, pero con una presencia extraordinaria de Gabriel García Márquez que permitió finalmente el acuerdo que sigue vigente sobre la migración ordenada de cubanos hacia los EEUU y que abrió camino, un sendero para mejores relaciones entre esas dos grandes naciones que tan importantes y relevantes son para nosotros.

- ¿La relación de los intelectuales con el poder es igual en México que en otros países? Varios políticos me han dicho que el intelectual mexicano puede ser muy cortesano en privado y después, en lo público, muy crítico. ¿Cuál es la caracterización que usted haría del intelectual mexicano?

- Bueno, yo creo que los intelectuales mexicanos son similares a los del resto del mundo en cuanto a su afán de descubrir la verdad, de contribuir a la creación cultural, de ser parte de la transformación del mundo en el que vivimos y de la batalla de las ideas. En su relación con el poder, en mi experiencia, fue similar a la que yo observaba, por ejemplo, del presidente Clinton. En el contexto de la migración de balseros cubanos, tuvo una cena el presidente Clinton en una isla en el sur de Boston que se llama Martha’s Vineyard, precisamente con Carlos Fuentes y con Gabriel García Márquez; y William Styron estaba también, si no me equivoco.

Y ahí Clinton sabía que el Gabo tenía este diálogo que yo le había pedido con el comandante Fidel Castro, y Clinton relata en sus memorias que él no quería hablar con el Gabo del tema, porque no quería exponerse a que se supiera públicamente que estaba platicando con Fidel Castro, pero que estaba dispuesto a escuchar al Gabo. Y el Gabo le hizo unas reflexiones que después el propio Gabriel me pasó el escrito que él hizo sobre ese diálogo con el presidente Clinton.

Pero lo que quiero decir con esto es que, como en México, en Estados Unidos el presidente tenía una interacción y un diálogo con intelectuales norteamericanos y universales, o como los tenía en Francia el presidente (François) Mitterrand. Yo recuerdo una comida que tuvimos en el Palacio Eliseo ahí en París, y que el presidente Mitterrand me invitó mientras estaba yo en una gira de trabajo en Francia, e invité a Carlos Fuentes. Y estábamos conversando; el presidente Mitterrand una figura impresionante, extraordinaria.

- ¿De qué hablaron?

- El presidente Miterrand me hacía reflexiones muy serias, y yo lo escuchaba con atención. Luego yo le comentaba y yo veía que él también me escuchaba, pero un poco con el párpado medio caído, y yo decía: “Creo que hay un tema que le va a interesar y lo va a reavivar”. Y le dije: “Presidente Mitterrand, los hombres de Estado también se significan por su contribución a la cultura por la vía de la arquitectura. Por ejemplo -le dije yo- ahí está Luis XIV con Versalles”.

Y en ese momento el presidente Mitterrand se levantó en la silla y me empezó a platicar de su proyecto de la Biblioteca Nacional y después del Arco de la Defensa y del Museo d’Orsay, y entonces empezamos en un diálogo en el que terció Carlos Fuentes, y todo ese significado de la cultura en la vida de una nación y en la convivencia política. No por nada el Partenón en Grecia fue iniciativa de Pericles y construcción de Fídeas, por la estatua de Palas Atenea. Pero esa interacción que hace dos mil quinientos años se dio en Grecia es similar a la que tuvo el presidente Clinton con los intelectuales ahí en esta cena que yo relato, o en esta que tuvimos con Carlos Fuentes y que después, a propósito de ese diálogo con el presidente Mitterrand y platicando la renovación que estaban haciendo del Museo de Louvre, le pidió a su ministro de cultura que nos llevara a recorrer los sótanos del Louvre. ¡Cómo los habían arreglado! ¡Eran los basamentos de la fortaleza original! Y ahí anduvimos caminando Fuentes, el Gabo, el ministro de cultura, Mitterrand y yo. Después nos fuimos a cenar unas ostras deliciosas a ese lugar famoso de las ostras en París. Bueno, ostras le dicen a los ostiones. Pero lo que quiero decir con esto es que son ejemplos de estas interrelaciones del poder público con esa parte fundamental de la sociedad civil que son los intelectuales.

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