Siempre he sido crítico del comportamiento delincuencial de algunos de los integrantes de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE). De igual manera, he escrito sobre la inoperancia de las autoridades que no han sido capaces de poner orden a través de los recursos legales y políticos con los que cuentan. Es por ello que los acontecimientos violentos ocurridos en Oaxaca no me causan extrañeza.
Los enfrentamientos que vimos el pasado domingo son solo un ejemplo de la descomposición del sistema político en el que está inmerso el país. La corrupción, el crecimiento de la pobreza, la violencia generalizada así como la impunidad, son factores que laceran a grandes conjuntos de la sociedad.
De acuerdo a lo que atestiguamos, la propia CNTE ha quedado rebasada por las agrupaciones que le acompañan, pues la capacidad y organización bélica que mostraron los pobladores que enfrentaron a la policía en Nochixtlán, no se pueden calificar como improvisadas, además de ser mucho más agresivas que las que habitualmente la Coordinadora acostumbra a realizar. Y es que la forma en que se dieron los hechos, nos muestran una estrategia muy similar a la que contienen los manuales de guerra de guerrillas.
Para nadie es un secreto que desde su formación la disidencia magisterial ha tenido el respaldo moral y material de grupos subversivos, principalmente del Ejército Popular Revolucionario (EPR). Sin embargo, casi siempre se habían mantenido en la retaguardia, esto hasta el pasado domingo en el que sin declararlo abiertamente se hicieron presentes.
No sería extraño que después de los muertos que provocaron los hechos violentos, nuevamente el EPR o alguna de las células que se escindieron de él, se manifiesten públicamente para retomar la lucha armada, tal y como ocurrió en 1996 posterior al asesinato de campesinos en Aguas Blancas, Guerrero.
Por su parte, los gobiernos estatal y federal, demuestran una vez más su falta de capacidad para atender políticamente las demandas populares. No existe justificación alguna para la represión, la demostración de fuerza no se hace con las armas de fuego, esa se exhibe con hechos que fortalecen la institucionalidad y las leyes.
En Nochixtlán no existieron protocolos policiacos, los servicios de inteligencia brillaron por su ausencia y la cerrazón política se hizo patente en su máxima expresión.
Las consecuencias de tantas fallas no solo se miden en la pérdida de vidas, también se resienten en el incremento de los enconos.
Hoy la protesta e intransigencia de la CNTE sigue siendo la misma. Hoy la estupidez y la ineficacia del gobierno sigue siendo la misma. Hoy los políticos arribistas que buscan llevar agua a su molino siguen siendo los mismos. Hoy sigue creciendo el ambiente de irritación y de preocupación social.
Nadie gana ante un conflicto como el que vivimos, perdedores somos todos, pierde la razón, el dialogo y la paz.
