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¿Los hombres pueden ser más desprendidos? Pensar lo doméstico en tiempos de coronavirus

¿Y la epidemia misógina que lleva saldos crecientes y escandalosos?Oswaldo Ramírez / Cuartoscuro

En México, 2.5 millones de mujeres son trabajadoras del hogar


“Lo que importa es la génesis política, y esta es el rechazo a asumir como trabajo la explotación, y el rechazo a que solo sea posible rebelarse contra aquello que conlleve un salario. En nuestro caso, supone el de la división entre las «mujeres que trabajan» y las «que no trabajan» (puesto que «tan solo son amas de casa»), división que implica que el trabajo no asalariado no se asuma como trabajo, que el trabajo doméstico no sea trabajo” .
Silvia Federici, activista feminista
"Es un hecho que sobre todo las hijas cuidan a los padres. Los hombres podemos ser más desprendidos, pero las hijas están siempre pendientes de sus madres, de sus padres. De modo que HOMBRES Y MUJERES CUIDEMOS A NUESTROS ADULTOS MAYORES."  Andrés Manuel López Obrador, Presidente de México

Recién ha sido decretada la fase 2 ante el coronavirus y los efectos ya se perciben; no con calles vacías en su totalidad, sino en casas que parecen convertirse ollas de presión. Tres datos conjugados entre sí bastan para dimensionar que la contingencia por COVID19 resulta una carga con amenaza de muerte para las mujeres -paradójicamente, más letal que la del propio virus que la creó-.

El primero es que según ONU-Habitat, se calcula que casi el 40% de los mexicanos (el 38.4 por ciento, para ser exactas) vive en condiciones de hacinamiento con más de 5 personas por hogar o en casas hechas sin materiales duraderos, que carecen de servicios mejorados de agua y saneamiento (como los necesarios para combatir el virus y poder cumplir con las recomendaciones del lavado constante de manos).

El segundo es que, a pesar del error en afirmar que “los hombres pueden ser más desprendidos”, López Obrador tiene toda la razón: La mayor parte de las labores domésticas y de cuidados fueron realizadas por las mujeres, con el 76.4% del tiempo que los hogares destinaron a estas actividades; según el INEGI, y no sólo eso: en la misma Encuesta, resulta que las labores realizadas por la niñez, es decir, por personas menores de entre 5 y 11 años en 2018 dio como resultado que las niñas aportaron 6,027 pesos en cuidados, mientras que los niños lo hicieron con 5,628 pesos.

El tercero es que según Naciones Unidas, el hogar es «el lugar más peligroso» para que las mujeres se encuentren, pues el 60% de las 87.000 asesinadas en 2017 en todo el mundo fueron víctimas de un crimen machista cometido por sus parejas, exparejas o familiares hombres en ese lugar. En nuestro país, la cifra ya se acerca a los 11 feminicidios al día. Poco más del doble de vidas que, al momento, ha cobrado el coronavirus. El espacio “doméstico” al mismo tiempo es el lugar en donde mayor abuso sexual infantil se comete en contra de niñas. El enemigo vive en casa, duerme en la misma habitación y ahora también, tiene una convivencia obligatoria por un mayor número de horas que lo normal.

La ebullición de estos factores en las condiciones de precariedad y desigualdad que enfrentamos, son también una bomba de tiempo que los gobiernos tienen que atender antes de que sea demasiado tarde. En el primer dato, imaginemos la realidad de una mujer asalariada con familia que ha podido dejar la oficina para estar en casa guardando la sana distancia. Aquella mujer confinada, a los pocos días de asumir alguna forma remota de teletrabajo, tendrá también que encargarse de las infancias que tenga en su familia, de las y los adultos mayores, de su propia pareja si es que está presente y también, de sí misma.

Las jornadas maratónicas de trabajo nos ha condenado a limitar nuestra permanencia en casa a funciones básicas como dormir-higiene. La precarización nos pone a todas por igual: la que no es explotada en un trabajo lo es en casa. En ambos lugares, la división sexual que nos asigna trabajo de CUIDADOS se hace presente. La cuarentena no sólo es DOBLE riesgo para vida de mujeres, también es DOBLE CARGA DE TRABAJO.

Silvia Federici ya lo decía antes del COVID: la mayoría de las mujeres trabajan fuera de casa pero siguen encargándose de este trabajo y tienen que absorber esta parte de tareas que antes eran públicas. El asunto es que el efecto a la salud mental del pánico construido por medios de comunicación y por la oposición, han elevado los niveles de estrés y ansiedad, abriendo de nuevo la posibilidad de que la factura sea cobrada en contra de las mujeres.

Peor aún: En México, 2.5 millones de mujeres son trabajadoras del hogar; el 51% de trabajadores en el sector informal son mujeres y ese amplio grupo tiene a 14.2 millones según la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE). Ellas no sólo siguen trabajando expuestas al contagio, sino que lo hacen con sus hijas e hijos por la suspensión de clases. Las jornadas laborales triplicadas son apenas un síntoma de la amenaza más latente: la del hambre.

El escenario es desalentador porque el sistema guarda entramados de misoginia institucional dolorosísimos. La precarización de las mujeres ante el coronavirus no es simplemente económica y sexual, además de la feminización de la pobreza, si el contagio entre mujeres aumentara, la letalidad para ellas sería aún más alta que para los hombres pues aún cuando las instituciones de salud pública atienden a más mujeres que hombres, no es suficiente para cubrir las necesidades de las mexicanas.

En el último Censo de Población y Vivienda, uno de los resultados más dolorosos fue que la tercera parte de las mujeres NO cuenta con ningún servicio de atención a la salud; la tendencia ha sido constante -para mal- pues la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición (ensanut) del año 2012 arrojó que en aquel entonces, la quinta parte de las mujeres no cuenta con cobertura de salud. Al final, la vida de las mujeres queda entre los trámites burocráticos para tratar de materializar el “derecho universal a la salud”, mermado por la brecha salarial que ni a las asalariadas les permitiría costearse un contagio.

En un México hecho de abandonos, los hombres no pueden ser más desprendidos y tampoco podemos permitir que las lecturas de la realidad se conviertan en mandatos para reproducir lo que nos tiene tan expuestas.

Entre trabajadoras no estamos tan alejadas. Será la precariedad disfrazada de “privilegio” por tener un empleo formal (demandante y explotador) o será la llegada reciente de un varón al espacio doméstico, pero el confinamiento para mí, es revelador no solo de las desigualdades económicas, sino de la inequidad en la división sexual del trabajo.

En los 7 días de confinamiento, he notado que algunos “cuartos propios” de la casa parecían ajenos de tanto tiempo que he pasado fuera, sumida en las jornadas extendidas que nos colocan a pie de lucha desde antes de que amanezca y nos regresan pasados ya los últimos rayos que iluminan el día. Pero a decir verdad, esos detalles resultan irrelevantes ante el destino de mi tiempo durante en confinamiento, que como universitaria, feminista y “millenial” podría esperarse distinto, pero no lo es: jornada duplicada destinada a labores del hogar, trabajo desde casa sin definiciones claras de horarios que hacen del “home-office” una oficina doméstica, labores de cuidado y la conciencia de un sistema desmantelado que exhibe a los más expuestos, entre ellos, mi propia madre de 56 años, que se encuentra en la primera línea de defensa, atendiendo pacientes con posible portación del virus en el Hospital Darío Fernández, como enfermera.

Aunque el coronavirus no discrimina al momento de contagiarse, la supervivencia definitivamente no será la misma colocada en perspectiva de género -si es que las mujeres no fallecen antes por violencia machista en confinamiento-. Lo más paradójico es que, como consecuencia de que los hombres tienen mayor poder adquisitivo para viajar al extranjero y mayor ocupación del espacio público, al día 24 de marzo según la tabla de contagios en la Ciudad de México, son ellos los que encabezan la estadística. Pero ¿Y la epidemia misógina que lleva saldos crecientes y escandalosos? ¿Y cuando va a caer el sistema que nos coloca en este lugar?