Todas las mujeres menstruamos pero no todas las personas saben de menstruación. A pesar del clásico discurso santificador que utilizan los hombres al momento de hablar de violencia machista del “yo tengo una madre, una hermana, una hija, una esposa”, la minoría de ellos no conoce ni reconoce lo fundamental sobre el proceso fisiológico más básico y temprano de todas.
Si hablamos de fisiología, la mayoría asocia el embarazo como lo fundamental en las mujeres mientras que invisibilizan el proceso menstrual, aún cuando el 100% de las mujeres menstrúa al menos una vez en su vida mientras que únicamente un 60-70% de ellas se embaraza. El patriarcado hace mercadotecnia de la función reproductiva de la fuerza del trabajo que hacen las mujeres por ser conveniente a la economía y al régimen de dominación, mientras que oculta y calla la raíz más antigua de nuestro sistema de explotación.
La menarca, que es la primera menstruación, marca la desigualdad entre niñas y niños. Mientras que ellos tienen acceso directo al manejo informativo del pene por las instrucciones básicas para orinar, a las niñas se les priva de conocer toda la información de sus órganos sexuales. Ni siquiera se les nombra.
La llegada de la primera menstruación es, dentro de muchas comunidades, una luz verde en el semáforo del abuso. En la cosmovisión de pueblos indígenas -y hasta en comunidades rurales- la menstruación significa que una niña ha dejado la etapa intente para “convertirse en una mujer” por el simple hecho de adquirir la capacidad fisiológica de embarazarse.
En nuestra época, la menarca llega cada vez a edades más tempranas por factores alimenticios y de mercado: la comida tiene más hormonas, menos elementos naturales y mayor carga de químicos; la obesidad infantil, la chatarra y el deficiente acceso a la salud tienen como resultado que las niñas menstrúen cada vez a edades más tempranas. Hablar de menstruación digna debe poner en el centro a las niñas menstruantes y en la prioridad a las niñas y adolescentes con más bajos recursos.
En un hogar donde el ingreso mínimo es la regla - o al que ni eso llega como el 46% de mexicanos en algún tipo de pobreza - mantener la menstruación de al menos dos mujeres se traduce en un martirio.
Fue en Baja California, San Quintín, donde el camino de la miseria lleva a más de una mujer a narrar cómo es que atiende la menstruación con cajas de cartón abandonadas en la frontera. Sin toallas ni tampones. Sin acceso pleno al agua. La justicia menstrual es la finalidad del movimiento #MenstruaciónDignaMéxico , que entre otras cosas, tiene como meta de incidencia una iniciativa de reforma a la Ley General de Educación presentada por diputadas de todos los partidos, coordinada por la Presidenta de la C. de Igualdad de Género Wendy Zuloaga y las diputadas feministas Martha Tagle y Laura Rojas para que sea obligación del Estado entregar insumos para la higiene menstrual a todas las niñas que cursan educación pública a nivel básico.
La única vía para establecer condiciones de igualdad entre niñas y niños, mujeres y hombres, es radical y es sexual: hablemos URGENTEMENTE sobre la digna menstruación. Basta de tabús construidos en la cultura de la violación: las niñas menstruantes son niñas y merecen toda la protección del Estado para tener el máximo alcance de su potencial y sueños.
