La interjección “híjole” es empleada para denotar sorpresa o preocupación. En el caso mexicano denota ambas, a veces de manera simultánea, y su poder radica en su exclusividad. Existe, por tanto, un acento especial para denotar la clase de híjole a la que una persona se refiere. Hay dos tonos que podemos decir, indican la naturaleza de la hijoleidad. La primera es un sentimiento de profunda pena, empatía que proviene del alma en donde genuinamente nos preocupamos porque quien nos escucha (o nos vea) sepa que de verdad lo lamentamos mucho, que nuestras fuerzas humanas se terminaron y si estuviera en nuestras manos lo resolveríamos. Revisemos este diálogo:

- ¿Se encuentra el licenciado? Me pidió que le llamara a esta hora.

- ¡Híjole Lupita! Acaba de salir, justo ahorita se está cerrando el elevador, ahorita mismo, ya no lo alcanzo, mejor intenta mañana temprano.

Como vemos, la persona que dialoga con Lupita siente legítima y sincera pena, aunque nada le costaba levantarse y buscar al licenciado o lanzar un poco profesional grito, asume su rol de víctima, de “estamos en las mismas”, hermandad o sororidad en la derrota contra la burocracia. Revisemos otro ejemplo:

-Compadre, vengo a ver si tiene lo que le encargué.

-Híjole compadre, se me olvidó que lo pidió. Una disculpa.

- ¿Pa’cuándo crees tenerlo?

-Híjole, no tengo idea. Ahora sí que quién sabe.

En el primer uso del híjole está la tristeza compartida, la falla que no es mía sino nuestra, los errores se perdonan más rápido al diluirse en lo colectivo. No hay una hipocresía completa, solo un atisbo de la posibilidad de que seamos demasiado humanos y se logre lo que nuestras limitaciones permitan. El segundo híjole, que retrata también la conversación y el otro tipo de escuela dentro de la corriente filosófica de la hijoleidad, es aquella que clama al universo por no entender o conocer del todo los movimientos de la historia, la sociedad o del pueblo.

El híjole que precede algo que ignoramos pretende ser un verdadero reclamo al Espíritu Absoluto hegeliano, a la Historia kantiana y al poder foucaultiano. Es la forma breve de indicar que somos perecederos, nimios, insignificantes y que tenemos la enorme desgracia de: a) Percatarnos de nuestra evanescente existencia y b) Sabernos nada frente a la totalidad de lo existente. Como los lamentos existenciales ya no caben en nuestro siglo, preferimos expulsar la disculpa antes de cualquier explicación porque finalmente somos seres cuya ontología parece ser la de pedir perdón constantemente (no es poco común que a la grandiosa raza mexicana le digan en el extranjero que deje de disculparse todo el tiempo). Híjole, en este sentido, es la palabra que uno puede decir frente a la muerte o al escenario más apocalíptico de extinción de la humanidad. Es lo que se tuvo que haber exclamado al inicio de las dos guerras mundiales y durante el conflicto con los misiles en Cuba. Pero al enfrentarnos a lo desconocido de la infinitud, es también menester usar el híjole. Frente al arte, a los primeros ritmos de un gran compositor, en el momento más trágico de una ópera (el híjole en este caso debe ir acompañado de llanto en el idioma en que se esté presentando la obra) o cuando nos conmueve un performance que no entendemos pero que, por el rostro de la audiencia, debimos entender. Admirar lo que nos rebasa y excede. El híjole sintetiza y cataliza nuestros sentimientos más vivos, casi ardientes, de la inasible mexicanidad. Ardemos, pues, en el fuego del híjole: Entre la excusa y la sorpresa, el lamento y la preocupación. Existen variantes, como el plural de híjole: híjoles. Pero eso será tema de otra reflexión.