Por Márcia Bizzotto. EnviadaBandiagara, Malí, 15 Feb (Notimex).- Desde la planicie próxima a la frontera de Malí con Burkina Faso se pueden ver las casitas de adobe colgando de la falla como ramas de plátanos, como si fluctuaran, tan pequeñas e inaccesibles que uno se pregunta quiénes podrían vivir allí.La Falla de Bandiagara, un accidente geográfico que separa dos inmensas planicies sobrepuestas, es el hogar de los dogon, una tribu de creencia animista y profundamente religiosa, desconocida de la mayor parte del mundo.Fue hasta 1948, cuando el antropólogo francés Marcel Griaule analizó su cultura y tradiciones en su libro Dios de Agua.Actualmente cerca de 700 mil dogon viven en esa remota región de Malí, conocida como País Dogon, unos 50 mil kilómetros cuadrados de tierra donde apenas se ven coches o bicicletas, y son más visibles las vacas y cabras.Se trata de una extensión de paisaje casi monocromático: planicie de arena salpicada por casitas de arena y árboles baobabs cubiertos de arena, limitada por 150 kilómetros de una falla color de arena que brilla cuando le dan los últimos reflejos del sol.En la estación de lluvias, inmensas cascadas deslizan por la pared rocosa de la Falla de Bandiagara, que en algunos puntos alcanza los 300 metros de altura.También deslizan niños con calabazas llenas de agua recogida de alguna de las pocas fuentes y mujeres ataviadas en blusas y faldones multicolores, con los bebés colgando de la espalda y las vasijas llenas de víveres sobre la cabeza.Además, las mujeres caminan con impresionante gracia a pesar de las dificultades del terreno y del peso que se puede intuir que llevan.Su trayecto es siempre el mismo: el mercado de algún pueblo vecino, de nombre seguramente tan musical como el del suyo propio, como Djiguibombo, Kani Kombolé, Téli, Begnimato o Indelou.Los dogon llegaron allí a finales del siglo XIV, desde los montes Mandingas, en la frontera guineo-maliense, huyendo de la expansión del Islam.Las paredes de la falla les protegían de los islamistas que podrían llegar por la planicie arriba y, a la vez, de los animales salvajes que habitaban la planicie abajo.Actualmente los animales han desaparecido y los poblados ocupan también la planicie baja y sobreviven de la agricultura de subsistencia y del dinero generado por el turismo, especialmente con la venta de artesanías.La "islamización" les alcanzó inevitablemente y en cada villa se puede observar las típicas mezquitas malienses, construidas con barro y palos de acacia, que sobresalen de los edificios formando verdaderas escaleras por las que los locales montan para reparar las paredes después de cada estación de lluvia."Muchos son obligados a seguir el Islam cuando se van a la ciudad para trabajar. Pero en el fondo todo dogon es siempre animista", asegura Ibrahim Dolo, un guía local.La verdad es que al largo de la Falla de Bandiagara la cultura dogon permanece casi intacta y la cultura animista dicta las reglas en las comunidades, incluso la disposición de las construcciones.Las villas tradicionales suelen estar dispuestas simbolizando un cuerpo humano, y La Toguna, el sagrado consejo de ancianos de la tribu -un pequeño cuadrado sin paredes y de 70 centímetros de altura-, se sitúa el área que corresponde a la cabeza.El cuerpo de la villa está formado por las casas y graneros de las familias. En la altura de las manos están las casas destinadas a la reclusión de las mujeres menstruadas, que deben ser mantenidas apartadas del resto del pueblo para que no le contaminen con su sangre considerada impura.Donde estarían los órganos sexuales se localizan los altares y centros donde se realizan las ofrendas, sacrificios de animales, ritos de iniciación y otros diversos rituales que ocupan los días de esa tribu, siempre marcados por coloridos bailes de máscaras.En esos bailes, son apenas los hombres que portan las máscaras sagradas, confeccionadas por sus propias manos obedeciendo rigurosas reglas. Con ellas los dogon representan todos los elementos de su vida: los mamíferos, las aves, los hombres, la tierra y la muerte.La región atrae un número cada vez mayor de turistas, ávidos por descubrir esa cultura aún ceñida de misterio, mismo si la aventura exige días de caminadas bajo un sol de plomo, escasa agua y ausencia de baños.Los atardeceres rojizos que cubren el valle hacen la jornada merecer la pena y el ruido de los coches y la confusión de las ciudades malienses aún no han logrado sustituir los gritos de los animales al amanecer.Tampoco lo consigue la constante música de los tamtams (instrumentos de percusión) que envuelven el País Dogon.