Fernando Gómez Mont fue bien recibido

cuando llegó a la secretaría que pronto dejará. Se trató de un nombramiento

sorpresa que acaso fue criticado por la izquierda que nunca dejó de tomar en

cuenta la cercanía que Gómez Mont tuvo siempre con Diego Fernández de

Cevallos.Las que parecían ser cualidades del secretario,

curiosamente, fueron las que terminaron por minar su capacidad de operación

política.

Fue festejado por ser de una familia

con abolengo en el PAN. Se dijo que eso garantizaba cierta congruencia y el

impedimento de que el gobierno desdibujara su identidad. Luego fue fustigado y

acusado de purista por sus correligionarios debido asu oposición a

las alianzas PAN-PRD.

Fue considerado un personaje con

determinación, dispuesto a defender con argumentos e ímpetu las decisiones de

fuerza que el gobierno de Felipe Calderón tomaba para legitimarse. Terminó, en

cambio, ahogado en sus declaraciones ligeras y quedando más como un bravucón

que como un duro, como un abogado leguleyo que como un político eficaz para la

comunicación.

Fernando Gómez Mont no era uno de los

fieles calderonistas. Su designación estaba revestida de cierta

institucionalidad por no pertenecer al círculo amistoso que parecía ser la

única fuente autorizada de altos funcionarios de gobierno. Pero la distancia

institucional se hizo abismo hasta llegar a la descoordinación más obscena.

Quizá la última acción en que el secretario pareció responder a la lógica de

grupo político que rige a los gobiernos fue en el vergonzoso cabildeo frente a la

Suprema Corte de Justicia de la Nación para impedir que se señalaran a los

responsables del infanticidio masivo de la guardería ABC.

El gobierno ha apostado a prolongar el

presente. Fernando Gómez Mont ya no sirve para eso. Está desacreditado frente a

los medios --por las declaraciones francamente tontas-, frente a la izquierda y

frente al PRI --por no lograr el cumplimiento de la palabra empeñada -- y, quizá

lo único que importa al grupo gobernante, frente a Calderón y su grupo de

amigos. El que venga será entonces alguien menos duro, con menos abolengo (otro

tecnócrata o panista advenedizo), con menos distancia respecto de la casa

presidencial y con menos credenciales propias. En esta lógica quedaría

descartado Javier Lozano por su tozudez y César Nava por su relación con el

PRI.

No sería descabellado -- y aquí me sumo

a ese deporte nacional que es la especulación--- que pronto despache en Bucareli

Gil Zuarth o Miguel Ángel Yunes (que aunque es bravucón se controla).