Durante los 70, época

de algidez contracultural y efervescencia sociopolítica, uno de los movimientos con mayor auge en el mundo fue el

feminista. Por aquellos mismos años Esther Vilar publicó un libro titulado "El varón

domado", con una controversial idea central:

"Los hombres han sido

acostumbrados y condicionados por las mujeres, en forma no muy diferente a lo

que hacía Pavlov con su perro, para convertirse en sus esclavos. En

compensación por su trabajo las mujeres les dan a los hombres un uso periódico

de sus vaginas".

Contrario a toda la

corriente del pensamiento en boga, Vilar contradijo el discurso feminista con

una mordaz crítica hacia la idea de dominación patriarcal: los hombres eran los

dominados. Despertando malestar entre propios y

extraños, la escritora se ganó enemigos de entre las filas profeministas,

moralistas y contrafeministas. Su libro fue y continúa siendo uno de los

trabajos más repudiados, al grado de recibir amenazas de violencia y muerte.

A pesar del progresismo

promulgado por el movimiento feminista, la violenta reacción fue una muestra

irrefutable de la barbarie que puede despertar el debate de las ideas

contrarias. En el fondo de la discusión se exhibe nuestra abismal intolerancia

por sacudir los conceptos que hemos heredado. Los saberes que integramos como

riendas de acción nos resultan sagrados e intocables, por eso nos molesta tanto

ponerlos a discusión, y peor aún, aceptar la posibilidad de que nuestra

concepción puede ser errónea.

Hay ciertos temas que representan

un tabú social inexorable: el fútbol, la religión, la inclinación política, la

determinación de género... en fin, cualquier tópico que contravenga una elección

relacionada con nuestra predilección. En otras palabras, amedrentamos la sola

idea de volcar nuestras bases fundacionales. Que no se toquen esos temas en

público, la sociedad es tan sensible que debatir sus elecciones puede resultar

en una trifulca. Más vale mantener el placebo de las creencias colectivas

resguardo de toda crítica.

Y es que los saberes

que nos fueron otorgados durante el proceso de crecimiento y aquellos otros que

incorporamos, conforman una especie de muralla a nuestro alrededor. Un fuerte

debajo del cual nos resguardamos con la seguridad de la protección ideológica,

de la justificación infalible y de la necedad solventada por las ideas

primitivas.

No es sencillo

sacudirse un saber de la cabeza sobre todo si es un saber burocrático.

Guillermo Fadanelli describe precisamente esta reciedumbre del pensamiento:

"Los hombres nos damos a la tarea de proponernos límites o fronteras para

hacernos a la idea de que así pisamos una tierra firme".

Las ideas encarnan

una estrategia furibunda de defensa para rechazar la inestabilidad del mundo.

La caverna descrita por Platón en su mito, donde la oscuridad es la necedad que

se vuelca admisible. Y en dónde la luz de un pensamiento diferente resulta ser

un ataque abominable para la seguridad de nuestra lógica mundana.

Si resulta válida la

sentencia de Wittgenstein de que el límite del mundo es el límite del lenguaje.

Esta directriz es igual determinante para las fronteras de nuestro desarrollo y

conocimiento. La dictadura de las ideas es también un modo despótico de

mantener el Statu quoy es sabido que

detrás de cada tiranía se encuentra un ideal llevado al extremo.

El llamamiento de

pluralidad y tolerancia social también abarca la posibilidad de nuevas ideas.

Cosmogonías distintas que contribuyan a la diversidad en el pensamiento

colectivo. El primer paso de contingencia para convivir entre todos los mundos

que conforman nuestro universo ideológico.