"Abran la ventana, me voy a echar un cigarrito pa que me tomen
una foto". Es Cuauhtémoc Blanco, el Cuau de todos, el íntimo de unos cuantos.
Han transcurrido 10 horas de vuelo. Salimos de Johannesburgo a la 1 de la
tarde. Primera y única escala en Sao Paulo. En el chárter van algunos seleccionados,
entre ellos, Magallón, Salcido, Bautista, Chicharito y Óscar Pérez, el "Venado"
Medina, Castro y Efraín Juárez.
Despegamos y Blanco, acompañado de su novia, la presentadora de
televisión Rossana Nájera, descansa, duerme. Pasará un par de horas y un amigo
cercano que se sienta a su lado abrirá la primera de varias botellas en este
primer tramo de viaje.
Al principio piden un vaso lleno de hielo y refresco de cola. Es la primera
cuba del camino. El extraño amigo que más tarde dirán, es su asistente, anima
el trayecto; a su lado, una espectacular pelirroja se acomoda en el asiento e
intercambia algunas palabras con Rossana.
De pronto, la primera turbulencia; Cuau se sujeta con ambas manos
al asiento, cierra los ojos, un rictus de miedo, como si le cometieran falta en
el área y no la marcara el árbitro,
inunda su rostro. Su novia lo acaricia y el amigo cercano le da una palmada en
la espalda. No la lleva bien el Cuau con el efecto ofensivo del fenómeno aéreo.
Pese a todo nunca pierde de vista el vasillo de plástico que contiene la energía
que le va a permitir dar una cantidad considerable de autógrafos y tomarse un sinnúmero
de fotos a lo largo del viaje.
Muy pronto se une la otrora promesa del América: el "Gansito" Aarón Padilla. Es
la zona trasera del avión que de súbito se convierte en el lounge en donde Blanco
va a cantar, a bromear, a hablar en tono bajo y de vez en cuando atenderá a su
novia. El malestar de la madre de Rossana, le divierte. Pícaro, divertido,
juguetón, se transforma al atender la
petición de autógrafo si proviene de un niño. Juega con ellos, se deja tocar,
jalar una oreja, pintarse la cara con el bolígrafo que ya tiene entre sus
accesorios de primera mano.
La fiesta se prolonga por varias horas. En el último asiento viaja Paul Aguilar
pero no se une al petite comité de primer nivel que se ha instalado en la clase
turista de un viejo avión que aún conserva ceniceros en los descansabrazos.
Eso no inmuta al ídolo, al héroe de mil batallas risueño y desmadroso de México.
Botellas van y vienen; cervezas; bebidas energetizantes y botellitas de vino.
La tripulación se une al entusiasmo y las cámaras de los afortunados
aficionados que viajan en el mismo vuelo no paran. Blanco accederá a toda
petición y a todos.
Al "Chicharito" Hernández, por ejemplo,
hay que buscarlo y cuando despierte de su juvenil sueño apenas accederá a
tomarse algunas fotos.
Blanco no. Blanco se divierte, pide música, canta salsa y habla y habla y habla.
Bromea, bromea y bromea.
A punto de aterrizar en Sao Paulo, Brasil, el Cuau, inquieto y desmadroso se
vuelve al pasajero que viaja en el asiento a sus espaldas quien duerme plácidamente.
Entonces, comienza el inesperado monólogo: "¿Tons qué, güey? ¿Nos quedamos
en Brasil? Ya, dime algo, ¿no ves que me siento mal? Nadie me pela. Ya ves,
anoche me tuvieron como pendejo calentando 45 minutos y el cara de perro
sharpei nunca me metió. Y todavía el güey me dice: échate otra vuelta. Y yo que
le digo, no mames, chinga tu madre. Ya me canse de calentar."
El reducido público goza con el showman futbolero. Una cámara le muestra la
imagen de anoche a la que alude en su breve espectáculo. Blanco la ve, se mira,
y divertido se burla de sí mismo: "Mira, ahí está mi joroba". "Las
mochilas van arriba lolo" lo increpa su amigo y compañero de fiesta.
Blanco habla quedito, mueve la cabeza asentando todo el tiempo, es la manera en
que aprueba o niega la cercanía.
Es el Cuau, el pedote, según Aguirre, el ahora ex-técnico de la selección
mexicana. Antes de reiniciar el vuelo, Blanco propone a su amigo bajarse y seguir
la fiesta en Sao Paulo: "Aquí hay casinos, güey, está bien". Invita a los que
estamos a su alrededor: "A ver. ¿Quién quiere quedarse, tú? Nomás te pregunto,
no te estoy invitando".
Luego, la fiesta continuará en otra zona del viejo avión, quizá
con Aarón Padilla, "El Gansito". Su novia duerme. Es Blanco, el ídolo mexicano,
el típico ídolo del pueblo en un largo trayecto que culminará con una nube de
reporteros esperando en el aeropuerto buscando algunas palabras.
Ahí, a la salida, de
vuelta a la realidad, Cuauhtémoc Blanco se vuelve un tipo serio, cansado,
molesto ante la gran cantidad de cámaras de televisión y micrófonos acosándolo.
Termina el viaje de regreso a casa.