Cuando pensamos en Emiliano Zapata este 10 de abril, en su aniversario luctuoso, no deberíamos imaginarlo solo como una estatua de bronce, una foto o un cuadro. Hay que pensarlo como alguien que estaba cansado de las injusticias y decidió que ya era suficiente, que nos dejó un gran legado. Él lo que quería era algo tan sencillo y tan grande como que la gente del campo pudiera vivir de su trabajo con dignidad. Zapata nos enseñó que el respeto a la tierra es, en realidad, el respeto a nosotros mismos.

Hoy nos toca reconocer, con total sinceridad, que tenemos una deuda enorme con nuestra gente del campo. Mientras en las ciudades todo va de prisa, en las comunidades rurales la lucha sigue siendo por lo básico: programas para las y los campesinos sin distinción, apoyo real que fortalezca al campo y un trato justo. No podemos decir que el país avanza si quienes siembran lo que llega a nuestra mesa siguen viviendo en el olvido. La herencia de Zapata nos recuerda que la verdadera libertad empieza en la tierra que nos alimenta y en la justicia para quien la trabaja.

El caudillo del sur, nos dejó palabras que hoy retumban más fuerte que nunca:

  • “La tierra es de quien la trabaja”.
  • “Quiero morir siendo esclavo de los principios, no de los hombres”.
  • “Si no hay justicia para el pueblo, que no haya paz para el gobierno”.
  • “Es mejor morir de pie que vivir toda una vida arrodillado”.

Honrar su memoria es mirar a los ojos a nuestras campesinas y campesinos y reconocer que su lucha es la de todos y todas. Es momento de saldar esa cuenta pendiente con el México rural, el que tanto nos mantiene de pie, para que la justicia deje de ser una promesa y se vuelva una realidad.

Hoy, con la fuerza de nuestra historia y la esperanza en el futuro, juntos y juntas impulsemos los derechos de las y los campesinos, un campo digno, justo y libre.

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¡Zapata vive, la lucha sigue!

Jennifer Islas. Política y conferencista.