¿Cómo cambiaría una problemática si primero escuchamos con atención y después buscamos soluciones reales? Esa es la pregunta que me hice al arrancar mi recorrido por todo el Estado de México con nuestras Asambleas Verdes, espacios pensados para una tarea básica pero poderosa: escuchar.
En nuestro arranque en Chalco, más de 35 mil personas se reunieron para compartir lo que viven en su día a día. Entre todas esas voces, hubo una que me marcó con fuerza: la de las mujeres.
Ellas hablaron desde la experiencia, desde el cansancio de cargar problemas que rara vez se nombran sin adornos. Hablaron con valentía de realidades duras que a menudo preferimos no ver. Y entendí algo claro: escucharlas no es un favor, es mi chamba.
Ese día contaron lo que significa salir de casa con el miedo de no regresar. Expresaron la frustración de vivir en un estado que aparece en los primeros lugares de feminicidios, de denunciar sin obtener respuesta, de sentir que la justicia nunca llega a destino.
Las mujeres jóvenes compartieron el miedo con el que van a la escuela o al trabajo. Siempre alertas; siempre con el corazón acelerado. Las madres hablaron de la angustia de no tener un lugar seguro para dejar a sus hijos mientras trabajan, obligándolas a elegir entre llevar dinero a casa o cuidarlos.
Emprendedoras y trabajadoras denunciaron las trabas para acceder a un empleo digno, las dificultades para crecer en sus proyectos y lo complicado que resulta abrirse paso en un sistema que muchas veces parece diseñado en su contra.
Cada testimonio fue un espejo de la realidad: historias de miedo e injusticia, sí, pero también de fuerza, amor por sus familias y una enorme capacidad de resistir y salir adelante.
Escuchar a las mujeres deja claro que sus problemas no distinguen edad ni condición social: violencia en casa, falta de oportunidades, inseguridad en las calles, ausencia de guarderías y la doble carga de trabajar y cuidar a la familia al mismo tiempo.
La Asamblea Verde me hizo revivir algo de forma contundente: las problemáticas existen para las mujeres y también para la sociedad en general. Y aunque a veces duela, esa verdad es la que debe guiarnos como sociedad. Ignorar esas voces no solo sería cerrar los ojos a lo evidente, sería perder la oportunidad de construir un Estado de México más justo, más seguro y más humano.
Me quedo con cada mujer que externó lo que le duele o preocupa. Porque no solo señalaron problemas: también mostraron la fortaleza con la que día a día sostienen a sus familias, a sus comunidades y a nuestro estado.
Escucharlas es entender que no hay transformación posible sin ellas, ni progreso real sin su participación. Y que el camino hacia un mejor Estado de México empieza con algo sencillo pero muy poderoso: abrir los oídos y el corazón para escuchar a las mujeres.



