El mundo se envuelve en guerra y caos, todo se desmorona poco a poco, misil a misil, vida a vida, parece que el final de la historia que pregonaba Francis Fukuyama fue solo una fantasía y fuimos tan ingenuos que pensamos que después de la pandemia del Covid-19 seríamos otra humanidad. Nada más alejado de nuestra funesta realidad.
Cuando inició la guerra entre Rusia y Ucrania pensé que era un desliz de esta nueva era post-covid, donde un remanente de la guerra fría todavía se hacía presente, como un murmullo lejano de un fantasma que se negaba caminar hacia la luz, pero que más temprano que tarde andaría hacia el camino de la cordura y la razón, pero oh maldita sorpresa del destino, la guerra sigue ahí, y parece que ese fue el inicio de más actos deleznables que han puesto en jaque la paz mundial.
Uno de los episodios más tristes a los que me refería es el de la guerra de ocupación entre Israel y Palestina, que aunque no es una batalla nueva, sigue cobrando todos los días la vida de inocentes que parecen no tener un fin a su sufrimiento, las imágenes que aparecen en redes sociales y noticieros son desoladoras.
Lo más difícil de creer es la idea de que muy probablemente la justicia no llegará para las y los desaparecidos de Palestina ni para sus heridas ni heridos, ni mucho menos para sus muertas y muertos. Parafraseando al grupo español: Ska-P, ¿quién podría imaginar que David fuese Goliath? La justicia no debe ser instrumento de los países poderosos para encubrir sus atrocidades en contra de las naciones más pobres y desprotegidas.
Espero que después de tanto sufrimiento para el pueblo palestino llegue la paz que tanto necesitan, porque la venganza de Netanyahu llegó bastante lejos, bañar en sangre los campos de olivos de Gaza y Cisjordania no regresará a la vida a los asesinados de Hamás. Pedir una oración es el principio, pero exigir que se lleve a la cárcel al genocida de Benjamín es una obligación para todas y todos los ciudadanos de este mundo libre para no caer en la ignominia ni en la indiferencia.
