La complejidad creciente de las sociedades contemporáneas torna muy difícil para los partidos y gobiernos de cualquier signo mantener la preferencia del electorado y perdurar en el poder.

La relativa larga estancia de los socialdemócratas durante las décadas de la Guerra Fría, que en casi todos los países de América Latina fue interrumpida o impedida por dictaduras militares, se vio desplazada por la ola neoliberal que pretendía extenderse por 50 años y no alcanzó mas de dos o tres décadas, en casos excepcionales.

A su vez, las expresiones de izquierda más o menos radicales que reemplazaron al neoliberalismo: de Venezuela a Argentina, Ecuador, Bolivia o Brasil, Honduras o El Salvador, han caído en años recientes ante la recurrencia de fenómenos económicos o de gobierno que no pudieron resolver y la volatilidad de electorados insaciables, frustrados y manipulables o reactivos.

El turno es de las derechas radicales o ultras que aprovechan los errores y desgaste de las izquierdas para implantar sus preferencias que van de la super disciplina financiera del gobierno a la libertad corporativa empresarial, el retiro de las políticas sociales y el montaje de un nuevo originalismo étnico antiindígena y contra el progresismo, pro-autoritarismo social y populista que minimiza las estructuras estatales.

Desde luego que las contradicciones seguirán acumulándose y es posible que los grandes problemas nacionales y compartidos tales como la desigualdad, pobreza, migración o desastre ecológico se incrementan, a cambio de espejismos que encubren inversiones selectivas de tipo neocolonial y precariedad para las clases y grupos vulnerables.

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En ese escenario, en algunos casos, perder temporalmente el gobierno puede ser tiempo propicio para rehacerse y regresar con mejores ideas y más fuerza colectiva.

No es pertinente generalizar, pero dicho horizonte ya se vislumbra allí en aquellos casos en los que la derecha tampoco puede dar respuesta eficaz a la complejidad acumulada y ultractiva.