“La mejor forma de hacer buenos a los niños es hacerlos felices”

Oscar Wilde

Está pasando y debe escandalizarnos a todos y todas. Y no solo escandalizarnos: debe movernos a la acción.

Estoy hablando de la Violencia Vicaria, una de las formas más crueles de abuso que sufren miles de mujeres en nuestro país.

La Violencia Vicaria, aunque recientemente nombrada, es una forma de agresión que muchas mujeres han experimentado durante largo tiempo. Se manifiesta cuando se utiliza a los hijos como instrumentos para dañar a la madre, buscando quitarle el apego y romper el vínculo afectivo. Esta forma de violencia se caracteriza por agredir, violentar o sustraer a los hijos, causando un profundo dolor emocional y psicológico a la mujer.

Un aspecto particularmente preocupante de la Violencia Vicaria es su frecuente complicidad con la violencia institucional. Los casos documentados revelan procesos jurídicos irregulares, pruebas fabricadas y amenazas, lo que dificulta aún más la aplicación de justicia. Esta complicidad institucional perpetúa la impunidad y deja a las víctimas en una situación de vulnerabilidad extrema.

En la Violencia Vicaria la mujer sufre un dolor inenarrable pero los hijos e hijas se enfrentan a múltiples daños: psicológico, afectivo, a veces educativo, pues si están en edad escolar de la noche a la mañana pierden días de escuela, a veces meses; en otras ocasiones los cambian de ciudad, de colegio, pierden amigos, dejan sus pertenencias en la casa materna, no tienen sus juguetes, su ropa, sus zapatos favoritos. La vida les cambia y no para bien, todo por el odio enfermizo de su mismo padre, que los usa como instrumento de venganza hacia su madre.

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Leí ayer algunos casos en la página del Frente Nacional contra la Violencia Vicaria y no pude evitar el llanto ante el dolor de ellas, las madres que están lejos de sus hijos e hijas. El testimonio de una de ellas ejemplificaba la violencia colateral que sufrían los familiares y amigos de sus hijos e hijas. La abuela que dejó de ver a sus nietos porque se los llevó el papá, también sufrían los primos, las primas, los compañeros y compañeras de colegio. Qué dañado debe estar un agresor, que en su afán de perjudicar a la madre de sus propios hijos, afecta a todo el núcleo familiar y afectivo de aquellos, a quienes debe amar y proteger sobre todas las cosas.

¿En qué momento eso se olvida para priorizar su deseo de lastimar a su esposa o ex pareja sentimental?

Al leer ese testimonio recordé que hace un tiempo, por causas absolutamente ajenas a mi voluntad, tuve que separarme de mi hija, que tenía 17 años, y ella se fue a vivir con su familia paterna. Fui notando cambios extraños en su físico y sus emociones, no dormía o dormía de más, estaba extremadamente delgada y nerviosa. Un día me visitó y me dijo que dormía en el suelo porque no tenían espacio, que a su tía y sus primas les molestaba que estuviera ahí y se comían su cena o su comida, que extrañaba su cama, su escritorio, sus cosas, incluso su peluche preferido, que le regalaron el día en que nació. Me dijo que iba a dejar un tiempo la escuela y trabajaría de lo que fuera, pero que no quería seguir viviendo ahí.

Pensé que me iba a volver loca al verla sufrir y le dije que aunque viviéramos abajo de un árbol, la sacaría de ahí, que seguiría estudiando y que la vida volvería a ser benévola para ambas.

Lo que viví no fue Violencia Vicaria, pero el ejemplo es válido: un niño, una niña, una adolescente ve su mundo hacerse añicos cuando deja de tener su espacio personal, sus amigos, sus compañeros de colegio, su microcosmos que le ha dado paz y amor y se va a vivir a otra casa, quizá con violencia, quizá con abusos, todo porque papá odia a mamá. Qué locura.

La Violencia Vicaria, está escalando a niveles alarmantes en México. Los datos del Frente Nacional Contra la Violencia Vicaria son un grito de auxilio: de 2,865 casos en 2021, ¡saltamos a 7,670 en 2022! Un incremento del 167% que nos exige actuar ya.

En 2024, 4,802 mujeres fueron víctimas directas, y lo más desgarrador, 10,085 niños y niñas sufrieron las consecuencias indirectas. Esto es inaceptable.

No podemos seguir mirando hacia otro lado y ocuparnos y hasta preocuparnos por noticias superficiales, mientras esta forma de violencia, que a menudo se oculta en las sombras, está destrozando vidas.

La lucha contra la Violencia Vicaria es un imperativo ético y una deuda pendiente con las mujeres que han sufrido y siguen sufriendo esta forma de agresión. Es hora de actuar con determinación para erradicar esta práctica y garantizar la protección de las víctimas.