“No somos iguales”. Así distinguía el expresidente Andrés Manuel López Obrador a su proyecto de nación del decadente periodo de neoliberalismo del PRIAN. Cuatro décadas de terror que signaron la destrucción económica, cultural y social de la República en el altar del sacrificio del “libre mercado” y del “orden basado en reglas”.

A esa larga pesadilla se le atravesó el movimiento de Andrés Manuel López Obrador y decenas de millones de mexicanos que lo respaldamos tanto a él, como a la presidenta. El resto, como se dice, es historia.

AMLO regresa presentando un nuevo libro, llamado Pueblo, la secuela a los textos que anunció escribiría tras su retiro de la vida política en activo. Por supuesto, el impacto de millones de personas que nos sentamos a ver su charla de hora y 20 minutos en internet causó un enorme prurito en la derecha mejicana, así, con j, carente de figuras y estrategia más allá de hincarse ante Estados Unidos.

El espurio Felipe Calderón Hinojosa por su parte “regresa” a la palestra con una conferencia chafa y las quejas suyas y de sus plañideras por la justa destrucción de una estatua derribada llevada a cabo por los afectados tras la disolución de la empresa Luz y Fuerza durante su sexenio espurio y de muerte.

El pelele Calderón podrá llorar y patalear todo lo que quiera y ser defendido por sus amigos, a los que maiceó a manos llenas durante su sexenio. Pero la realidad es que su mano derecha durante el espuriato está refundido en una cárcel estadounidense por narcotráfico y él es repudiado en todo México y buena parte del mundo. Y eso no lo podrá cambiar jamás.