Que la actividad turística es una de las más importantes para nuestro país, y que se complementa con la industria aérea, son cosas que no podemos dejar de lado. Si bien es cierto que tanto la Secretaría de Turismo, como la de Infraestructura, Comunicaciones y Transportes coinciden en que el 80% de la movilidad a nivel nacional se hace por carreteras, no menos cierto es que un alto porcentaje de los turistas que llegan a México prefieren la vía aérea, sobre todo cuando quieren optimizar sus tiempos.

Aprovecho que en estos momentos está candente el tema de la decisión del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México (AICM), de no permitir que los vehículos por aplicación puedan recoger pasaje dentro de la terminal aérea.

Y debo aclarar: por múltiples razones mi opinión es muy distinta al grueso de la gente, y es que veo a la movilidad de forma diferente, porque para mí es un error depender exclusivamente del uso del automóvil. Voy a ser bien sincera, en México existe la idea generalizada de que en todo el mundo se viaja como ellos están acostumbrados, esto es, siempre en coches o en taxis, o en este caso, en Uber’s, pero la realidad es muy distinta.

La gran mayoría de los extranjeros, para sus traslados saliendo de un aeropuerto -o para llegar a este-, buscan medios de transporte público. En nuestro imaginario se ha creado la falsa idea que de todo mundo requiere utilizar un Uber para salir o llegar al aeropuerto. Y ¡ojo!, por ningún motivo estoy defendiendo a los taxis del aeropuerto, porque aunque sus altas tarifas podrían justificarse, me parece que son un robo en despoblado.

Seamos justos, las tarifas no las fija el AICM, sino el Instituto de Administración y Avalúos de Bienes Nacionales (INDAABIN), por razones como las características de las unidades, las placas federales, los exámenes a los que se deben someter los conductores, y que no pueden “ruletear” como podrían hacerlo los taxis.

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Por eso insisto tanto en la obligación, tanto del gobierno federal y local, de proporcionar transporte público de calidad, que sea accesible, inclusivo y que además contribuya con la disminución de la emisión de los Gases de Efecto Invernadero (GEI) a la atmósfera.

Algunos de ustedes recordarán que a finales del año pasado les platiqué de la Villa navideña de Santa Claus, en Laponia (región ártica del norte de Europa), donde el turismo verde o sostenible es una realidad, pues la movilidad se realiza en transportes ecológicos que disminuyen la huella de carbono. Por eso es importante que la gente no vea al transporte público como una opción “denigrante”, ¡al contrario! Quienes viajamos en transporte como el metro, trolebús, el metrobús, cablebús y trenes suburbanos, estamos contribuyendo con el planeta.

Porque la humanidad todavía no puede mudarse a otro cuerpo celeste si le damos en la torre al planeta Tierra; por ello debemos impulsar (exigir) que las industrias sean cada vez más amigables con el medio ambiente. Y como lo he dicho varias veces, en el caso del turismo y la aviación, más allá del discurso o de un “greenwashing” sí puede ser una realidad.

El pleito de los vehículos de aplicación en el aeropuerto es añejo, y se remonta al momento mismo en que en la ciudad se permitieron las plataformas, que se aprovecharon de los altos costos de los taxistas del aeropuerto, porque te cobran dos viajes (la ida y el regreso), porque ellos no pueden “cargar” pasaje en la calle, solamente en la terminal aérea, como mencioné antes.

Actualmente, en el AICM operan 11 grupos de taxistas: TaxiRide, Yellow Cab, Sitio 300, Nueva Imagen Taxis, Confort Unlimited, CASADEY, Porto Taxi, Prho Taxi, T&M, PSTA y Aerotaxi. Estos grupos se manifestaron en contra de los vehículos de aplicación y, a su vez, los de Uber se quejaron en contra de la Guardia Nacional.

De hecho, Uber publicó en sus redes sociales que cuentan con una “suspensión definitiva” otorgada por una juez, y que además Uber opera en 700 aeropuertos alrededor del mundo. Al respecto la Comisión Federal de Competencia Económica (COFECE) ha opinado respecto a “[] la normativa para transitar del actual modelo de acceso exclusivo o restringido a uno más abierto, como el operado en los aeropuertos de Boston, Miami, Houston, San Francisco, Zúrich y París.

“Asimismo, el modelo de acceso restringido, como el adoptado en México, provoca ineficiencias porque los taxis autorizados después haber realizado el servicio, regresan a los aeropuertos sin pasajeros, lo cual implica costos adicionales de combustible y tiempo incrementando, en consecuencia, el precio para los usuarios.

“Por el contrario, un modelo de acceso abierto generaría más oferta y presionaría las tarifas a la baja en beneficio de los consumidores…

Al final caemos en una discusión sin pies ni cabeza, los taxis del aeropuerto exigen exclusividad y los vehículos por aplicación presionan para operar en el AICM, pero la solución está, siempre desde mi experiencia y punto de vista, en ofrecer transporte público accesible, ecológico.

Dejen de creer que solamente la gente pobre viaja en transporte público, porque con esa idea, te venden que viajar en taxi o en vehículo de aplicación es subir un peldaño en la escala social, ¡pero eso es falso!, el transporte público de las sociedades más avanzadas -a nivel mundial- es usado por toda su población, sin importar cuál es su estrato económico.

Y justamente es ahí donde deberíamos de poner todo nuestro esfuerzo, en hacer del transporte público nuestro pan de cada día para la movilidad, no nada más los automóviles, sobre todo en una contaminada olla de grillos como lo es la Ciudad de México, que a cada rato entra en contingencia ambiental.

Presten atención y se van a sorprender; ya sea que viajen o actualmente pueden verlo en las redes sociales, observen cómo es la movilidad de la gente. Muchos de los pasajeros que llegan a la Ciudad de México buscan cómo llegar a sus hoteles o los lugares donde se van a hospedar en transporte público, ¿la razón? Porque así están acostumbrados.

Por eso muchas terminales aéreas conectan, ya sea con trenes o con metros, y por eso es importante la conectividad terrestre de un aeropuerto, y puedas salir de él utilizando el metro, por ejemplo.

Uno de los grandes fallos que tiene el AICM es el uso de aerotrén, que es exclusivo para los pasajeros, pero no para la gente común y corriente que tiene que ir de una terminal a otra; solamente lo puedes utilizar si vas a volar, pero si vas por alguien y llegas en metro a la T1, y tu pasajero está en la T2, es imposible que te permitan usarlo.

En los hechos, ambas terminales aéreas están desconectadas, pues el metro “más cercano” a la T2 (y solo es un decir), es Hangares y de hecho ya no hay forma de caminar de ahí hasta la T2, porque la infraestructura se hizo pensando y privilegiando a los automóviles. Y es que el aerotrén es un vehículo eléctrico no contaminante.

Entonces, de cara al Mundial, y enfocados en el beneficio de la sociedad, es imperante que cambiemos la narrativa del transporte público. ¡No!, no es un sistema de movilidad para gente pobre a la que no le alcanza para pagar un taxi, es una forma de viajar que reduce la emisión de GEI a la atmósfera y que contribuye con la viabilidad del planeta tierra.

No es vergonzante viajar en transporte público, todo lo contrario. Por eso exigimos a las autoridades, que están contra reloj para mejorar la movilidad, que dejen de impulsar una política “cochista” que no nos beneficia.

Pedimos que como usuario tengas la opción de elegir el medio de transporte: taxi de sitio o vehículo de aplicación, pero que se incentive el uso del transporte público, porque si logramos que sea seguro y de calidad, se convierte en una excelente elección para el desplazamiento.

Sobre todo, porque queremos que el turismo sea sostenible y amigable con el medio ambiente. Debemos proporcionar estas opciones para la gente que ya se tomó la molestia de viajar en avión, cuidando su huella de carbono, como todos aquellos que cuando viajan utilizan “CO₂ Flight Calculator”, y buscan el vuelo que menos contamine.

Ser sede mundialista es una enorme responsabilidad. No se trata solo de pintarnos la cara con los colores de la bandera.