Mientras en México, Morena celebra 15 años de su fundación como A.C., a donde tuve la oportunidad de ir como corresponsal de esta casa editorial en su momento (a estas alturas yo también me voy a presentar como “miembro fundador de Morena, ¿cómo no?), manteniendo su posición de remanso de estabilidad de izquierda en América Latina, la locura de Trump sigue causando estragos reales e imaginarios.

Mientras los historiadores ya discuten si Trump será recordado como un Cómodo, Nerón o Calígula (personalmente, por su probada y epsteiniana depravación, propongo a Heliogábalo), el todavía presidente de Estados Unidos dedica su tiempo a rabiar porque no se le otorgó el Premio Nobel de la Paz.

Suponemos, por sus contribuciones a la paz y estabilidad mundial activando o prolongando conflictos en Ucrania, Yemen, Arabia Saudita, las petromonarquías, Palestina y, principalmente, en Irán, bajo la dirección del ente sionista israelí, una y otra vez Trump ha señalado que puede optar por la aniquilación de un pueblo y una civilización, lo cual implicaría el uso de armas de destrucción masiva, ya sean nucleares, espaciales o biológicas.

A Trump le parece poca cosa que la ganadora resultara ser la jurista sudafricana de origen, Tamil Navi Pillay, quien obtuviera este viernes el Premio Nobel de la Paz 2026 “por sus esfuerzos para promover la paz y el derecho internacional”.

Y aunque los esfuerzos de Pillay, exaltada comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos sirvieran de poco o nada para detener genocidios como el de Gaza, a todas luces su contribución a la paz mundial resulta mayor que la de la cabeza de un gobierno, de los más repudiados en el mundo junto al de Israel, el cual ahora transmitirá fusilamientos de forma pública, como anunció hace poco su secretario de guerra Pete Hegseth.