El guion, aunque desgastado, no deja de ser exasperante. Estados Unidos lleva a cabo negociaciones de “paz” con uno de sus enemigos ideológicos o estratégicos, para, después, lanzar un ataque a traición. Acaba de pasar hace menos de dos meses en Venezuela y está pasando ahora en Irán.

Pero la República Islámica no es tan débil ni tan dubitativa como el país bolivariano. Como habían señalado, una y otra vez, las fuerzas armadas de Irán responderán a todos los ataques de la alianza gringo-israelí de forma equivalente.

Así que, varias bases estadounidenses han sido objeto de retaliación por parte de los iraníes, así cómo varios objetivos en Israel y en las petromonarquías, incluyendo Dubai.

El riesgo latente es que, ante las bajísimas existencias de munición para las baterías antimisiles estadounidenses e israelíes (a estas alturas, son lo mismo), algún portavión sea hundido o alguna base destruída con un número de bajas demasiado grande para que Trump (quien advirtió en su mensaje a los estadounidenses que habría muertos), se atreva a desescalar la situación. Y en ese escenario catastrófico, podrían entrar en juego los arsenales nucleares tácticos o (si es que son creyentes), dios no lo quiera, estratégicos. Y ahí estamos hablando, ahora sí, del fin de la historia tal como la conocemos. Tercera Guerra Mundial, pero con arsenal nuclear y un ente político dispuesto a llevarse a todo el planeta con ellos en caso de una derrota, de acuerdo con su doctrina bélica.