Trump toca fondo: cobardía, autoritarismo y la amenaza contra la democracia

El ya desacreditado empresario aprendiz y sicofante de la política no solo se hunde él: arrastra al partido republicano en su caída libre. Mientras Trump grita, evade y amenaza a la democracia, Barack Obama resurge como referente moral y Michelle Obama se consolida como el contraste ético más poderoso de esta era.

Donald Trump no atraviesa una mala racha. Está en plena descomposición política, moral y simbólica, a la vista de todos. Ya no se trata de su lenguaje vulgar, de su agresividad patanesca o de su compulsión por el insulto. Lo que hoy presenciamos es algo más profundo y peligroso: la degradación abierta de la figura presidencial y el daño deliberado que inflige a su propio partido, convertido en rehén de un liderazgo personalista, errático y cada vez más autoritario.

La agresión burda, vulgar y abiertamente ordinaria contra Barack y Michelle Obama no fue humor ni provocación estratégica. Fue resentimiento en estado puro, una rabieta digital de baja estofa. Memes grotescos, burlas de cantina, lenguaje de cloaca. Nada de ingenio. Nada de inteligencia. Solo miedo. Porque cuando alguien que detenta o ambiciona el poder desciende a ese nivel, no ataca: se desnuda.

Trump no soporta a los Obama porque encarnan exactamente lo que él jamás fue ni será. Ellos representan templanza; él, berrinche. Ellos, legitimidad democrática; él, sospecha permanente. Ellos, inteligencia institucional; él, impulsividad narcisista. La comparación lo pulveriza, y por eso intenta degradarlos, como si embarrar a otros pudiera limpiar su propio lodazal.

La escena posterior fue todavía más reveladora. Ante el reclamo social, mediático e incluso político, Trump hizo lo único que sabe hacer: huir. No explicó. No rectificó. No se disculpó. Cantinfleó. Evadió. Atacó a la prensa. Cerró ruedas de prensa abruptamente. Ordenó sacar periodistas del Despacho Oval cuando el tema volvió a surgir. Un presidente que corre de las preguntas no ejerce poder: lo teme.

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Trump no pide disculpas porque confunde el acto de reconocer un error con humillación personal. Pero la paradoja es brutal: no es la disculpa lo que lo degrada; es su incapacidad patológica para asumir responsabilidad. Ese patrón —negar, atacar, huir— es estructural. Y explica por qué hoy su liderazgo se derrumba incluso entre sectores que antes lo toleraban por conveniencia.

Los números lo confirman: su popularidad cae de manera crasa. El rechazo crece entre independientes, moderados, jóvenes y votantes suburbanos. Ya no es solo un desacuerdo ideológico: es repudio moral. Trump no solo pierde apoyos; pierde legitimidad. Y cuando un líder pierde legitimidad, el reloj empieza a correr en su contra.

El arrepentimiento republicano y el mito que se les volvió pesadilla

Incluso dentro del mundo republicano —del republicano serio, institucional, el que añora la época en que ese partido aún se reconocía a sí mismo— comienza a emerger algo más corrosivo que la crítica: el arrepentimiento. Hay quienes evocan sin pudor los años de los Bush y los Reagan, con Lyndon Johnson en la memoria histórica y con todos los defectos y excesos del conservadurismo clásico, pero con una idea mínima de Estado, de responsabilidad y de decoro.

Para muchos de ellos, Trump nunca fue realmente un republicano. Fue un artefacto electoral. Un invento. Un atajo. Se dejaron engañar porque prometía ganar. Porque en su primera presidencia no se mostró tan desbordado. Porque se creyó —ingenuamente— que una segunda etapa lo haría más prudente, más maduro, más consciente del peso del cargo. Ocurrió exactamente lo contrario.

Trump no maduró: se descompensó. Se radicalizó. Se volvió errático. Hoy no gobierna ni compite: reacciona. Y eso ha provocado algo impensable hace pocos años: republicanos que votaron por él y hoy confiesan que se arrepienten, que se sienten engañados, que no reconocen en él ni al partido ni a sí mismos.

Algunos incluso se atreven a decir —con ironía y melancolía— que ojalá existiera la posibilidad de volver a elegir a Barack Obama. No como consigna partidista, sino como expresión de hartazgo. Y el fenómeno es visible: las redes sociales se inundan de recuerdos de Obama, de comparativas inevitables, de frases lapidarias. Una de las más repetidas es brutal en su sencillez: “Adivinen quién no aparece en los archivos de Epstein”. La respuesta no necesita adjetivos.

Obama eleva el debate; Trump lo degrada

Barack Obama, mientras tanto, no entra al lodo. No responde con memes ni con burlas. Hace exactamente lo contrario: eleva el debate y redefine el estándar. El 14 de febrero de 2024, en Harlem, Nueva York, durante un acto de campaña en apoyo a la gobernadora Kathy Hochul, Obama ofreció una respuesta elegante, precisa y devastadora —sin mencionar a Trump— sobre lo que significa gobernar y ejercer liderazgo en tiempos de polarización.

Obama recordó que la democracia no pertenece a nadie, que no es un trofeo ni una marca personal, sino una construcción diaria, hecha de trabajo, responsabilidad y respeto. Señaló que gobernar no consiste en humillar ni en degradar, sino en trabajar duro, esforzarse al máximo, pensar en quienes menos tienen, en el crecimiento del país, en el bienestar colectivo y en el futuro común, más allá de los partidos.

Advirtió también —con claridad quirúrgica— que el ruido, la intimidación, la violencia verbal y el desprecio por los hechos son corrosivos para la democracia, y que permitirlos equivale a renunciar a ella. Fue una definición de liderazgo sin aspavientos, sin gritos, sin odio. Una lección implícita que dejó a Trump expuesto. Ese contraste es devastador.

Y junto a Barack, con una fuerza propia cada vez más indiscutible, Michelle Obama. No como figura decorativa ni como apéndice de nadie, sino como liderazgo ético autónomo, con legitimidad cultural transversal y autoridad moral intacta. Michelle Obama no necesita atacar ni burlarse. Le basta existir para exhibir el contraste. Donde Trump degrada, ella dignifica. Donde él divide, ella convoca.

El miedo como coartada y la amenaza autoritaria

Hay, además, un elemento inquietante que no debe pasar inadvertido. Cada vez que Trump es confrontado por sus insultos, mentiras o escándalos, responde con la misma coartada: dice que no puede perder tiempo en “tonterías” porque “se avecinan guerras”, porque “vienen tiempos graves”, porque “hay amenazas mayores”. Ese recurso —usar el miedo externo para evadir la rendición de cuentas interna— no es casual. Es manual clásico del autoritarismo.

Cuando un líder invoca catástrofes futuras para no responder por sus actos presentes, no está gobernando: está preparando el terreno para la impunidad. Y el punto más alarmante llega cuando Trump sugiere, sin rubor, que solo reconocerá la democracia si él gana, que las elecciones intermedias serán legítimas únicamente si el resultado le favorece. Eso no es provocación: es una amenaza directa al sistema democrático.

Trump no empieza a caer. Va en picada. Y lo sabe.

Por eso grita más. Por eso insulta más. Por eso huye. Por eso amenaza. Por eso degrada símbolos que lo superan.

Estados Unidos no presencia solo la decadencia de un personaje, sino una advertencia histórica: lo que ocurre cuando el poder se ejerce sin límites morales ni respeto institucional.

Trump arrastra a los republicanos. Barack Obama resurge como referencia moral. Michelle Obama se consolida como horizonte ético. Y la democracia vuelve a pagar el costo de quienes dicen encarnarla mientras la socavan.

@salvadorcosio1

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