En estos días de santos descansos, vale la pena recordar que abril fue por bastante tiempo una época en que se festejaba el año nuevo. Las civilizaciones como los babilonios, el año comenzaba con el festival de Akitu y se celebraba en marzo-abril porque el despertar de la tierra después de la siesta invernal era justo la primera luna tras el equinoccio de la primavera, con el calor y el florecimiento de los frutos, la época del inicio próspero y el sentido religioso y político sobre la renovación del orden cósmico y legitimación del rey. Los calendarios romanos y gregorianos continuaron estas tradiciones.

Los primeros romanos comenzaban el año en marzo (Martius), no en enero y marzo estaba dedicado a Marte, dios importante para una sociedad guerrera. Tenían razones principalmente políticas y económicas también ligadas con la naturaleza pues era el inicio de campañas militares y agrícolas. El cambio de año nuevo a enero ocurrió en el 153 a.C. cuando el inicio del año se movió a enero por razones administrativas y decreto imperial. Más tarde, con Julio César y el calendario juliano (46 a.C.), se consolidó el 1 de enero. Enero estaba asociado a Jano, el de las dos caras (pasado y futuro).

El año nuevo en primavera fue respuesta racional al entorno natural y parte de las culturas paganas que fueron arrancadas años después mediante la fuerza, tanto con la disposición imperial romana como con la vinculación del pensamiento romano al catolicismo y después, la consolidación del cristianismo.

A las comunidades paganas las erradicaron de la peor manera, con violencia y con la amenaza por resistirse a volverse cristianos. Pero algunas de sus tradiciones sobrevivieron, algunas incorporadas por las iglesias católicas como propias y otras como parte de la tradición y cultura popular.

En Enschede, donde el viento parece traducir todos los idiomas al mismo murmullo, aprendí que algunas amistades se construyen y otras suceden. Éramos un grupo improbable reunido por el azar académico del Erasmus Programme con pasaportes distintos, biografías en pausa, la sensación compartida de estar viviendo una vida prestada. En esa provisionalidad, algo echó raíces.

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Kyle, de Letonia, con una rama de sauce en la mano y una historia que no cabe en los mapas políticos nos dio una bendición pagana, una limpia para la salud. Dijo que en su tierra, durante la pascua, las personas se tocan suavemente con brotes tiernos de una rama que son como frijolitos peludos… pūpoli, los llaman, para desearse salud, fuerza, una vida larga que comience la pascua.

Y entonces ocurrió: nos alineamos, como si siguiéramos un guion antiguo, uno pagano, femenino, propio que ninguna había ensayado, y dejamos que la rama nos rozara la piel. No hubo solemnidad impostada, pero sí una especie de gravedad dulce, como si en ese gesto mínimo se concentrara algo más antiguo que nuestras propias lenguas.

Kyle recitó en letón, con una musicalidad que parecía venir de un tiempo sin relojes:

“Apaļš kā pūpols, vesels kā rutks,sarkans kā biete, dzīvo ilgi un stipri”. O algo así.

No entendimos cada palabra, pero entendimos el sentido de que el cuerpo esté entero, que la sangre circule, que la vida no se rompa. Decía “Pupú, pupú” y las ramitas, que mágicamente estuvieron disponibles en el mercado de sábados de Enschede, Netherlands a unos 1539 kilómetros de distancia de Riga, capital de Letonia, se volvieron parte inolvidable del recuerdo y de saber que hay más antes del cristianismo en estos días santos. Que justo son santos porque inicia la vida primaveral, porque las flores florecen, los amores aman, los árboles dan frutos, la semilla se hace alimento.

Hay tradiciones que no pertenecen a ninguna religión, aunque las religiones las reclamen. Esta es una de ellas. Antes de las iglesias, antes de los calendarios fijados por decretos imperiales, la primavera era el verdadero comienzo del año. No enero, con su frío administrativo, sino este estallido verde donde la tierra vuelve a decir “sí”.

En los pueblos bálticos, el sauce no es un árbol cualquiera. Es de los primeros en despertar. Sus brotes suaves, casi animales, anuncian que la vida regresa incluso cuando parecía haberse retirado del todo. Tocarse con ellos era y es un acto de transferencia con pasar la energía de la tierra al cuerpo, del cuerpo al otro.

Las mujeres, en esos rituales antiguos, eran centro. No como alegoría de fertilidad, sino como encarnación de una fuerza que crea, sostiene y transforma. La primavera no era un concepto sino que era una experiencia compartida, corporal, femenina en su potencia de regeneración. Este es nuestro año nuevo auténtico, el momento en que la luz permite cargarnos de energía y salir del letargo invernal. Aquí empieza realmente la rueda de la vida de este año.

Podemos revelarnos un poco a eso que luego vino de Roma. Y con Roma, la necesidad de domesticar el tiempo. Cambiar el inicio del año, reorganizar los ciclos, traducir lo sagrado en calendario. El cristianismo, atravesado por esa lógica romana y patriarcal, no destruyó del todo estos gestos pero si los arrebató de las mujeres, los absorbió, los rebautizó, los colocó bajo otra narrativa e hizo que los únicos potentados para bendecir fueran un puñado de curas. Las ramas de sauce pasaron a bendecirse en domingo de ramos. El rito sobrevivió, pero con otro nombre. Hoy cenamos juntas como la unión de lo que significa familia cuando estamos fuera de casa y hace una semana, las ramas de frijolitos peludos recorrieron nuestros cuerpos en la manera más sutil y amena posible.

Cuando Kyle nos tocó con esa rama en Enschede, no estábamos en una iglesia ni repitiendo una doctrina. Éramos estudiantes lejos de casa, haciendo familia con lo que teníamos a mano: idiomas fragmentados, risas compartidas, una nostalgia que no pedía permiso. Y en medio de eso, una tradición ancestral se activó sin esfuerzo, como si siempre hubiera estado esperando ese momento. Como si la primavera, esa vieja rebelde, se negara, una vez más, a empezar cuando le dicen.