REFUTACIONES POLÍTICAS
En su ya célebre obra Bullshit Jobs, el antropólogo David Graeber lanzó una provocación que incomoda porque es difícil de refutar: una parte considerable de los empleos contemporáneos no solo carece de sentido, sino que podría desaparecer sin que el mundo sufriera alteración alguna. Son los llamados “trabajos de mierda”, ocupaciones que existen más por inercia institucional, jerarquías simbólicas o simulación burocrática que por necesidad social.
Pero esa no es la única anomalía del mercado laboral moderno. Existe una contradicción aún más profunda, casi obscena: mientras proliferan los empleos inútiles bien remunerados, persisten —y se sostienen con dificultad— aquellos trabajos que hacen posible la vida cotidiana, pero que son sistemáticamente despreciados, precarizados o invisibilizados.
Son los otros trabajos. Los que nadie quiere hacer, pero que todos necesitamos.
La economía contemporánea ha perfeccionado una especie de inversión moral. Aquello que es indispensable —limpiar, cuidar, alimentar, transportar, sanar— suele ser mal pagado y socialmente devaluado. Aquello que es prescindible —llenar formatos sin propósito, supervisar lo que no requiere supervisión, sostener estructuras administrativas redundantes— tiende a estar mejor remunerado y gozar de mayor prestigio.
Esta inversión no es casual. Responde a una lógica que ha separado el valor económico del valor social. En ese esquema, no se remunera lo que sostiene la vida, sino lo que se inserta eficazmente en circuitos de poder, rentabilidad o control.
Así, mientras un trabajador de limpieza mantiene en pie hospitales, oficinas y espacios públicos, su labor es vista como menor, sustituible, casi invisible. Mientras tanto, un operador intermedio en una cadena burocrática puede devengar ingresos superiores por tareas cuya utilidad es, en el mejor de los casos, dudosa.
Durante la crisis de Covid-19, esta contradicción quedó expuesta con brutal claridad. Fueron precisamente los trabajadores peor pagados —personal de salud, repartidores, cajeros, recolectores de basura— quienes sostuvieron el funcionamiento básico de la sociedad. Se les llamó “esenciales”, pero el reconocimiento fue, en muchos casos, más simbólico que material.
Pasada la emergencia, el sistema volvió rápidamente a su normalidad: la invisibilidad.
El problema no es únicamente económico, sino profundamente cultural y político. Hemos construido una noción de prestigio asociada a la distancia respecto de lo material y lo necesario. Mientras más abstracta, indirecta o burocrática es una labor, mayor reconocimiento suele recibir. Mientras más concreta, física o vinculada al cuidado de otros, menor es su valoración.
Esta lógica tiene consecuencias graves. No solo perpetúa desigualdades, sino que erosiona la cohesión social al enviar un mensaje implícito: lo que realmente importa para la vida colectiva no merece ser reconocido.
Corregir esta distorsión implica más que ajustes salariales, aunque estos son indispensables. Supone una revaloración ética del trabajo, volver a colocar en el centro aquello que permite la reproducción cotidiana de la vida. Reconocer que no toda ocupación que genera ingresos genera valor social y que muchas de las labores más valiosas no han sido tratadas como tales.
Tal vez el verdadero dilema de nuestras sociedades no sea la falta de empleo, sino la incapacidad para distinguir entre lo que es necesario y lo que es superfluo. Entre lo que sostiene al mundo y lo que simplemente lo ocupa.
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