El prolongado movimiento de Independencia desembocó en la Constitución de 1824 que en definitiva dejó atrás el modelo monárquico parlamentario establecido en la Constitución de Cádiz de 1812.
La República, el federalismo extremo y varios errores graves de diseño de 1824 más la pugna interna y el apetito estadounidense motivaron el giro al centralismo liberal-conservador de 1835-36, matizado en 1843 y revertido en 1847 por el Acta de Reformas ante la inminente pérdida de territorio nacional.
La traición a la primera transformación vendría del lado de las corporaciones eclesiásticas y militares y de las élites de la Ciudad de México que entregaron al último Santa Anna en 1852 los medios para instaurar la dictadura con apoyo en las precarias Bases de su gobierno póstumo.
La segunda transformación, la Reforma radical proclamada en el Plan de Ayutla de 1854 y filtrada en la Constitución de 1857 nos ahogó durante la siguiente década en la fratricida Guerra de Tres Años (1858-1861), la Intervención francesa (1862-1867) y el efímero trono de Maximiliano erigido sobre las Bases Provisionales del Imperio, de 1865.
La Restauración de la República en 1867 se deslizó a lo largo de casi diez cuatrienios hasta que el otrora héroe militar, Porfirio Díaz y sus élites burguesas afrancesadas desviaron la Reforma mediante alianzas neoconservadoras que forzaron el inicio de la tercera transformación en 1910.
A su vez, esa torcedura encendió la chispa revolucionaria del magonista Manifiesto del Partido Liberal, el maderista Plan de San Luis o el zapatista Plan de Ayala, proyectados al cambio jurídico-político y económico-social sintetizado en la Constitución de 1917.
La tercera transformación se extendió durante casi todo el resto del siglo XX para cumplir con las promesas sociales y populares revolucionarias, cuyo marco constitucional sufrió múltiples ataques: la Cristiada en los años veinte y el giro ávilacamachista y alemanista de los cuarenta y cincuenta, hasta su postrer desvío a partir de los años ochenta, acelerado por las condiciones de la globalización neoliberal meta burguesa entre 1994 y 2014.
Desde esta narrativa, la cuarta transformación plantea la regeneración de la nación desde abajo y el cambio de régimen político, económico y social reponiendo y actualizando con vinos nuevos los odres viejos del referente jurídico fundamental centenario y multireformado de 1917.
Hoy los ataques al movimiento transformador vienen, como ocurrió con sus ancestros, desde adentro y afuera, por supuesto que en condiciones distintas y quizás más desafiantes.
La complejidad del cuatrienio 2026-2030 es y será tan amplia como profunda e intensa. A las nuevas exigencias de su angustiado vecino imperial se suman la descarnada competencia política entre aliados que controlan el aparato estatal y frente a opositores en un contexto social permeado por el crimen y otras plagas.
Si según ocurrió en 1835, 1900 o 1994 y 2014 el progresismo pacta con los más o menos conservadores, la desviación podría darse más temprano que tarde y un nuevo ciclo histórico dialéctico habría de comenzar.
De cualquier forma, las transformaciones tarde o temprano encuentran sus límites, se estabilizan y se acomodan en las nuevas circunstancias que ellas mismas suelen provocar.



