No, de ninguna manera el caso del indebido encarcelamiento del señor Israel Vallarta y el periodista soldadillo del poder caído, se trata de un asunto de libertad de expresión o de que el público siga reconociendo al señor Vallarta, por insistencia de ese personajillo que lo sigue considerando culpable de un delito que no cometió y que además ha sido ya exonerado y puesto en libertad por falta de pruebas. Lo importante, era corregir la injusticia cometida.

Tiene razón el señor Vallarta si decide demandar a uno de los periodistas más mentirosos de México, luego de que el de Radio Fórmula lo recibió para entrevista en su programa.

Este asunto se trata en efecto de una injusticia inaudita que se cometió hace años contra dos personas inocentes, por medio de un montaje oficial fabricado por un delincuente y sus secuaces protegidos por el presidente de la República en funciones con el objeto de utilizar el aparatoso espectáculo de su detención y la de su novia francesa mostrado en pantalla, para propaganda, para justificar el supuesto “trabajo eficaz” durante un sexenio depravado y desastroso en todos sentidos y con ello crear la ilusión de que “el superpolicía hacía su chamba con acierto y con devoción utilizando lo último en tecnología súper avanzada para liberar a víctimas de secuestro”.

Israel Vallarta y Florence Cassez fueron desafortunadas víctimas de dicha depravación en el sexenio de Felipe Calderón por medio de su mano ejecutora Genaro García Luna. Esta es la noticia que deberían de dar porque es la verdad. Explicar a la gente que los escucha que los jueces, las víctimas y los testigos se compraban, se sobornaban a modo del poder, porque el poder estaba por encima de la ley.

Y sí, México atestiguó como tanto Loret de Mola como Gómez Leyva andaban impresionados y emocionados en aquel momento con los malabares policiales de García Luna, hoy encarcelado en Nueva York por habérsele comprobado ser cómplice del cártel de Sinaloa. Ambos periodistas de quinta se dedicaron a ensalzar la guerra vs. el narco de Calderón. Fascinados estuvieron avalando y admirando, narrando como ciertas dichas trapacerías perpetradas por aquella calaña de pillos de cuello blanco que se desvivían para agradar a sus jefes que se sentían los dueños del país.

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Vallarta y Cassez siempre fueron inocentes. Nunca secuestraron a nadie. Cruelmente inducidos y forzados con torturas a caer en la farsa, en la trampa de la puesta en escena del policía hampón quien influyó en el destino de nuestra nación en aquel sexenio de horror.

(Ay soldadillo del caído poder, si no consigues pruebas de la culpabilidad que le atribuyes a un hombre hoy exonerado legalmente por la justicia tienes dos opciones o pides disculpa pública y esperas te la otorguen, o habrás de pagar el precio de una demanda que procederá en tu contra y que habrás de solventar a causa de tu larga lengua viperina, de tu altanera farsante voz que desconoce la realidad de los hechos tanto como la verdadera humanidad o la justicia. ¿Aprenderás a informar algún día con la verdad, a dejar de ser el oscuro personaje en quien te convertiste laborando para medios igual de perversos y mediocres que te permiten jugar de esta manera?).

La mayoría de los mexicanos y mexicanas ya sabemos que este caso fue una manipulación de las autoridades, una farsa malamente montada y que la detención del señor Vallarta y su novia fue una terrible suceso falseado que destrozó la vida a ambos jóvenes durante ese hoy lejano México cuando gobernaban torturadores e inconcebibles bribones.