Jorge Fernández Menéndez es un periodista que tiene información de agencias de seguridad, sectores de las fuerzas armadas, fiscalías, etcétera. Su especialidad es el narco, y qué bueno que así sea.
A Fernández Menéndez sí le creo cuando da a entender o abiertamente asegura que cuenta con información de sus amistades en las agencias de inteligencia de EEUU. Este columnista de Excélsior no blofea, lo que le distingue de otros más imaginativos, como Ramón Alberto Garza y Raymundo Riva Palacio.
Jorge Fernández es muy cercano a Felipe Calderón; debe ser el periodista con el que mejores relaciones profesionales y personales tiene el esposo de Margarita Zavala.
Fernández Menéndez colabora en Excélsior, un diario serio. Algo hace en Grupo Heraldo, empresa mediática sensata. Pero la verdadera casa del señor Fernández Menéndez es el canal de televisión ADN 40, que pertenece al consorcio televisivo propiedad de Ricardo Salinas Pliego, esto es, TV Azteca.
De esa televisora solo cabe decir que es más o menos objetiva en sus transmisiones deportivas, pero cae en el peor amarillismo en todo lo demás, como en sus programas de espectáculos y, especialmente, en sus noticieros. TV Azteca se volvió abierta oposición a la 4T cuando la presidenta Claudia Sheinbaum decidió que no había manera de perdonarle al dueño, el tío Richie, una cantidad multimillonaria en pesos de impuestos que él debía y que ya está pagando o inclusive ya liquidó.
Un último dato de Jorge, a quien en lo personal aprecio: lo conozco desde principios de los años noventa; fue un buen colaborador de Milenio cuando yo dirigía el periódico propiedad de Pancho González.
Lo que más le reprocho a Fernández Menéndez es que se haya prestado a estar en reuniones de la ultraderecha de Estados Unidos para presionar a México. No es correcto.
Hoy, en Excélsior, Fernández Menéndez publicó la columna “La reunión en palacio fracasó”. No sé quién tenga razón: él escribe Palacio con p mayúscula, mientras que a mí me da por minusculizar.
La reunión en palacio a la que se refiere Fernández Menéndez es la que hace pocos días celebraron en Palacio Nacional —aquí sí mayusculeo; ni modo, me contradigo— el secretario de Homeland Security, Markwayne Mullin, y la presidenta de México, Claudia Sheinbaum. Según Jorge, “el encuentro no terminó bien”.
Y no terminó bien, dice Fernández —aportando muchos detalles que estoy seguro le entregaron los gringos—, porque el responsable de la seguridad nacional de los EEUU insistió en que México les entregue de inmediato a Rubén Rocha, a Enrique Inzunza y a los otros acusados sinaloenses en EEUU, pero la presidenta de México muy firmemente se negó.
Que conste: Claudia Sheinbaum no defendió la inocencia de Rocha, Inzunza y de los otros. La presidenta de México, simple y sencillamente, y con toda firmeza —sigo la narración de Fernández Menéndez— le dijo al secretario de Homeland Security que si hay pruebas de los delitos, y las volvió a pedir, se les juzgará en México con todo el rigor de las leyes mexicanas.
A Markwayne Mullin le debe haber quedado perfectamente en claro, y ya lo debe haber transmitido a Donald Trump, que Claudia Sheinbaum no acepta el injerencismo extranjero; que si hay problemas de seguridad en México, ¡y sí los hay!, tendrán que resolverse internamente, no en Washington o Nueva York, sino en nuestro territorio, ojalá con la cooperación amistosa y para nada intervencionista del gobierno de Estados Unidos.
No creo que Sheinbaum le haya recordado a Mullin que estamos como estamos porque hace veinte años un gobierno tan conservador como el actual de EEUU, el encabezado en México por Felipe Calderón, se robó descaradamente unas elecciones presidenciales y para legitimarse emprendió una absurda guerra contra el narco que seguimos padeciendo.
El responsable de la seguridad nacional en EEUU algo debe saber de lo anterior puesto que en su país, arrestado allá —no entregado por México en un proceso de extradición—, está en la cárcel acusado de complicidad con el narco el responsable de la fallida guerra de Felipe Calderón, Genaro García Luna. No estoy hablando de un gobernador, sino del jefe de las operaciones antinarco del calderonismo.
No sé si el señor Mullin, empresario, haya tenido formación militar, pero nadie llega a un cargo tan importante como el suyo sin conocimientos suficientes acerca de la lógica de los conflictos armados. Así que conocerá muy bien un principio básico: se sabe cuándo empieza una guerra, pero nunca se puede pronosticar cuándo va a terminar. La guerra de Calderón contra el narco empezó en diciembre de 2006 y casi 20 años después, con la 4T, en el gobierno de Sheinbaum, al fin se está trabajando con absoluta responsabilidad para que concluya.
Jorge Fernández narra que en el momento más duro de la conversación entre Markwayne Mullin y Claudia Sheinbaum —cuando la presidenta insistía en que a los mexicanos acusados en EEUU por delitos cometidos en México se les va a juzgar en México, mientras el estadounidense endurecía su posición de que se les entregaran—, “trató de mediar el secretario de Seguridad y Protección Ciudadana, Omar García Harfuch, el principal interlocutor con Mullin y otras autoridades civiles estadounidenses, y fue frenado por la propia presidenta, que le pidió que no interviniera, y la mandataria concluyó en forma abrupta el encuentro”.
No es descortesía, sino patriotismo y defensa de la dignidad nacional, que la gobernante de México haya terminado “en forma abrupta el encuentro” con un importante funcionario estadounidense que se excedió al presionar a México.
El señor Mullin, si lo comentado por Fernández Menéndez es cierto, ya debe haber entendido que a una presidenta valiente y muy decidida a hacer respetar la soberanía de México, no hay manera ni siquiera de intentar presionarla. Si la reunión “fracasó”, el fracaso fue de Markwayne Mullin, pero ha sido, otra vez en la historia de México, un triunfo de la dignidad de nuestro país ante extranjeros que pretenden someternos.
No es la primera vez que la patria mexicana enfrenta fuertes amenazas externas. Y no es la primera vez que tenemos la suerte de contar con gobernantes nacionalistas e indomables: en el siglo XIX, destacadamente Benito Juárez, y en este 2026, Claudia Sheinbaum, a quien así le tocó —sin haber buscado ninguna clase de heroicidad—.
Por esa razón, Claudia convocó para el próximo domingo a 32 eventos masivos para defender la soberanía de México, uno en cada estado. En la capital, no en el Zócalo, que está ya ocupado por el Mundial de futbol, sino en el Monumento a la Revolución, la presidenta Sheinbaum pronunciará un discurso que será escuchado en plazas públicas del resto del país conectadas con grandes pantallas de televisión para, otra vez como en los tiempos de Juárez, defender a la patria como se pueda, con lo que se pueda y hasta donde se pueda.
Posdata: En la mañanera, hace rato Claudia Sheinbaum desmintió a Fernández Menéndez. Dijo que no se tocó el tema Sinaloa en la reunión mencionada. Le creo, desde luego, pero no considero que Jorge haya inventado nada: así se lo dijeron los gringos y así lo publicó. Es decir, son los estadounidenses los que salieron frustrados de una reunión en la que quién sabe qué esperaban lograr.


