No soy economista. Estudié derecho, relaciones internacionales y políticas públicas. Sin embargo, cuando cursé la maestría en Harvard, tuve que aprender a marchas forzadas microeconomía, macroeconomía, estadística, econometría y análisis de decisiones. Ese entrenamiento fue decisivo. Desde entonces, a lo largo de mi trayectoria profesional, he interactuado constantemente con economistas. He discutido con ellos políticas públicas, en tiempos de crisis y en los momentos de legislar e implementar reformas. Y, sobre todo, he aprendido a apreciarlos.
Lo cierto es que los economistas desempeñan un papel central en la formulación de políticas públicas. Actúan como asesores, analistas, investigadores y defensores de enfoques basados en evidencia, cuya experiencia contribuye a la construcción de políticas más eficaces. Su valor no radica sólo en manejar números o modelos abstractos, sino en su capacidad única para aplicar teorías rigurosas, datos empíricos y herramientas analíticas a los problemas sociales y económicos más complejos que enfrentan los gobiernos.
La mirada económica como brújula de gobierno
Los economistas aportan un conocimiento profundo del funcionamiento de los mercados, de los incentivos y de las compensaciones inherentes a cualquier decisión pública. Ayudan a los gobiernos a anticipar y evaluar las consecuencias de las diferentes alternativas, ya se trate de reformas fiscales, políticas monetarias, regulaciones financieras o programas de bienestar social. En su mejor versión, logran traducir principios abstractos en diagnósticos prácticos que permiten que las decisiones se fundamenten en razonamiento sólido, y no sólo en cálculos políticos de corto plazo.
En el terreno de la política macroeconómica su papel es aún más claro. Los economistas guían decisiones sobre tasas de interés, gasto fiscal, control de la inflación y estrategias de empleo. Durante una recesión, son ellos quienes suelen recomendar medidas de estímulo para reactivar la demanda; en momentos de recalentamiento económico, aconsejan endurecer la política monetaria para contener la inflación. Sus análisis contribuyen a mantener la estabilidad y a fomentar un crecimiento sostenible.
Pero su función no se limita a las grandes variables. A un nivel más granular, los economistas estudian industrias específicas, analizan la competencia y evalúan el impacto de las intervenciones gubernamentales. Sus diagnósticos sobre subsidios, aranceles o políticas comerciales permiten diseñar programas que mejoran la productividad, fomentan la innovación y optimizan sectores estratégicos como la agricultura, la manufactura o la tecnología.
Más allá de la economía: bienestar social y diseño de políticas
Una de las aportaciones más valiosas de los economistas en la esfera gubernamental es la aplicación de sus herramientas a temas tradicionalmente alejados de la macroeconomía: salud, educación, pobreza, mercados laborales. Instrumentos como el análisis costo-beneficio, la evaluación de impacto o la previsión permiten asignar recursos limitados con criterios de eficiencia, maximizando el bienestar social.
La investigación económica fortalece la calidad de las políticas públicas al comprobar hipótesis, desarrollar modelos y evaluar resultados. Cada vez más gobiernos recurren a evaluaciones basadas en datos para mejorar programas existentes y adaptarse a nuevos desafíos. Esa capacidad iterativa de aprender y corregir evita errores costosos y redirige esfuerzos hacia donde pueden tener mayor impacto.
En un mundo marcado por disrupciones tecnológicas, tensiones geopolíticas y pandemias, los economistas son también arquitectos de resiliencia. Mediante la planificación de escenarios y la integración de nuevas metodologías —como el análisis predictivo o la inteligencia artificial— ayudan a preparar mejor a las sociedades ante riesgos futuros.
Economistas y confianza pública
Un asesoramiento económico sólido, basado en la transparencia y el análisis riguroso, refuerza la confianza pública y la rendición de cuentas. La legitimidad de los gobiernos se fortalece cuando los economistas defienden la integridad de los datos, cuando comunican con claridad y cuando evitan que las decisiones se contaminen por intereses políticos de corto plazo.
En tiempos en que la información abunda pero la desinformación se expande con igual rapidez, su insistencia en los datos verificables y en la lógica analítica es un contrapeso indispensable.
La advertencia de Karen Dynan
El Fondo Monetario Internacional publicó recientemente un artículo de Karen Dynan —profesora de Harvard y execonomista jefa del Departamento del Tesoro de Estados Unidos— titulado “Recuperar la participación de los economistas en la formulación de las políticas”. Su reflexión parte de un diagnóstico preocupante: en años recientes, los economistas han perdido influencia en el debate público y en los procesos de decisión.
El auge del populismo y la polarización política ha llevado a muchos líderes a privilegiar la ideología o la conveniencia sobre el análisis técnico. Además, la credibilidad de los economistas sufrió tras episodios como la crisis financiera de 2008 o la inflación post-pandemia, donde subestimaron riesgos o interpretaron mal señales de la economía.
Aun así, Dynan enfatiza que su valor es irremplazable. La experiencia y el rigor metodológico de los economistas siguen siendo fundamentales para diseñar políticas que reduzcan la pobreza, mejoren la educación y fortalezcan los mercados laborales. Para recuperar su influencia, deben reconocer errores con transparencia, reforzar su compromiso con la sociedad y comunicar mejor.
Cuando los economistas cambiaron el rumbo de las naciones
La historia ofrece ejemplos brillantes de lo que ocurre cuando los gobiernos escuchan a los economistas y aplican sus recomendaciones con determinación.
Estados Unidos y el New Deal. En plena Gran Depresión, las ideas de John Maynard Keynes inspiraron al presidente Franklin D. Roosevelt a adoptar programas de obras públicas, reformas financieras y redes de seguridad social que reactivaron la economía y redefinieron el papel del Estado. Fue un ejemplo de cómo la teoría económica, bien aplicada, puede convertirse en política transformadora.
Alemania de posguerra. Ludwig Erhard, economista y ministro de Economía, implementó reformas radicales en 1948: abolió controles de precios, reformó la moneda y diseñó una economía social de mercado. El resultado fue el Wirtschaftswunder, un milagro económico que reconstruyó al país y lo convirtió en modelo de prosperidad y estabilidad.
Corea del Sur. A partir de los años sesenta, sus economistas del Consejo de Planificación diseñaron una estrategia de industrialización orientada a la exportación y basada en inversión en educación. En apenas una generación, el país pasó de la pobreza extrema a ser líder global en tecnología.
Irlanda. En los años ochenta era considerado el “enfermo de Europa”. Con disciplina fiscal, recortes de gasto, reducción de impuestos y apertura al comercio, se transformó en el “Tigre Celta”, un ejemplo de cómo políticas asesoradas por economistas pueden revertir décadas de estancamiento.
India. En 1991, ante una crisis de balanza de pagos, el ministro de Finanzas Manmohan Singh impulsó reformas radicales de liberalización y apertura. Estas medidas sentaron las bases para el auge económico indio de las siguientes décadas.
China. Desde 1978, las reformas pragmáticas inspiradas por economistas chinos permitieron experimentar con zonas económicas especiales, liberalización agrícola y apertura gradual al comercio. El resultado: el crecimiento más rápido y sostenido en la historia moderna, que sacó a cientos de millones de personas de la pobreza.
Escuchar más, comunicar mejor
Si algo muestran estos casos es que la economía no es una torre de marfil. Para ser útiles, los economistas deben escuchar a la ciudadanía, entender los problemas cotidianos y traducir la complejidad técnica en propuestas claras. Explicar en lenguaje accesible no es una concesión: es condición indispensable para que sus ideas influyan en el debate público.
Conclusión: Economistas como arquitectos de la prosperidad
Los gobiernos que saben aprovechar el talento de los economistas —en bancos centrales, ministerios de finanzas, institutos de investigación u organismos internacionales— tienen mayores probabilidades de formular políticas sensatas, sostenibles y justas.
En una era marcada por cero crecimiento e incertidumbre, los economistas ofrecen un contrapeso frente a la tentación de soluciones fáciles. Su disciplina obliga a medir costos y beneficios, a prever consecuencias de largo plazo y a construir resiliencia.
Las lecciones de la historia son claras: cuando los líderes políticos abren espacio a la voz de los economistas, las naciones tienen más posibilidades de recuperar el crecimiento y alcanzar la prosperidad. No es un lujo contar con ellos en la mesa de decisiones: es una necesidad vital para cualquier país que aspire a un futuro mejor.
Sin embargo, hay algo que debemos tener siempre claro: Los economistas se especializan en las condiciones que propician una economía eficiente y próspera, pero ese no es el único objetivo de la política gubernamental. Una economía fuerte no es lo mismo que una comunidad política fuerte y segura. Esta última es el objetivo del estadista, quien debe tener una visión y una responsabilidad más integral de la situación que el experto especializado en economía.
Javier Treviño en X: @javier_trevino