Hace un par de años me propuse leer a más mujeres escritoras. Llegué a ellas buscando ser más coherente respecto al feminismo y la sororidad. Sin darme cuenta, me estaban enseñando a mirar el mundo de otra manera, con más justicia, más conciencia y más rebeldía. De esas lecturas nació esta lista de propósitos feministas. No como mandamientos, sino como una brújula para la vida cotidiana.
El primero, y quizá más urgente, es empoderar a otras mujeres. No desde un lugar de superioridad ni de competencia, sino desde el reconocimiento de que cuando una avanza, abre camino para las demás. El feminismo no es una escalera individual, es una red que se sostiene mejor cuando todas estamos entrelazadas.
Por eso, otro propósito fundamental es poner en práctica la sororidad. La sororidad no es solo una palabra bonita, es elegir no juzgar, no reproducir chismes, no señalar con dureza a otras mujeres por decisiones que no entendemos o no compartimos. Es acompañar, escuchar y, cuando sea necesario, defendernos unas a otras, incluso sin ser amigas, para quienes nos dedicamos a la política darnos la mano sin pertenecer al mismo partido.
Relacionado con esto, me propongo no hablar mal de otras mujeres. Parece sencillo, pero vivimos en una cultura que nos educó para compararnos y competir. Romper con ese hábito es un acto político. Cada vez que dejamos de desacreditar a otra mujer, debilitamos un sistema que se alimenta de nuestra división.
Otro propósito imprescindible es conocer y dar a conocer nuestros derechos. Nadie puede ejercer lo que no sabe que tiene. Derechos sexuales, reproductivos, laborales, educativos: informarnos y compartir esa información es una forma poderosa de resistencia. El feminismo también se construye con datos, leyes y memoria histórica.
De ahí se desprende la necesidad de defender cada uno de nuestros derechos, especialmente aquellos que constantemente se ponen en duda: el derecho a decidir sobre nuestro cuerpo, a vivir una sexualidad libre y segura, a decidir si queremos ser o no ser madres, tener o no tener pareja, el derecho a acceder a la educación, a un trabajo digno, bien remunerado y a una vida sin violencias. Ningún derecho está garantizado si no se defiende colectivamente.
En el ámbito laboral y político, uno de mis propósitos es luchar por lograr la igualdad salarial y romper el techo de cristal. No se trata solo de ganar más, sino de que nuestro trabajo sea valorado en igualdad de condiciones, de ocupar espacios de decisión y de dejar de pedir permiso para liderar.
En lo doméstico, el feminismo también se practica. Por eso, otro compromiso es buscar el justo reparto de las tareas del hogar. El amor no debería medirse en sacrificio femenino, y la corresponsabilidad no es ayuda, es justicia.
Un punto clave es dejar de creer que el feminismo es solo tema de mujeres. El patriarcado nos afecta a todas y todos, y su transformación requiere la participación activa de los hombres. El feminismo no excluye: interpela, cuestiona y propone una sociedad más justa para cualquiera que la habite.
También me propongo levantar la voz ante cualquier tipo de violencia. No mirar hacia otro lado, no minimizar, no dudar de la palabra de quien denuncia. Si violentan a una, nos violentan a todas. El silencio nunca ha sido neutral; casi siempre protege al agresor.
Finalmente, uno de los propósitos más esperanzadores es educar a niñas, niños y adolescentes en el feminismo. Enseñarles que la igualdad no es una amenaza, que el respeto es la base de cualquier relación y que el género no debe limitar sueños ni emociones. Educar hoy para no tener que reparar mañana.
A esta lista sumo otros compromisos personales: leer más autoras, apoyar proyectos liderados por mujeres, cuestionar mis aprendizajes machistas y no abandonar la incomodidad que a veces provoca el cambio. Porque el feminismo no es una meta a la que se llega, sino un camino que se recorre todos los días, con errores, con dudas, pero también con la certeza de que si dejamos de usar el feminismo como mero discurso, juntos y juntas impulsaremos un mundo mejor para todas y todos.



