Mientras Donald Trump publica mensajes cada vez más agresivos, colocando a México, Canadá, Groenlandia y Centroamérica cómo parte de su imperio, algunos políticos paleros de Estados Unidos se preguntan por qué es necesario que renuncien a la doble nacionalidad, en gran mayoría de los casos estadounidense, antes de aspirar a una gubernatura o a la presidencia.
Para comenzar, ni siquiera en su idolatrado EU un ciudadano naturalizado puede ser presidente. O sea, allá en su otro país sí están bien las restricciones, pero aquí no. Demencial.
Segundo, estamos viendo en tiempo real los resultados de tener mandatarios entreguistas y con doble nacionalidad en el poder en América Latina. Ahí están de ejemplo: Daniel Noboa, gringo nacido en Miami con “doble nacionalidad” estadounidense y ecuatoriana, Rodrigo Paz, en Bolivia, con doble nacionalidad boliviana y española; Daniel Milei, filosionista, con doble nacionalidad italiana-argentina y así podemos seguir con estos personajes que, curiosamente, son todos de derecha y todos serviles a Estados Unidos y a Israel.
Tener un gobernador con doble nacionalidad gringo-mexicana en un estado fronterizo o con costa no solo es imprudente, se trata ya de un asunto de seguridad nacional. Y no hablemos de la Presidencia. Ahí están los casos de Ecuador y Argentina para ver todo el daño que un traidor al país que dice representar puede causar en unos cuantos años.
Si tanto quieren a México, ¿por qué no renunciar a su doble o, en algunos casos, hasta triple nacionalidad? Porque es un amor por conveniencia; el amor de los traidores, más falso que un billete de tres pesos.
