Un cambio prometedor en la industria del cine llega de la mano con una voz muy reconocida y poderosa que es Salma Hayek. Sabido es de sobra que no vive en México y que su nivel en la industria supera cualquier límite nacional, pero aún así, su acompañamiento dio legitimidad a la presidenta Claudia Sheinbaum durante el anuncio de un incentivo fiscal del 30% a las producciones cinematográficas y audiovisuales que tengan un 70% de la proveeduría nacional y no rebasen 40 millones de pesos por proyecto, para impulsar esta industria mexicana.
Estuvieron presentes muchos actores en Palacio Nacional y los críticos detractores se han volcado contra la actriz y productora internacional mexicana que debería darnos orgullo. Le han reclamado a Salma Hayek hasta por las madres buscadoras y por la situación del país. El absurdo es tan grande, que me recuerda a las lecciones de Bell Hooks sobre la política y las mujeres.
Primero porque la teórica del feminismo ha contado en sus libros que para ella, montar una política feminista implicó construir su propia vida desde cero, incluso contra la principal emisora del patriarcado que tuvo cerca, quien fue su madre. Pero aún cuando su madre fuese una voz que mandaba en clave de sumisión y sexismo, ninguna mujer puede ser responsable de las consecuencias de todo un sistema que ha normalizado y construido un lugar para cada persona, en el que a menudo, las mujeres tienen mayores obstáculos y los hombres, mayores privilegios. Y así México, un país socializado en clave de violencia, que ha gestado por décadas el imperio de magnates en las drogas, que ha participado en corruptas alianzas entre criminales y políticos para colocar gobernadores y presidentes municipales y que en este sexenio, apenas, se viven los primeros esfuerzos por erradicar de raíz este mal. Como si quisieran que una sola mujer erradique al patriarcado, quieren que otra sola mujer erradique la violencia que edificó al México que vivimos.
Así suena de absurdo el reclamo contra Salma Hayek. Ella es una voz autorizada en su industria y un símbolo de triunfo, de la ruptura de techos de cristal relacionados al género, a la nacionalidad, a un constructo completo de mojigatería en los tiempos que se atrevió a interpretar papeles cargados de sensualidad y poder. Vino a participar dentro de una colaboración estrictamente vinculada a la cultura, a la industria del cine y a la importancia de narrar historias profundas y reales desde las producciones nacionales hechas con presupuesto público.
Por historias reales que impliquen mostrar el abanico cultural de las regiones del país, de las historias de mujeres y hombres que rompen paradigmas o que han vencido las vicisitudes. Historias más allá de clichés cinematográficos desde miradas como las de Omar Chaparro o la dinastía Eugenio Derbez, que durante años han capitalizado una narrativa cómoda y exportable del entretenimiento desde lugares comunes, pero limitada en su diversidad temática y excluyente de las visiones comunitarias.
El anuncio fue sobre apoyo a un sector que ha enfrentado desde el auge de nuevas tecnologías hasta el abandono industrial que benefició a los magnates de Hollywood por encima de mexicanos que intentaban abrirse camino. Se trata de una política pública focalizada, centrada en un estímulo condicionado, con criterios de proveeduría nacional y topes presupuestales claros. Eso no es propaganda, es diseño regulatorio para fortalecer cadenas de valor internas, profesionalizar equipos técnicos y retener talento que históricamente ha migrado. Pero realmente nada le acomoda a los que buscan lo mínimo para inconformarse. Si no hay inversión ni apoyo, lo critican. Si lo hay, critican que vengan mexicanas triunfadoras a nivel mundial a integrarse en la cadena de impulso artístico. Incapaces de ver más allá, descartan la simple importancia de que una productora de ese nivel forme parte del cambio, de las oportunidades que implica para jóvenes artistas. Encima de eso, el formato del apoyo es incentivo fiscal y no entrega directa de subvenciones como tanto han criticado. Pero ni eso. Quieren que Salma Hayek deje su vida y se vuelque en ¿opositora? con ellos. Quieren que no haya incentivo, que no haya política pública, que el país se paralice porque no es como quieren que sea.
Exigirle a Salma Hayek que resuelva la inseguridad, que le dé respuesta a las madres buscadoras y que visite entidades conflictivas como Puebla, Sinaloa o Michoacán es tan absurdo como exigir a las mujeres que se asuman responsables por el machismo que practican las sociedades por la educación. Absurdo.
Pero hay algo más de fondo: la tentación permanente de cobrarle a una mujer visible todas las deudas estructurales del país. Si acompaña una política cultural, es cómplice del poder. Si guarda silencio sobre seguridad, es indiferente. Si opina, es oportunista. La vara nunca descansa. Y ese rasero selectivo no se aplica con la misma intensidad a los hombres exitosos que se fotografían con gobiernos, reciben estímulos o producen contenidos con fondos públicos. La industria cinematográfica no va a resolver la crisis de violencia, o tal vez sea parte de una solución de largo aliento que comience a combatir la narcocultura de la que han sido parte los productores y actores de series como Narcos, que romantizaron y exotizaron las vidas criminales al punto de que hay niños aspirando más a integrarse a un cartel que a estudiar en la universidad. Tal vez el cine no va a traducirse en condenas pero sí puede contribuir a transformar imaginarios, generar empleo formal, fortalecer identidad y proyectar una narrativa menos autodenigrante del país. La cultura no sustituye a la política de seguridad pero sí la complementa en el largo plazo, en el terreno de lo simbólico y lo aspiracional.
Pedirle peras al olmo es improductivo. Pedirle seguridad a Salma Hayek es tan absurdo como políticamente cómodo porque desplaza la responsabilidad del Estado hacia una figura pública que ni legisla ni ejecuta presupuesto en materia de seguridad. Alguien que ni vive acá. La crítica es válida cuando apunta al diseño institucional, a la eficacia de las políticas, a la transparencia del gasto. Pero cuando se personaliza en una mujer por el simple hecho de haber apoyado una política cultural, se vuelve ruido. Ahora resulta que Salma Hayek no puede tener preferencias personales como mexicana, que tampoco puede creer en la primera mujer presidenta porque según los opositores, aquello la desacredita. Quizá el debate de fondo no es Salma, ni siquiera el incentivo fiscal. Es la incapacidad para distinguir entre acompañamiento simbólico y responsabilidad constitucional. Y en esa confusión, lo único que logramos es desdibujar discusiones que sí importan.
¿Qué tal si se le cobrara una multa o si se impusiera un impuesto adicional a la reproducción de contenidos a todos los que han producido y participado en series del narco por el impacto a la narcocultura? ¿Eso les satisface o de nuevo los van a mandar a Sinaloa, Puebla, Michoacán y San Luis Potosí? Porque mientras Diego Luna participaba en la serie Narcos, nadie le restringió el derecho al activismo político. Pero en Salma Hayek que es tal vez una de las menos relacionadas con aquellos temas, a ella sí. Que vaya a Puebla y a quién sabe dónde más, y que encuentre a los desaparecidos… que se olvide de Londres, de plano, por el gran pecado de acudir a un anuncio presidencial. -Léase con ironía, claramente-.


