El 7 de junio, a cuatro días del Mundial, el gobernador Samuel García anunció que entraba “en modo party”. Dijo que no respondería llamadas ni atendería asuntos de gobierno. “Ya no quiero broncas, compadre. Ya en julio me vuelven las broncas”. Lo dijo en serio. Y en esa frase, sin querer, retrató cinco años de gobierno.

Porque mientras el gobernador se ponía en modo fiesta, su administración levantaba muros. No es metáfora. En las avenidas Constitución, Morones Prieto y Miguel de la Madrid —las rutas que recorrerían los turistas del Mundial rumbo al estadio y al aeropuerto— el gobierno estatal construyó bardas de concreto, colocó malla ciclónica verde y desplegó enormes lonas de bienvenida en sueco y en coreano. ¿Frente a qué? Frente a las colonias de lámina y madera. Frente a la pobreza que no debía verse.

Doña Mary, vecina de la colonia Caracoles, lo dijo mejor que cualquier analista: le da tristeza, no coraje, que el gobernador se avergüence de los pobres porque van a pasar los jugadores. En el bulevar Miguel de la Madrid levantaron 200 metros de barda para tapar una zona de tejabanes; en una mitad de la colonia, muro; en la otra, una lona del Mundial. Don Rodolfo, 42 años viviendo ahí, resumió el gobierno entero: que es un mugrero por el Mundial, que mejor arreglen los baches y el transporte.

Eso es lo que el modo party deja a su paso: lonas donde debió haber vivienda, mensajes de bienvenida en idiomas que los vecinos no hablan, paisaje tapado para el que viene de fuera y olvido para el que vive ahí. El gobierno lo llamó “mejoramiento de imagen urbana”. Los vecinos lo llamaron lo que es.

Y la fiesta, además, sale cara. Al cierre del segundo trimestre de 2025 la deuda pública del estado rondaba los 78 mil 857 millones de pesos, 7.6 por ciento más que el año anterior. Desde que García asumió en 2021, la deuda creció más de 22 mil millones. Para 2026 pidió un endeudamiento de hasta 16 mil millones que diputados de todas las bancadas calificaron de excesivo. Un panista lo dijo sin rodeos: quieren hacer obra “con los bueyes de mi compadre”, para que la paguen las siguientes administraciones durante 25 años.

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¿Y el Metro? La estrella de la campaña, la obra que justificaba la deuda. En 2022 se prometió listo y operando antes del Mundial. El gobernador llegó a presumir 90 por ciento de avance y aseguró que estaría funcionando. La realidad: las Líneas 4 y 6 no transportarán a un solo aficionado durante el torneo. Habrá un tramo demostrativo, recorridos de prueba sin acceso al público. La obra completa se fue hasta finales de 2027. El plan de movilidad mundialista terminó descansando, otra vez, en autobuses y en la Línea 1 que se inauguró en 1991. No es que no haya obra —la hay, y costará unos 37 mil millones—. Es que se vendió un Metro para el mundo y se entregó un viaducto para la foto.

Seamos justos, porque la crítica honesta no necesita exagerar. Nuevo León sigue en semáforo verde de Hacienda; la deuda es alta, pero legal. Bajó el desempleo. Hay indicadores que mejoraron. Pero gobernar no es solo no quebrar: es decidir qué importa. Y cuando casi toda la inversión de 2026 depende de deuda nueva, cuando una obra emblemática se ajusta hasta volverse “demostrativa”, y cuando la respuesta a la pobreza es una barda de 200 metros, la pregunta deja de ser técnica. ¿En qué se fue el entusiasmo? ¿Y quién paga la cruda?

El modo party se ve espectacular en redes. Pero las redes no pagan deuda, no terminan estaciones y no derriban el muro que le tapó el aire a don Rodolfo. El Mundial se irá en julio. Las lonas se caerán. Y detrás seguirán las mismas casas de lámina, los mismos baches, la misma gente esperando un transporte que no llegó. Esa es la factura del modo party. Y, como siempre, la termina pagando el que ni siquiera fue invitado a la fiesta.