De aquí a 2030, uno de los debates más importantes que deberá dar Morena será el de su política de alianzas. No se trata únicamente de definir con quién competir en la siguiente elección, sino de establecer con claridad bajo qué principios y con qué objetivos deben construirse esas coincidencias políticas. La victoria electoral no dependerá solo de la suma de fuerzas, sino de la consistencia del proyecto que esas alianzas sean capaces de representar.
Las alianzas no se construyen sobre las rodillas ni pensando exclusivamente en el futuro inmediato. Se construyen sobre la base de principios, objetivos comunes y una visión compartida. Cuando una alianza cumple esos propósitos, fortalece un proyecto político; cuando deja de hacerlo o simplemente no ofrece los resultados esperados, lo sensato es revisarla.
En política, aferrarse a una alianza por costumbre puede ser tan equivocado como romperla por conveniencia. La estrategia exige evaluar permanentemente si las coincidencias que dieron origen a una coalición siguen vigentes y si esta continúa aportando al objetivo superior. La lealtad a un proyecto debe estar por encima de la inercia de cualquier acuerdo político.
Lord Palmerston, ministro de Relaciones Exteriores de Gran Bretaña, pronunció una de las frases más célebres de la diplomacia contemporánea: “No tenemos enemigos eternos ni aliados permanentes; tenemos intereses permanentes.” Esa máxima ha guiado, durante generaciones, la política exterior británica y demuestra que la estrategia exige actuar con visión de largo plazo, sin ataduras que impidan adaptarse a las circunstancias.
La política democrática no es muy distinta. Las alianzas son un instrumento para alcanzar objetivos superiores, nunca un fin en sí mismas. Su valor no radica en su duración, sino en su capacidad para fortalecer un proyecto, ampliar consensos y responder a las expectativas de la sociedad.
Siempre es un momento propicio para mirar al pasado y retomar aquello que ha funcionado. La historia demuestra que las alianzas más exitosas no son las que nacen de la urgencia electoral, sino las que descansan sobre convicciones compartidas y una estrategia clara. Con tiempo suficiente por delante, Morena tiene la oportunidad de definir esa ruta antes de que la coyuntura vuelva a imponer sus propios tiempos.
