“Las cosas que llamamos “tecnologías” son formas de construir orden en nuestro mundo".
Langdon Winner
Al parecer, Ucrania tendrá que pedirles a los drones rusos que la invadan más despacito. Sus interceptores necesitan alcanzarlos, pero la conexión satelital empezó a fallar cuando las terminales superaban los 160 kilómetros por hora. La guerra seguía su curso; la defensa, en cambio, había encontrado un límite de velocidad.
Eso, puesto desde lejos, por supuesto. Siempre resulta más llevadero administrar los riesgos cuando las bombas caen en casa ajena.
Así ocurrió esta semana con Starshield, el servicio militar de comunicaciones satelitales de SpaceX utilizado por Ucrania. Un asesor de Volodímir Zelenski explicó a AP cómo la restricción perjudicaba a los drones interceptores. Conviene imaginar lo que significa antes de que el vocabulario técnico termine de anestesiarnos: alguien intenta detener un ataque y descubre que la herramienta de la que depende deja de responder cuando más se le exige. Abajo hay gente que necesita que funcione. Esa gente no dispone de una segunda vida mientras se aclara la incidencia…
Y vaya si hay cosas por aclarar. The Telegraph atribuyó a Musk la propuesta de restringir el servicio, con base en cuatro fuentes; Reuters situó la orden dentro de la Casa Blanca, sin identificar al responsable. Trump negó que él o Musk hubieran provocado las restricciones. Musk remitió las decisiones sobre Starshield al gobierno estadounidense. Para limitar la conexión hubo manera de entenderse. Para explicar quién lo decidió, cada cual recuperó de pronto su escrupuloso respeto por las atribuciones del vecino.
A mí me cuesta admirar tanta delicadeza institucional. Sobre todo porque los ucranianos pueden pasarse de una ventanilla a otra buscando al responsable, pero los drones rusos no tienen por qué guardar turno. Mientras empresa y gobierno delimitan sus competencias, la guerra encuentra una ventaja bastante concreta en esa responsabilidad que nadie termina de recoger.
Ahí está lo inquietante de Musk. Hemos pasado años pendientes de sus ocurrencias, de sus desplantes y de cuánto sube o baja su fortuna, como si el asunto consistiera en averiguar qué hará mañana el millonario de mal carácter. Entretanto, sus empresas se volvieron indispensables para decisiones que antes creíamos reservadas a los Estados. Un presidente puede conservar el despacho, la bandera y el reconocimiento internacional, y descubrir en pleno ataque que una parte de su capacidad para defender el país se administra en otra parte. Inquietante.
Sería cómodo resolverlo diciendo que Musk gobierna Ucrania. También sería concederle a Washington una inocencia que no merece. Si, como sostiene el empresario, Starshield está bajo control estadounidense, la pregunta llega directamente a la Casa Blanca: quién ordenó la restricción y con qué propósito criminal. La distinción entre empresa y gobierno debe servir para encontrar al responsable. Resulta demasiado conveniente que solo aparezca cuando toca desentenderse.
Porque el contexto tampoco invita a creer en una travesura del módem. Trump reprocha a Kiev sus ataques contra refinerías rusas, mientras Washington abre la puerta al diésel de Moscú. A Ucrania esas instalaciones le importan como parte del esfuerzo de guerra del invasor; al presidente estadounidense le preocupa lo que ocurra con el combustible. Putin ha encontrado una prometedora vía de rehabilitación: seguir invadiendo, pero ofrecer abasto. ¡Vaya!
No necesito atribuirle a Trump un pacto secreto para discutir la obscenidad —esa es la palabra— que tenemos a la vista. Al país invadido se le pide que cuide la infraestructura del invasor porque destruirla incomoda a quien quiere comprar lo que produce. Uno intenta sobrevivir; el otro quiere llegar a las elecciones con menos disgustos en la gasolinera. Y todavía se espera que Zelenski agradezca las gestiones por la paz. Detestable.
Con ese telón de fondo, la restricción satelital adquiere un peso que ningún comunicado técnico puede quitarle. No está demostrado que se haya impuesto para castigar los ataques a las refinerías. Lo que sí sabemos es que quien exige moderación dispone de herramientas capaces de dificultar la resistencia. Kiev tiene que negociar sabiendo eso. Cuánta persuasión cabe ahorrarse cuando el interlocutor necesita que le siga funcionando la defensa.
La presión puede continuar incluso después de que se restablezca el servicio. Basta con que un mando se pregunte, antes de autorizar una operación, si disgustará a Washington; con que un ministro suavice una protesta por temor a otra interrupción…
No afirmo que ya haya ocurrido. Digo que esa posibilidad entra ahora en sus cálculos. Una conexión puede recuperarse en horas; la libertad para decidir tarda bastante más cuando ya se aprendió lo que cuesta contrariar al proveedor.
Y Europa debería reconocerse en esa escena antes de volver a prometer autonomía estratégica con semejante soltura. Puede financiar a Kiev y comprometerse con su defensa, pero parte de lo necesario para cumplir depende de decisiones tomadas al otro lado del Atlántico. ¿Lo entenderán? No creo. Hay algo penoso en ofrecer garantías de seguridad y tener que consultar después si estará disponible el servicio. A estas alturas, cada declaración solemne debería incluir quién conserva la llave.
Tampoco me consuela la esperanza de que el mercado termine castigando a Musk. Qué paciencia tan admirable se les exige a los bombardeados: resistir hasta que los accionistas se inquieten... Para cambiar de proveedor hacen falta alternativas, tiempo y recursos. Cuando se necesita interceptar un ataque esta noche, comparar ofertas es un ejercicio bastante más complicado que cancelar una plataforma de películas. ¿Me explico? Ese es el poder que hemos dejado crecer entre la fascinación por la tecnología y la comodidad de contratarla: el de volverse imprescindible sin adquirir obligaciones a la altura de esa dependencia.
Musk puede construir sistemas extraordinarios. Eso no le otorga autoridad sobre los riesgos que deben soportar los demás. Y Washington no puede presentar como simple relación comercial una infraestructura cuyo control tiene consecuencias de gobierno. Cuanto mayor es el poder que ambos ejercen, menos aceptable resulta que la explicación termine en un deslinde.
Por eso, de esta semana puede quedar algo más duradero que una restricción de velocidad de la conectividad. El recordatorio, dirigido a Kiev y escuchado en muchas otras capitales, de que tener acceso no significa tener control. Una advertencia así trabaja sola: acompaña las reuniones, enfría las respuestas, se sienta a la mesa de negociación. No hace falta mantener desconectado a un país para que aprenda a pedir permiso. Un verdadero horror.
Giro de la Perinola
De las futuras garantías de seguridad para Ucrania quiero conocer la letra pequeña: quién decide, quién responde y qué ocurre cuando Kiev discrepa. Porque el siguiente presidente ucraniano podría ganar las elecciones, jurar defender a su país y enterarse, al intentar cumplir su mandato, de que no tiene permisos de administrador.






