La modificación al delito de abuso sexual del Código Penal Federal no es un trámite legislativo. Es una definición política. Es decir, sin ambigüedades, de qué lado estamos.

Yo estoy del lado de las mujeres. Y lo digo sin titubeos.

Durante décadas el abuso sexual fue interpretado con zonas grises. Durante décadas el sistema permitió lecturas que terminaron protegiendo agresores y cuestionando víctimas. Durante décadas la carga probatoria fue casi moral: demostrar que resistieron “lo suficiente”, que dijeron “no” con la fuerza correcta, que su silencio no era consentimiento.

Esa etapa tenía que terminar. El consentimiento no es una interpretación conveniente. No es una suposición. No es silencio.

El consentimiento se expresa. Y cuando no existe, lo que hay es violencia.

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Esta reforma cierra la puerta a la ambigüedad que durante años alimentó impunidad. Amplía la definición del abuso sexual para reconocer conductas que antes quedaban minimizadas o invisibilizadas. Y coloca en el centro lo que siempre debió estar ahí: la dignidad.

A algunos les incomoda que lo digamos así, frontal. Les incomoda que se acabe la zona gris. Les incomoda que el Estado deje de tolerar lo que antes relativizaba.

Pero más incomoda la impunidad. Más indigna el silencio. Más duele cada mujer que duda en denunciar porque teme no ser creída.

No podemos hablar de igualdad sustantiva si la libertad sexual sigue siendo frágil. No podemos hablar de transformación si mantenemos intactas las estructuras que normalizan la violencia.

Yo no vine al Congreso a administrar inercias. Vine a respaldar cambios de fondo. Vine a votar reformas que incomoden si es necesario, pero que protejan mejor.

Porque la transformación no es discurso. Es decisión.

Y hoy México vive un momento histórico: una presidenta mujer encabezando el Poder Ejecutivo, colocando a las mujeres en el centro de la agenda nacional no como símbolo, sino como eje estructural. Eso no es casualidad. Es el resultado de una lucha que hoy se traduce en legislación, presupuesto y políticas públicas.

Morena nació como un movimiento que rompió pactos de silencio. Y romper pactos también significa cerrar espacios a la impunidad en materia de violencia sexual.

Mi voto fue claro. Mi postura también.

Y no será la última vez que me verán de ese lado.

Vamos por más reformas que fortalezcan la protección. Vamos por más garantías para niñas y adolescentes.

Vamos por un país donde denunciar no sea un acto de valentía, sino un derecho respaldado por instituciones sólidas.

Porque cuando el Estado protege a las mujeres, se fortalece la democracia.

Cuando se garantiza la dignidad, se consolida la transformación.

Y cuando las mujeres avanzan, México avanza.

Yo no vine a ser neutral frente a la violencia. Vine a combatirla.