En el escenario global, pocos contrastes resultan tan reveladores como el de México y Singapur. Dos naciones con historias marcadas por la colonización, por la diversidad cultural y por profundas desigualdades en su origen, pero que han tomado caminos radicalmente distintos en la forma de entender su pasado y proyectar su futuro.
En el corazón de Singapur aparece constantemente la figura de Sir Stamford Raffles, el británico que fundó la ciudad en 1819. Su imagen que está en estatuas, museos y hoteles, no es un símbolo de resentimiento histórico, sino parte de la narrativa nacional que no genera indignación permanente ni disputas políticas. Forma parte de la historia, punto.
Singapur, una pequeña isla sin recursos naturales significativos, fue durante décadas una colonia británica. Lejos de negar esa etapa, la incorporó como parte de su identidad institucional y económica. Su sistema legal, su estructura administrativa y su vocación comercial beben directamente de esa herencia.
En lugar de construir un discurso de agravio permanente, Singapur optó por aprender de su historia, adaptarla y convertirla en ventaja competitiva. El resultado es un país que hoy destaca por su estabilidad, su eficiencia gubernamental y su desarrollo económico, con una sociedad que, pese a su diversidad étnica, ha encontrado mecanismos para convivir bajo reglas claras.
México y su resentimiento
En México ocurre lo contrario. El debate público está cada vez más cargado de referencias al pasado: la Conquista, las deudas históricas, las desigualdades heredadas. Conceptos como “whitexicans” o “guaycicans” se han instalado en la conversación cotidiana, mientras desde el poder se insiste en dividir al país entre “pueblo” y “élite”, entre “ellos” y nosotros”.
México, está atrapado en una relación conflictiva con su pasado. La narrativa impulsada por el gobierno ha insistido en reinterpretar la historia bajo una lógica de confrontación: conquistadores contra conquistados, opresores contra oprimidos, pasado contra presente. En ese intento, se simplifica una realidad profundamente compleja.
México es, en esencia, un país mestizo. Diversos estudios demográficos coinciden en que alrededor del 80% de la población se identifica como mestiza, mientras que los pueblos indígenas que hablan la lengua representan el 6.1% de la población de 3 años y más que hablan alguna de las 68 lenguas indígenas del país. Esta mezcla no es un accidente ni una tragedia: es el núcleo de la identidad nacional. Negarla o fragmentarla en categorías rígidas no contribuye a la comprensión histórica, sino a la polarización social.
La pregunta inevitable para un mexicano que camina por Singapur es incómoda: ¿por qué nosotros pensamos tan distinto sobre nuestro pasado? Incluso la relación con España se reinterpreta bajo la exigencia de disculpas históricas.
El problema no voltear al pasado. Toda nación lo hace. El problema está en quedarse atrapado en él. El problema no es reconocer las injusticias del pasado que son innegables sino instrumentalizarlas políticamente en el presente. Cuando el discurso público se centra en dividir, en asignar culpas históricas sin matices y en alimentar resentimientos, se pierde la oportunidad de construir una visión compartida de país, se pierde por completo la identidad nacional y el orgullo por tu nación.
Singapur ofrece una lección importante: el pasado no se borra, pero tampoco se convierte en una herramienta de confrontación permanente. Se estudia, se asimila y se utiliza para diseñar instituciones más sólidas. Su diversidad étnica, chinos, malayos, indios, no ha sido negada ni exacerbada, sino gestionada con políticas que priorizan la cohesión social y el desarrollo económico.
Al mirar los resultados la diferencia se vuelve más evidente. Singapur se independizó en 1965 y, sin recursos naturales, apostó por instituciones eficientes, educación de alto nivel y apertura económica. En la actualidad su ingreso por habitante ronda los 90 mil dólares anuales, uno de los más altos del mundo.
México, en cambio, se mantiene cerca de los 10 mil dólares per cápita. La brecha no es menor y tiene qué ver con decisiones políticas y culturales.
El crecimiento de la economía mexicana en los últimos años ha sido débil. Entre 2019 y 2024 apenas promedió alrededor de 1% anual. Incluso postpandemia, el ritmo sigue siendo insuficiente para un país con el potencial productivo, la ubicación estratégica y el tamaño de mercado que tiene
México, por su parte, tiene una riqueza cultural incomparable precisamente por su mestizaje. Pero esa riqueza exige una lectura histórica más madura: una que entienda que la identidad nacional no es una suma de agravios, sino una construcción compleja, contradictoria y, sobre todo, compartida.
Historia: Cimiento o trinchera
Aparece como diferencia clave la narrativa. Las sociedades que prosperan suelen compartir una característica: creen en el futuro más de lo que se aferran al pasado o al agravio.
México parece permanecer cómodo en una narrativa que politiza las heridas históricas, lo cual no es casual por una simple razón, el resentimiento moviliza, divide y genera rentabilidad política inmediata.
Y en esa decisión —el pasado para construir o para dividir se juega, en gran medida, el futuro.



