Recordé que este sábado se jugará el partido entre México y Portugal en la reapertura del Estadio Azteca, ahora denominado Estadio Banorte. Más allá del evento deportivo, lo que llamó mi atención fue el ambiente alrededor: conversaciones sobre turismo, expectativas de lleno total, comentarios de personas que ya están pensando en rentar habitaciones, abrir negocios temporales o subir precios anticipando la llegada de visitantes.

Al mismo tiempo, en ciudades que serán sede del Mundial, como Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey, empieza a repetirse la misma idea: el Mundial será una oportunidad para hacer negocio. Restaurantes que esperan duplicar ventas, plataformas de hospedaje con tarifas anticipadas al alza, servicios turísticos preparándose para una demanda extraordinaria. Es un fenómeno que se repite antes de cada megaevento deportivo. La expectativa económica se instala incluso antes de que el balón comience a rodar.

Fue en ese momento cuando se hizo evidente algo más relevante: el Mundial ya está cerca. No como un anuncio lejano, sino como un evento que empieza a influir en decisiones económicas reales. Personas que planean inversiones, gobiernos locales que anuncian obras, empresas que proyectan demanda futura. El Mundial deja de ser un evento deportivo y comienza a convertirse en una variable económica.

La narrativa dominante es conocida. Más turistas implican más consumo. Más consumo implica mayor actividad económica. Y mayor actividad económica implica crecimiento. Sin embargo, cuando se observa la evidencia empírica de Mundiales anteriores, esta relación no es tan directa como suele plantearse. Los megaeventos deportivos generan actividad, pero no necesariamente desarrollo. Producen derrama económica, pero no siempre crecimiento sostenido.

El Mundial de 2026, además, introduce un elemento inédito: será organizado por tres países. México, Estados Unidos y Canadá compartirán sedes, visitantes y beneficios. Este simple hecho cambia la magnitud del impacto económico. A diferencia de mundiales anteriores, donde la actividad se concentraba en una sola economía o hasta en dos países cuando se realizó en Corea y Japón en aquel lejano 2002 ahora la derrama se dividirá entre tres. Esto reduce el efecto macroeconómico individual y obliga a matizar las expectativas.

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La experiencia internacional es útil para dimensionar el fenómeno. Antes de Sudáfrica 2010, se proyectaban hasta 500 mil turistas adicionales. La cifra final fue cercana a 220 mil. El gasto público superó los 3 mil millones de dólares y el impacto en el crecimiento económico fue marginal. En Brasil 2014, el Mundial coincidió con una desaceleración económica que terminó en recesión poco después del torneo. Incluso Alemania 2006, considerado un caso exitoso, registró un impacto macroeconómico directo limitado; el principal beneficio fue reputacional y no necesariamente productivo.

Esto ocurre porque el Mundial funciona como un choque temporal de demanda. Durante unas semanas aumenta el turismo, el consumo y la actividad comercial, pero una vez que concluye el evento, la economía regresa a su tendencia original. Desde el punto de vista macroeconómico, el efecto se concentra en el consumo turístico y en cierta inversión pública asociada a infraestructura. Sin embargo, al no modificar la productividad ni la inversión privada de largo plazo, el impacto estructural es reducido.

En el caso mexicano, existe además un elemento adicional: el efecto sustitución. México ya es uno de los países más visitados del mundo. Esto implica que muchos de los visitantes del Mundial no serán turistas adicionales, sino personas que habrían viajado en otro momento del año o a otro destino dentro del país. En términos económicos, el Mundial redistribuye el turismo más que crearlo. El resultado es un aumento temporal en ocupación hotelera y precios, pero no necesariamente un incremento significativo del flujo anual.

La distribución geográfica también limita el impacto agregado. La derrama económica se concentrará en tres ciudades: Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey. Estas economías locales sí podrían experimentar incrementos importantes en consumo y actividad comercial. Sin embargo, el efecto a nivel nacional será mucho más acotado. Esto genera una paradoja frecuente: el Mundial se percibe como un evento nacional, pero su impacto económico es principalmente regional.

Aun así, el Mundial no es económicamente irrelevante. El impacto existe, pero su naturaleza es más moderada de lo que suele afirmarse. Si se modela el crecimiento económico en función del turismo internacional, el consumo privado y la inversión pública, el Mundial puede representarse como un choque temporal durante los trimestres del evento. La evidencia de mundiales anteriores sugiere que este efecto suele ser positivo, pero pequeño. En términos prácticos, el crecimiento trimestral podría aumentar entre 0.1 y 0.3 puntos porcentuales durante el periodo del torneo. Esto implica que el impacto anual difícilmente superaría entre 0.2 y 0.4 puntos porcentuales del PIB, esto de acuerdo con los eventos deportivos en México vividos anteriormente.

Para México, esta magnitud podría ser aún menor debido a la organización compartida. Si el gasto turístico adicional total del Mundial se distribuye entre tres países, la porción mexicana sería limitada. Incluso bajo escenarios optimistas, la derrama económica directa representaría una fracción muy pequeña del PIB nacional. Esto no significa que el Mundial no tenga efectos, sino que estos deben dimensionarse correctamente.

El verdadero debate económico, entonces, no es la derrama inmediata, sino el legado. La inversión en transporte, conectividad, seguridad y desarrollo urbano puede generar beneficios más duraderos que el evento mismo. La experiencia internacional muestra que el éxito económico de un Mundial depende más de las decisiones previas que del torneo en sí. Cuando la inversión se orienta a infraestructura útil, el impacto se prolonga. Cuando se concentra en gasto temporal, el efecto desaparece rápidamente.

También existe un riesgo fiscal que suele pasar desapercibido. Aunque México no construirá estadios nuevos, sí habrá gasto público en seguridad, movilidad, logística y modernización urbana. Este gasto tiene un costo de oportunidad. Cada peso destinado al Mundial deja de destinarse a otras prioridades. La justificación económica depende entonces de que el evento genere beneficios que compensen ese costo.

Parte del entusiasmo económico que rodea al Mundial responde a una ilusión comprensible. Durante el evento, la actividad económica será visible. Hoteles llenos, restaurantes saturados, ciudades con mayor dinamismo. Este aumento temporal se percibe como crecimiento estructural, aunque en realidad se trate de un impulso transitorio. Una vez que concluye el torneo, la economía regresa a su trayectoria previa.

La experiencia sugiere que los megaeventos deportivos no transforman economías, pero sí amplifican tendencias existentes. Si la economía tiene fundamentos sólidos, el Mundial refuerza esa percepción. Si existen debilidades estructurales, el efecto se diluye rápidamente. México se encuentra en una posición intermedia. Tiene estabilidad macroeconómica y atractivo turístico, pero también enfrenta rezagos en infraestructura y productividad.

Tal vez por eso el Mundial genera tantas expectativas. No porque vaya a cambiar la economía mexicana, sino porque funciona como un punto de observación. Durante unas semanas, el país estará bajo los reflectores.

En mi opinión, el Mundial 2026 no será un parteaguas económico. Su impacto directo será moderado, concentrado y temporal. Pero sí puede convertirse en una señal. Y en economía, las señales importan y regresando a donde todo comenzó, la reapertura del Estadio Azteca, el partido contra Portugal y las conversaciones sobre rentas temporales o negocios improvisados son apenas el inicio. El Mundial ya empezó a influir en decisiones económicas. La pregunta es si ese entusiasmo se traducirá en beneficios duraderos o si, como ha ocurrido en otros países, la derrama terminará siendo más visible que real.