Carta a mis hijas y a mi hijo, de quienes estoy separada hace más de dos años.

A ustedes, mis hijas y mi hijo:

No sé en qué momento de su vida van a leer esto. No sé si ya serán grandes, si ya entenderán muchas cosas, o si todavía les dolerá ponerle nombre a lo que vivimos. Pero necesito dejarles estas palabras.

No para que carguen con mi historia. No para que me vean como víctima. No para que odien a nadie.

Se las dejo para que un día, cuando busquen la verdad, sepan quién es su mamá. Y sepan también cuánto los amo.

El día que me separaron de ustedes fue el 14 de febrero de 2024. Ese día sentí que me arrancaban una parte del cuerpo. Sentí que me quitaban el aire. Sentí que me obligaban a seguir viva mientras veía cómo se cerraba una puerta entre ustedes y yo.

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Desde entonces, hay una parte de mí que se quedó detenida ahí. El mundo siguió avanzando, pero algo dentro de mí se quedó en el piso, tratando de entender cómo se sobrevive cuando te separan de lo más sagrado.

Lo más duro no fue solo no tenerlos conmigo. Lo más duro fue sentir que también intentaban quitarme su mirada, su confianza, su recuerdo de mí. Como si no bastara con separarnos físicamente; como si además hubiera que romper el puente invisible que siempre nos unió.

Por eso escribo esto. Porque hay dolores que no caben en un expediente, verdades que no entran completas en una audiencia y amores que ninguna versión ajena puede borrar.

Antes de ese día hubo una historia larga y silenciosa en la que yo me fui perdiendo poco a poco. Me casé creyendo que amar era aguantar; que una buena mujer era la que cedía, perdonaba, esperaba y se acomodaba. Me casé enamorada, con el alma abierta, creyendo que estaba construyendo una vida bonita. Pero sin notarlo, empecé a salirme de mí.

Primero poquito. Luego mucho. Y luego casi toda.

Cedí espacios, voz, libertad y tranquilidad. Me acostumbré a que el amor doliera, a que exigiera silencio, a que me hiciera dudar de mí. Yo pensaba que estaba siendo una buena esposa. Pensaba que había que sostener, que quedarse en los tiempos difíciles también era amar.

Pero una cosa es acompañar. Y otra muy distinta es desaparecerte para que una relación sobreviva.

Después llegaron ustedes. Y con ustedes llegó el amor más grande de mi vida.

Ser su mamá es lo más sagrado que me ha pasado. Ustedes nunca fueron una carga. Fueron y son mi alegría, mi fuerza, mi casa, mi sentido. Cada uno de ustedes me cambió la vida. Y aunque yo ya venía cansada, herida y confundida, ustedes fueron luz.

Pero también debo decir una verdad difícil: la maternidad, para mí, también fue un lugar donde me fui borrando.

No por culpa de ustedes. Jamás.

Sino porque creí que una buena madre tenía que poder con todo. Que tenía que cuidar, resolver, educar, consolar, anticipar y proteger sin quebrarse. Pensé que ser mamá era tragarse el cansancio y seguir funcionando.

Y así me volví experta en seguir, aunque por dentro estuviera agotada.

Pero yo sí estuve. Yo siempre los cuidé. Siempre los gocé. Y construí una vida alrededor de ustedes. Siempre estuve con ustedes en las tareas, en las comidas, en las risas, en los cuentos, en las canciones y en esas noches en las que me quedaba viéndolos dormir porque no podía creer que fueran míos.

Ahí está la verdad: en lo cotidiano, en lo simple, en todo lo que sí vivimos.

Por eso duele tanto que un día quieran contar la historia como si yo hubiera dejado de ser su mamá de un momento a otro. Eso no pasa. No puede pasar. Una mamá no deja de amar en quince días. Una mamá no borra años de presencia, entrega, desvelo y amor porque alguien más decida contar otra versión.

El 22 de agosto de 2023 dije que me quería divorciar. Lo dije de frente, desde la verdad, creyendo que una historia podía cerrarse con dolor, sí, pero también con humanidad. No sabía que estaba entrando al tramo más despiadado de mi vida.

Empecé a ver miradas que no entendía, frases que no parecían suyas, durezas que no nacían de ustedes. Sentí que algo oscuro se metía entre nosotros. Algo que yo no podía tocar, pero sí sentir.

Esa ha sido una de las partes más crueles: no solo perder una pareja, sino sentir que mientras intentaba salir con dignidad, también se levantaba una maquinaria para apartarlos de mí.

Muchas noches me he preguntado en qué momento debí haberlo visto antes. En qué momento debí haberme ido. En qué momento debí haber gritado más fuerte. En qué momento debí haberlos protegido mejor.

Esa culpa también la he cargado. Porque aunque sé que hice lo que pude con lo que tenía, también sé que me tardé en ver, en aceptar, en salir. Y esa es una verdad dolorosa que quiero dejarles: a veces una mujer no se queda porque no ame a sus hijos. Se queda porque está atrapada. Porque tiene miedo. Porque normalizó el dolor. Porque ya no sabe cómo se llama lo que está viviendo.

Yo no soy débil. Estuve atrapada. Y no es lo mismo.

Si alguna vez dudan de cuánto los amo, regresen a lo más simple: a las tardes, a los libros, a las canciones, a los viajes, a las comidas, a las risas, a la manera en que yo pienso siempre en ustedes antes que en mí.

Ahí está mi amor. No en lo que dijeron después.

Ustedes son y serán el amor más grande de mi vida. No hay un solo día en que no piense en ustedes. No hay un solo día en que no intente sostenerme por ustedes. No hay un solo día en que su ausencia no me duela como un desgarro físico.

Y si un día leen esto siendo grandes, quiero pedirles algo: no repitan mi historia.

No confundan amor con control. No confundan intensidad con entrega. No confundan silencio con paz. No confundan aguantar con amar. No confundan sacrificarse por completo con ser buena mujer o buena madre.

Quiero que sean libres. Que escuchen su intuición. Que pongan límites antes de romperse. Que no se abandonen para sostener ninguna historia. Que jamás crean que amar significa dejar de ser ustedes.

Y a ti, hijo mío, también te lo quiero decir:

Ojalá crezcas entendiendo que amar no es dominar. Que la fuerza de un hombre no está en controlar, humillar ni imponer miedo. La verdadera fuerza está en cuidar sin aplastar, en amar sin poseer, en respetar la libertad del otro.

Yo no sé cómo termina todo esto. No sé cuánto tiempo tome atravesar las mentiras para volver a encontrarnos en la verdad. Pero sí sé quién soy.

Soy su mamá. La que los ama desde antes de conocer sus caras. La que se partió en mil para estar. La que muchas veces se pierde a sí misma, sí, pero jamás deja de amarlos. La que hoy escribe con el corazón hecho pedazos, pero con la verdad intacta.

Si un día me preguntan qué es lo más duro de mi vida, no voy a decir que es el juicio, ni la violencia, ni la traición. Voy a decir que lo más duro es vivir separada de ustedes y seguir respirando. Eso ha sido lo más contra natura que me ha tocado vivir.

Pero no quiero que esta historia termine solo en dolor. Quiero que termine en verdad. En conciencia. En ustedes pudiendo mirar todo esto y elegir distinto.

Si algo quiero dejarles, no es solo mi versión. Es una herencia emocional: que aprendan a nombrar lo que duele, que no se traicionen por amor, que no se queden donde se apagan, que no entreguen su voz para conservar una relación.

Yo me tardé muchos años en aprenderlo. Ustedes, ojalá, lo aprendan a tiempo.

Y si un día volvemos a sentarnos juntos y me preguntan quién soy, quiero poder decirles esto mirándolos a los ojos:

Soy una mujer que ama demasiado. Que ha aguantado demasiado. Que tarda en entender. Que se rompe. Que se levanta. Y que nunca deja de buscar el camino de regreso hacia ustedes.

Con todo mi amor, Mamá.

Maha Schekaiban.

10 de mayo 2026.