Trascendió en días recientes a nivel nacional e internacional la noticia del proyecto de construcción de un “parque acuático-ecoturístico” que se pretendía construir en las playas de Mahahual en el estado de Quintana Roo, donde la destrucción de varias hectáreas de flora y fauna terrestre y marítima, así como el daño ecológico que se iba a generar a sus alrededores, era mayúsculo, puesto que dicho complejo esperaba recibir diariamente una multitud de personas, perjudicando (aún más) el equilibrio en el ecosistema de la zona, situación que dio origen a una inmensa campaña (principalmente a nivel digital) en México y otros países que denunciaron dicho ecocidio, logrando que el gobierno, ante tal presión, anunciara su cancelación.

En relación con el contexto antes descrito, me surge una pregunta: ¿de qué forma actuó correctamente la lucha de Mahahual que logró triunfar, a diferencia de las otras decenas de luchas ambientalistas en nuestra nación que no lo han conseguido? Es decir, en nuestro país actualmente existen diversas luchas ambientalistas por múltiples motivos, como por ejemplo desde poner un alto a proyectos inmobiliarios irracionales, como el caso de Bosque Diamante en Jilotzingo, en el Estado de México, o la protección del hábitat de alguna especie protegida, como la mariposa monarca en Michoacán, donde algunas de esas peleas ambientales llevan varios años (o décadas) denunciando y tratando de poner fin a diferentes problemas ecológicos en sus comunidades, pero que sus causas no obtienen una visualización a través del activismo físico (marchas o bloqueos, por ejemplo) o virtual para obligar a los gobiernos municipales, estatales o federales a poner freno ante tales pugnas.

Uno de los grandes aciertos que considero ayudó fuertemente a generar la suficiente presión social para visibilizar lo que podría ocurrir en Mahahual si se hacía dicho proyecto, fue que buena parte de la ciudadanía se sumó activamente a protestar virtualmente ante dicha situación. Durante aproximadamente unos diez días o más, cuando me conectaba a mis redes sociales, no había día que, cuando menos, un gran número de mis amigas y amigos en Facebook, Instagram o Tik Tok compartieran su desacuerdo con el ecocidio que se pretendía efectuar. No obstante, más allá de un sesgo de confirmación generado por el algoritmo en mis redes, también me percaté de que medios opositores al gobierno y también sus jilgueros mostraban su repudio a la devastación de aquel paradisiaco lugar; solo algunos “valientes vendidos” o muy poco objetivos salieron a defenderlo, como el caso del periodista mexicano Carlos Mota, el cual fue tundido y funado.

El sociólogo español Manuel Castells habla en su texto Redes de Indignación y Esperanza sobre la importancia del activismo digital por medio de las redes sociales para superar los cercos de los medios de comunicación tradicionales y políticos; por eso, la viralización del problema ecológico que se iba a suscitar en Mahahual ayudó bastante a que dicha exposición a gran escala sobrepasara los pocos intentos fallidos de contrarrestar la exposición del posible ecocidio, además de que tanto tirios como troyanos coincidieron en el rechazo al proyecto, unos por conveniencia política y otros tantos por convicción, lo que desencadenó un amplio frente opositor.

Es muy común atacar la defensa de movimientos ambientalistas bajo el pretexto de que el hacerlo es una moda o una posición antiprogeso, pero el progreso no debe ser igual a una devastación inconsciente de los recursos naturales de una nación ni la alteración de los ecosistemas por proyectos inmobiliarios o industriales irracionales. Deseo con todo mi corazón que, así como Mahahual fue un caso de éxito, también lo sean los otros casos que están en lista de espera, como el de tala clandestina del Bosque de Agua en el Estado de México, Ciudad de México y Morelos, la defensa del Río Santa Catarina en Nuevo León o la lucha contra la construcción del Tren Maya en la Península de Yucatán, puesto que esos y otros 50 más están esperando justicia. ¡Nos leemos pronto!