El anuncio del regreso de Rubén Rucha Moya a la gubernatura de Sinaloa ha cimbrado de nuevo a la opinión pública. Así, sin más, ha decidido instalarse en la capital del estado a pesar de las consabidas solicitudes de detención con fines de extradición emitidas por el Departamento de Justicia de Estados Unidos. No solo no ha sido investigado por la FGR, sino que simplemente, con ese descaro propio del morenismo, está de nuevo despechando en Culiacán como si literalmente nada hubiese ocurrido. Lamentable, bochornoso y patético.

Otro rey de la impunidad es Adán Augusto López. Ese sujeto, en vez de estar en el Senado, debería haber enfrentado desde hace mucho tiempo a la justicia, no solo por sus lazos con Bermúdez Requena y la Barredora, sino por su enriquecimiento personal y por sus negocios de las notarías en Tabasco. Es intocable. Es nada más ni nada menos que el hermano putativo del líder de la auto proclamada 4T.

Y el tercero, desde luego, es Andrés López Beltrán. Este sujeto, gris como el cemento, y que representa a la más putrefacta clase política mexicana, goza de cabal impunidad por ser el hijo del macuspano. A pesar de las serias sospechas que pesan sobre él relacionadas con su presunta participación en las redes de huachicol fiscal, Ernestina Godoy y la presidenta Sheinbaum han optado por exonerarlo de antemano y evitarle las incomodidades de una posible investigación criminal.

Una vergüenza.

Si bien todos los morenistas gozan, en mayor o menor medida, del manto de la impunidad, los casos de Rocha, Adán Augusto y López Beltrán descuellan como los más vulgares escandalos de políticos sospechosos, que, lejos de enfrentar la justicia, andan por las calles del pais sabedores de que su cercanía con el ex presidente les mantendrá protegidos de que la verdad un día les haga ver su suerte.