Ayer y hoy la poesía de Jaime Sabines ha estado caminando entre la gente.

En muchos lugares se le brindan homenajes por el centenario de su nacimiento. En las escuelas más humildes, en aulas de preparatoria, en la máxima casa de estudios, su alma mater, la UNAM; en instituciones de educación pública y privada, en cafés, en fundaciones, en cámaras empresariales, en bibliotecas, en parques, en redes sociales, en los Poderes de la Unión y desde luego en Chiapas.

El gobernador Eduardo Ramírez, hombre culto y asiduo lector del poeta, ha declarado este 2026 como el Año de Jaime Sabines y, junto con la Lotería Nacional, lanza un billete conmemorativo por el centenario. No deje de comprar su cachito.

Con el paso del tiempo sus poemas no se han gastado: han madurado.

Se han ido arraigando en las nuevas generaciones y se traducen a más idiomas.

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El movimiento multicultural “4 Gatos de Florida”, integrado por artistas originarios de distintos países de habla hispana que lo han elegido como su poeta favorito, es un ejemplo de ello.

Es un deleite escuchar sus versos en distintas voces y acentos del español. Ya forman parte de “La orden de los Amorosos” como le puso Carlos Monsiváis.

Los homenajes han estado presentes en vida y después de su muerte.

Hace treinta años, cuando el poeta cumplió setenta, llenó el Palacio de Bellas Artes.

Hubo pantallas en la abarrotada Alameda para que más gente pudiera verlo y escucharlo. Estaba a reventar. No he vuelto a ver algo así con un poeta.

Hace veinte años, cuando era presidente municipal de Tuxtla Gutiérrez, junto con la UNACH organizamos distintos homenajes al poeta, como el Primer Encuentro Internacional de Escritores e Investigadores, “En la orilla del aire”.

Por esos mismos años, en la Ciudad de México, el entonces Jefe de Gobierno Andrés Manuel López Obrador inauguró en Santa Fe un puente que lleva su nombre.

Hace diez o cinco años hubo etapas más silenciosas. Incluso momentos en que parecía que algunos querían borrar su memoria en Chiapas y, particularmente, en su natal Tuxtla Gutiérrez.

Uno de los tres planetarios que construimos llevaba su nombre. En una administración posterior no hicieron nada por el recinto… salvo quitarle el nombre.

Pero la poesía tiene algo que la política no siempre entiende:

no depende de decretos ni de placas.

Tengo muchas anécdotas con él que iré compartiendo en otras ocasiones. Fue un hombre que pasó por todas las gamas del dolor humano, que estuvo postrado en cama durante muchos años y que se levantó.

En esa etapa nos compartía que disfrutaba del agua de la regadera y de una bugambilia que se miraba desde su ventana.

Decía que la diferencia entre el escritor de novelas y el poeta es que el primero, por lo general, crea una historia con o sin apego a la realidad, mientras el poeta comparte su experiencia vivida.

Un libro suyo puede acompañar a enamorados, a desencantados y desenfrenados, a quienes disfrutan de las cosas más sencillas de la vida y quienes temen al porvenir o discuten y regatean con la muerte; a quienes celebran vivir apasionadamente o encuentran consuelo en la fe.

A él le gustaba cuando la gente le pedía que firmara sus libros ya usados, gastados por el tiempo y por la lectura repetida.

Un libro nuevo e impecable aún no había sido vivido por nadie.

Cuando un libro se ve gastado es porque un poema logró entrar en la vida de alguien.

Tal vez por eso sus versos siguen encontrando lectores.

Porque los poetas no solo viven en los homenajes;

Viven también cuando alguien abre su libro y, de pronto, se reconoce a sí mismo en una línea.

En ese instante íntimo, cuando un verso te toca el alma, el poema deja de ser del poeta y se vuelve del lector.

Ahí, silenciosamente, los poetas siguen viviendo y te acompañan.

Por eso los poetas no mueren.

Y Sabines sigue naciendo todos los días, caminando entre la gente.

Primer Encuentro Internacional de Escritores e Investigadores “En la orilla del aire”.