El inicio del periodo legislativo este primero de febrero no es un acto protocolario ni un trámite parlamentario más. Es una definición política. Volver a la Cámara de Diputados es reafirmar que el poder solo tiene sentido cuando se ejerce para servir al pueblo y no para administrarse desde la comodidad -como muchos acostumbran-. En México, la transformación no admite pausas, tibiezas ni retrocesos.

Regresar a una curul significa volver al espacio donde se decide el rumbo del país, pero también asumir que cada decisión legislativa tiene consecuencias reales en la vida de millones de personas. Hoy México necesita un Congreso activo, firme y profundamente comprometido con las causas populares. Un Congreso que no legisle de espaldas a la gente ni se encierre en la lógica del privilegio, sino que actúe con claridad política y responsabilidad social.

Este nuevo periodo legislativo llega con una ruta definida: profundizar la transformación. Mi compromiso es dar continuidad a las iniciativas presentadas, fortalecerlas y empujarlas con mayor determinación, pero también impulsar nuevas reformas que consoliden un país más justo, más igualitario y con mejores condiciones de vida para todas y todos. No se trata de acumular iniciativas, sino de cambiar realidades.

Mi formación como abogada penalista me ha permitido conocer de primera mano las fallas estructurales del sistema de justicia: la impunidad, la revictimización y el abandono institucional. Esa experiencia no se queda en el discurso; marca mi forma de legislar. Porque legislar no es solo debatir en tribuna, es corregir injusticias, cerrar brechas y asumir una responsabilidad histórica frente a quienes han sido ignorados durante demasiado tiempo.

El trabajo legislativo pierde sentido si se separa del territorio. La transformación no se construye desde el escritorio, se construye en la calle, escuchando, caminando y dando la cara. Por eso, regresar a la Cámara de Diputados no significa alejarme de las comunidades, sino reafirmar un compromiso que no se suspende ni se delega. Sigo y seguiré recorriendo colonias, atendiendo gestiones, acompañando causas y escuchando a vecinas y vecinos, porque así es como se hace política con honestidad.

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La realidad cotidiana es clara: el acceso al agua, a la seguridad, a la vivienda digna, a la salud y a la educación no son peticiones, son derechos. Cada recorrido y cada diálogo alimentan mi trabajo legislativo, porque las leyes que verdaderamente transforman nacen de la escucha, no de la simulación.

En este periodo legislativo impulsaré con firmeza una Agenda de Mujeres que garantice la igualdad sustantiva, el derecho a una vida libre de violencia y la protección integral a las víctimas. No basta con nombrar la perspectiva de género: hay que traducirla en leyes eficaces, presupuestos suficientes y políticas públicas que se sientan en la vida diaria de las mujeres.

Del mismo modo, legislaré a favor de las juventudes, convencida de que no hay transformación posible si se le niega futuro a quienes hoy sostienen el presente. Educación, empleo digno, acceso a oportunidades reales, cultura, deporte y participación social no son concesiones: son condiciones mínimas de justicia.

El periodo que inicia exige carácter, convicción y sensibilidad social. Exige no olvidar que la función pública tiene un propósito esencial: defender la dignidad de las personas y garantizar derechos, no administrar inercias.

Hoy regreso a la Cámara de Diputados con la certeza de que el trabajo se intensifica y con un compromiso firme: seguir legislando para que la transformación no se detenga y para que el poder siga estando donde debe estar: del lado del pueblo.

Porque en Morena entendemos que servir implica presencia, coherencia y resultados.

Regresar para avanzar es no olvidar de dónde venimos ni para quién legislamos. La transformación se sostiene con presencia, convicción y resultados. Desde la Cámara y desde el territorio, seguiremos empujando el cambio verdadero.

El poder al servicio del pueblo no es discurso: es acción.